Edición Anterior: 6 de Diciembre de 2020
Edición impresa // La Ciudad
2020. El covid y morir en soledad, sin palabra final ni última mirada
El año del miedo a la muerte y el terror colectivo
Nunca la muerte tan cerca como este año. Tan general, tan colectiva, tan acechante. Nunca tanto miedo por la muerte propia y la de los otros. Los queridos. A 40 años de la inundación –el temor más colectivo que conocemos- varias generaciones no vivieron una. A 43 años del golpe, varias generaciones no vivieron una dictadura. El terror más colectivo. El covid trajo el miedo global a la muerte. Y esa muerte y ese terror, difícilmente se irán.
Silvana Melo

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Nunca estuvo la muerte tan cerca. Al menos así, tan colectiva. El 2020 pandémico, virósico y oscuro puso a todos en contacto con la muerte. La propia, la de los queridos y la de los anónimos desconocidos que los informativos arrojaban sistemáticamente a las 20 y pico todos los días. En realidad, la muerte sigue vigente. Pero los informativos ya no la registran. Y algunos seres humanos tampoco. Hubo muertes tremendas y colectivas a medias. Pero no compartidas con la generalidad, sin distinciones de pensamiento, color o casa donde se vive.

Hubo la dictadura, con su amenaza horrible para muchos. Pero también el suspiro de alivio y la cabeza alta de aprobación para otros. Hubo la guerra, hubo Malvinas. Pero la muerte era tan lejos, tan fría, tan ajena. Aunque todos conociéramos un pibe que estaba o podía estar allá.

Hubo accidentes, amenazas de gripe H1N1 como en 2009. Hubo inundaciones feroces, aguas indomables y aludes que se llevaron a la gente en 1980. Muertos, miedo y angustia colectivas. Pero de una ciudad. El terror global no se conocía. Hasta que llegó 2020 y todo parecía tan lejano, tan ajeno. Como la guerra. Pero llegó. En el crudísimo invierno llegó. Y todos esperamos secretamente a la muerte encerrados en casa. La muerte por el covid. O las otras muertes. Las que nos amenazaban porque no se podía llamar al médico ni ir al hospital y dolía el pecho y había el terror al infarto y al acv y a caerse y quebrarse y quién viene a socorrer. Si no se puede llamar a familiares y la ambulancia no viene si no es por covid y la única muerte legal y legítima es por covid. Hubo gente que se murió de otras cosas, muy joven y muy desesperada. Pero había que morirse por covid.

Rugbys y bumeranes

El año empezó con la muerte de Fernando Báez Sosa en manos –y pies- de un grupo de rugbiers en Villa Gesell. Fernando se quedó fijado en todos los noticieros, en todas las primeras planas de los diarios y en todos los paneles de todos los programas bizarros del país. Hasta que en marzo se detuvo el mundo. El nuestro. Y todo lo que se iba a hacer, a construir, a soñar, a proyectar y a decidir en esta vida se derrumbó. Se cerró con siete llaves. Se bajó como una persiana ruidosa.

El año, como una fábrica de crueldades, comenzó a llevarse gente bella. Imprescindible. Se fue Quino, se fue Horacio Fontova, se fueron Gabo Ferro y Pino Solanas. Y, el 25 de noviembre, quitándole un pedazo de alegría al cumpleaños de la ciudad, se murió Diego. Y así como la muerte ha sido terror colectivo este año, ese día nació la tristeza colectiva. A partir de una muerte. Que fue la de un fabricador de felicidades, muy a contramano con el 2020 que sólo ha sido factoría inhumana. Una tristeza como una manta que cubrió al mundo.

La pelota ovalada actuó como un bumeran. De Fernando Báez Sosa dio vuelta al año y cayó en las ruinas de la humanidad: Los Pumas se negaron en Australia a un homenaje a quien fue un hincha más en cada rincón del mundo. Pero que, indudablemente, no les caía bien. Alguien que no twittearía sobre las mucamas paraguayas, los negros de mierda, los judíos y etc. La justicia puso un resultado para bajarles la cresta: perdieron 38 a 0. No es un número para la soberbia. La muerte desnuda lo mejor y lo peor de la vena humana. Y los All Blacks, que hace un par de años visitaron la ESMA, dieron cátedra de humanidad ante la historia reciente de Hugo Porta y sus muchachos que, en la camiseta de esos Pumas, fueron a jugar a Sudáfrica legitimando el Apartheid. Era plena dictadura.

