Edición Anterior: 15 de Noviembre de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 65
Garúa
El sentimiento de frustración se volvió insoportable a medida que pasaban los minutos y era evidente que Leonor Acuña, quizá sospechando que Victoria iba a involucrar a la policía, había decidido no aparecer. Aunque según su propio relato necesitaba el dinero para escapar; el temor de que alguien acabase con su vida si abría la boca pesó más a la hora de plantearse cómo proceder.

Lo primero que hizo Victoria apenas abandonó el templo San José, fue detenerse en las escalinatas y respirar hondo. Ya no quería saber nada de aquel asunto. Todavía le temblaba las manos al recordar el mal momento que había pasado en la biblioteca. Peralta se ofreció a llevarla hasta su casa, pero ella le dijo que prefería caminar porque necesitaba despejarse.

—¿Te encontrás bien? —Martín se resistía a dejarla marcharse en ese estado.

—Sí —respondió ella tras un hondo y sonoro suspiro—. Me sentará bien tomar un poco de aire.

—Anoche hablé con Eulalia. —Casi se olvidaba de contárselo—. Quiere que vengas mañana a almorzar. Le dije que tal vez era mejor esperar hasta el domingo para organizar una cena, pero está ansiosa por conocerte.

El entusiasmo de Martín la contagió. Entonces aprovechó para trasmitirle el deseo de su tía Bárbara y acordaron que ese mismo domingo, los honraría con su visita en casa de los Insaurralde. Con esa mutua promesa de entablar un vínculo entre sus seres más cercanos, Victoria se despidió de él con un beso suave en la mejilla. No lejos de allí, recostado sobre su vehículo, el agente Rivas esbozó una sonrisa al presenciar ese momento de breve intimidad entre su jefe y la talentosa Gardelia. Se acercó y se abstuvo de hacer algún comentario que lo incomodase.

—Comisario, ¿cree que esa mujer se olía lo que tramábamos?

Peralta frunció el ceño.

—Espero que esa sea la razón de su ausencia, agente. —No quería adelantarse a los hechos; sin embargo, su olfato de sabueso le indicaba que algo o alguien le había impedido a la muchacha presentarse en la iglesia.

Se marcharon de regreso a la comisaría y Peralta ordeno continuar con los rastrillajes en distintos puntos de la ciudad y la zona rural. Leonor Acuña tenía que aparecer.

*

Lautaro no podía creer lo que veían sus ojos. Estaba dirigiéndose al diario por la calle Vicente López y divisó a Victoria caminando de prisa por la vereda para escapar de la llovizna que caía sobre la ciudad. Era demasiada buena suerte y no la iba a desaprovechar. Miró por el espejo retrovisor para asegurarse de que no venía nadie detrás y se acercó a la orilla. La bocina del Ford A sonó fuerte y clara. Al principio, quizá aturdida por el ruido de la lluvia que comenzaba a ganar en intensidad, Victoria no le hizo el menor caso. Tuvo que insistir para que al fin volteara la cabeza y reparase en su presencia. Cuando se dio cuenta que Victoria tenía la intención de ignorarlo y continuar su camino, cambió de estrategia. Estacionó el auto y se bajó de un salto. La alcanzó justo antes de llegar a la esquina de la calle Belgrano.

—¡Victoria, esperá! —Como ella no se detuvo, la sujetó del brazo.

—¿Qué querés Lautaro? —lo increpó. Entre la angustia por todo lo que había sucedido y su inalcanzable asedio, no tenía ganas de verlo. Mucho menos, de hablar con él.

—Te vi caminando bajo la lluvia y quise ofrecerme para acercarte hasta tu casa —le dijo mientras le sonreía.

—No hace falta —respondió ella, cortante—. Me gustan los días lluviosos.

Lautaro presentía que le estaba mintiendo. Solo buscaba deshacerse de él.

—Aunque la casualidad nos encontró, la verdad es que pensaba ir a verte de todos modos —le confesó, a riesgo de que ella malinterpretara sus palabras.

—No tenemos nada de qué hablar, Lautaro. Es mejor que ya no vuelvas a buscarme. —Atinó a marcharse, pero él todavía no la había soltado.

—Tengo una excelente noticia para vos. —Percibió el efecto que había tenido en ella lo que acababa de decir y supo que se saldría con la suya—. ¿Podemos ir al auto para hablar?

Victoria se cruzó de brazos. La lluvia se había tornado demasiado molesta y se estaba empapando. Aún le faltaban tres cuadras para llegar hasta la casa de sus tíos y la invitación de Lautaro no parecía esconder ninguna doble intención.

—Vamos, te llevo y de paso te cuento las buenas nuevas.

Victoria, como casi toda mujer, era curiosa por naturaleza. Por eso, terminó aceptando irse con él. Dejó que la escoltara hasta el auto sin preocuparse demasiado por el gesto que tuvo de colocarle la mano en la espalda. Una vez en el interior del Ford A, se sacudió un poco el cabello y se ató el lazo del abrigo porque el frío y el agua le habían calado los huesos.

En un acto reflejo, se apartó cuando Lautaro entró al vehículo.

—¿Qué es eso tan importante que tenías para contarme? —Fue directo al grano porque no se encontraba cómoda a su lado. No cuando sabía de sobra lo que sentía por ella y que buscaba cualquier pretexto para verla. Quizá ese encuentro no había tenido nada de casual… quizá la había seguido para poder abordarla en la calle, valiéndose de la lluvia como cómplice.

—Sé que Santibáñez quiere que cantés en Buenos Aires y que le pidió a Julio Pagano que se pusiera en contacto con la persona indicada. Mi colega conoce a mucha gente del ambiente y te consiguió una audición en Radio Splendid.

Victoria abrió los ojos.

—¿Radio Splendid?

Lautaro asintió. ¡Qué placer ser el encargado de trasmitirle una noticia que, estaba a la vista, le provocaba una gran satisfacción! Un punto a favor para él y una derrota para el comisario Peralta.

—Y eso no es todo. Según me comentó Julio, el mismísimo Gardel anduvo hablando maravillas de vos en la Capital.

Saber que su adorado Gardel había influenciado de alguna manera para que ella pudiese cantar en una radio de semejante prestigio, le causaba una gran emoción. ¡Apenas podía creerlo!

—¿Qué más te dijo tu colega? —Quería saberlo todo.

Mientras la lluvia caía sobre Olavarría, Victoria acariciaba el sueño de que su voz llegase a todos los rincones del país. El miedo y la angustia habían dado paso a la felicidad.

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