Edición Anterior: 13 de Mayo de 2021
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En el frente de la batalla, con amor, pasión y cuidado al prójimo
Se celebró ayer el Día Internacional de la Enfermería. La fecha, promovida por el Consejo Internacional de Enfermería desde 1965, mostrada en una coyuntura tan particular desde las vivencias de Adela Cerrudo y Juliana Sequi, quienes se desempeñan en la terapia intensiva del Hospital Municipal "Dr. Héctor Cura".
Daniel Lovano

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Cada 12 de mayo se celebra el "Día de la Enfermería" en honor a la británica Florence Nightingale, nacida hace exactamente 201 años y 1 día en Florencia (Italia), considerada precursora de la enfermería profesional moderna y creadora del primer modelo conceptual de enfermería.

Dedicó su vida al cuidado y atención de los enfermos y heridos de guerra, como tantas enfermeras y enfermeros lo hacen hoy en día (tan silenciosos como siempre, pero menos anónimos que nunca) en esta batalla que libra el planeta desde hace un año contra el coronavirus.

Es un tiempo reconocimiento a su ciclópea tarea, pero con poco para celebrar con hospitales saturados, reclamos salariales y profesionales sin atender, y la irresponsabilidad de mucha gente que sólo contribuye a hacerles más dramático el día a día en esta tragedia humanitaria.

Adela Cerrudo y Juliana Sequi trabajan en la terapia intensiva del Hospital Municipal "Dr. Héctor Cura" y sus testimonios sintetizan a los de tantos profesionales de la enfermería que en Olavarría están codeándose con el drama y con la muerte como nunca antes.

Pertenecen a dos generaciones, pero hicieron sus trayectorias juntas y a la par desde la Escuela de Enfermería de la Unicén.

Adela cumplió años ayer, justo el "Día de la Enfermería", y lo pudo celebrar con todos los protocolos habidos y por haber al lado de sus hijos, a los que no veía por casi dos meses. Pero a su madre de 85 años sigue sin verla desde hace un buen tiempo.

"Yo comencé a estudiar a los 35 años, cuando se abrió la Escuela acá, y ahí me enteré de que coincidía con mi cumpleaños" recordó.

Un día especial, en una situación especial, porque si bien el año pasado lo transcurrió en pandemia, no con la crudeza de estas semanas.

"En 2020 estábamos armándonos para lo que veíamos que pasaba en otros países; organizándonos, preparando el servicio y -como jefa de la sala de cuidados críticos- estábamos todo el tiempo en reuniones con los equipos de salud para ponernos en forma de acuerdo con nuestros recursos. Hoy la realidad es totalmente distinta" comparó.

A medida que Adela se fue introduciendo en la actualidad del coronavirus, sus frases empezaron a oscilar entre lo dramático y lo emocionante.

"Llegamos a un punto que se está haciendo difícil. Tenemos cansancio físico, mental y espiritual; más mental y espiritual que físico. Está muy complicado".

"Sentimos que médicos, kinesiólogos, fisiatras, terapista ocupacional, nosotros, las mucamas que más de una vez son nuestro sostén en el trabajo diario, las secretarias, los camilleros nos exigimos al máximo, pero la realidad es tan dura que por momentos algunos flaquean y otros los sostienen" describió.

Salvo para quien en alguna ocasión debió permanecer en una sala de terapia intensiva, muchas veces la magnitud del trabajo de enfermeros y enfermeras no alcanza la dimensión que mereciera.

"Nos sentimos reconocidos el año pasado, que a las 9 de la noche la gente salía de sus casas para aplaudir a los equipos de salud, nos agradecía, se crearon eslogans. La OMS lo declaró el año de la enfermería, pero no sé si hoy podría decir lo mismo. ¿Por qué llegamos a esta realidad? ¿Por qué hay tantos contagios y los servicios estaban como estaban la semana pasada?" enfatizó.