Los primeros

El 3 de marzo apareció el primer enfermo de covid19 en Argentina. Estuvo entre algodones y muchos pensaron que si se lo encerraba iba a ser el único. El 8 de marzo murió el primer paciente. Y muchos fueron conscientes de que todo comenzaba.

El 2 de abril apareció el primer caso confirmado en Olavarría. Y asomó lo peor: la habladuría infame, la persecución, la amenaza. La culpa es del otro y hay que crucificarlo.

El 11 de junio fue la primera muerte. Y Olavarría supo que no era invulnerable. A pesar del cemento. Y que la muerte, artera y tan igualadora como la fragilidad, preparaba trampas para cualquiera. En las que podían caer los infames y los buenos. Las enfermeras y los cultores de la fiesta clandestina. Los conscientes y los estúpidos.

La muerte global y envolvedora, aquella que acecha en todas partes y de la que es casi imposible huir, fue la que llegó en 2020. La muerte a la que nos sentamos a esperar mientras se compraban respiradores y se clausuraban las terapias intensivas si no era para covid. No se compraron cuerpos de médicos y enfermeros y muchas veces había respiradores pero no mano habilitada para tramitarlos. La muerte salió a cazar y encontró. Cerca de 40 mil en todo el país.

En Olavarría se contagiaron 4.653. Y murieron 86.

Cada muerte fue una partida en soledad. Un apagarse sin mano sostenida, sin última mirada, sin palabra final. Y esa muerte fue la más cruel de esta historia. El infierno tan temido para todos.

Ni dictadura ni inundaciones

Hace 3 días –el 3 de diciembre- fueron 30 años del último levantamiento carapintada. En ese oxímoron desquiciado que fue el menemato, fue él mismo quien terminó con el servicio militar y la propia capacidad de daño del ejército. Después de servirse de ellos para ganar elecciones, después de indultarlos y perdonar los crímenes más horrendos. Ese tres de diciembre murieron 14 personas, hubo batallas en barrios superpoblados, un tanque se llevó por delante un colectivo 60 y mató a cinco civiles. Y el militarismo golpista en pie cayó de un síncope definitivamente.

Hoy, a 37 años del regreso de la democracia, hay varias generaciones que no conocen lo que es vivir en dictadura. Que no conocen la muerte que salía a serpentear por las calles y acribillaba y se llevaba en el producto más popular de Ford, siempre verde, a la gente para no devolverla jamás.

Hoy, a 40 años de la inundación del 80, la que puso a la muerte a rondar por toda una ciudad que se aterró, desprotegida y sola, a 40 años del alud que desapareció y mató a 30 olavarrienses, hay varias generaciones que no conocen lo que es una inundación.

El terror colectivo, el desasosiego por la posibilidad de una muerte compartida, sin la individualidad de la cama, sin el protagonismo de las despedidas, se terminó con las dictaduras y la inundación. Pero llegó a los desprevenidos, a los inexperientes, con la globalidad del covid. Del virus para el que no hay cura, para el que hay un ramillete de vacunas miradas con recelo. Un virus zoonótico, fruto de la irresponsabilidad –en realidad del salvajismo ambiental- del ser humano. Un virus que no desaparecerá de la tierra sino que irá mutando y generando pandemias futuras e inmediatas.

Cerca de la Navidad

Y así está parada la humanidad –la argentina y la olavarriense- a 19 días de la Navidad como símbolo de lo que nace, como señal de que la vida aún es posible, parada frente a la tentación del desenfreno de las fiestas y el verano, cuando gran parte se quitará el barbijo como en un ritual de strip-tease, se amontonará como festejo por el monstruo diminuto que no se fue ni se irá y provocará su propia recaída. Porque es muy poco probable la promesa surgida de la verborragia presidencial –a veces con una incontinencia desesperante- de vacunar 300.000 en diciembre y diez millones entre enero y febrero. Cuando aún no hay un solo pájaro en mano y los que pasan volando son inalcanzables.

Y anda la muerte, todos los días 200 o más, que ya no aparecen en los paneles ni en los noticieros ni en los informes de los diarios. Y por lo tanto no existe más. La pandemia acabó. Los libertarios triunfaron. Y los barbijos fueron quemados por la minoría inquisitoria a los pies del obelisco.

Lo único que queda es cerrarle los portones de entrada. Sembrar cocodrilos alrededor de nuestros castillos. Y quemarle los puentes levadizos. La muerte se las arreglará, se sabe. Pero habrá trampas que le corten los dedos de los pies.

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