Adela vio lo que todo el mundo detecta, pero poco se hace por impedirlo: "Hablamos mucho de empatía, pero nosotros salimos de trabajar 6, 8, 12 horas, y vemos gente tomando mate en el Parque, sin barbijos. ¿Entonces, de qué empatía nos hablan?".

Para Adela hay un divorcio entre la lectura de la realidad de mucha gente y lo que sucede entre las paredes de los hospitales.

"Nosotros puertas adentro de una institución vemos personas que sufren, familias que sufren, vemos que se han perdido varios integrantes de una misma familia. Entonces, qué realidad vive alguna gente" se preguntó.

"El otro día tuvimos un muchacho que fue a despedir a su padre y me dijo ‘tengo mi mamá con oxígeno en mi casa. ¿Qué le digo, cómo le explico esto?’. Se puso a llorar como un chico y sólo atiné a responder que no encontraba palabras para decirle cómo tenía que hablarle a su mamá, sí que ella lo iba a necesitar, que se fortalezca, que se aferre a lo que pueda ayudarlo espiritualmente" relató.

En Adela, esta tragedia sanitaria fortaleció el vínculo con su profesión.

"Amo mil veces más a mi profesión, y de hecho soy feliz de haberme dedicado primero a mi familia y criar a mis hijos, y en un momento de mi vida tener la oportunidad de hacer lo que siempre me gustó, y estar hoy sirviendo para lo que me preparé" confesó.

"Enfermería es esto: es amor, es pasión, es querer cuidar al prójimo, es dar una mano" subrayó Adela.

Juliana Sequi se dio cuenta de que la obstetricia no respondía a su vocación, regresó de Buenos Aires, y dos años después de terminar el secundario comenzó a cursar enfermería el mismo día que Adela, en el lanzamiento de la carrera.

"En este contexto se profundiza la esencia del cuidado, que es nuestro objeto de estudio. Antes, nosotros, que trabajamos en terapia, teníamos que suplir aquellas cosas que el paciente no podía hacer".

"Hoy en cambio es un paciente que tiene afectada la oxigenación, muchas veces lúcido y conectado al respirador con una máscara, a veces incomunicado con su familia, entonces hay que hacer un poco de nexo entre ellos, y traducimos el mensaje que el paciente o la familia quieren dar. A las tareas propias de la enfermería le agregamos lo relacional con sus familias" explicó.

Profesional desde 2006 y licenciada en enfermería desde 2010, Juliana siente "reconocimiento de la gente, de mi equipo de trabajo, pero no de las instituciones comunales o nacionales, que no consideran a la enfermería como una profesión".

En CABA el enfermero es un empleado administrativo, en Olavarría un técnico.

"A pesar de que tenemos estudios universitarios y muchas de nosotras estamos haciendo magisters, no formamos parte de la carrera médico-hospitalarias" señaló Juliana.

"Eso impacta en el sueldo y en el reconocimiento de la profesión como tal. Mucha gente sigue pensando hoy que la enfermería es una vocación y con eso alcanza, pero hay que estudiar. Como en cualquier profesión es un camino de ida que nunca se termina" reveló Juliana.

Y analizó la actitud desaprensiva de la gente en parques y plazas: "Sentimos que la gente no tomó real consciencia de lo que los equipos de salud viven o ven dentro de una institución de salud. Hasta que no se muestre, no se diga o le toque".

"El laburo nuestro no tienen por qué imaginarlo pues no lo conocen, pero no existe dimensión de que estamos en una pandemia y que, si les toca entrar en terapia a veces la pasan muy mal y otras los resultados no son buenos. Hemos visto morir a familias completas" advirtió.

Dentro de unos años, cuando esta pesadilla sea uno de los capítulos más dramáticos en la historia sanitaria argentina, la misma historia se rendirá ante los profesionales de salud.

"Nosotros vivimos el día a día y el contacto permanente con el paciente, y si de ese lado vamos a quedar en la historia ojalá que se reconozca que la peleamos, que salimos bien de esto, que sacamos de nuestras áreas críticas a la mayor cantidad de pacientes posibles, y que muchas familias pudieron volver a reunirse y a compartir una mesa. Quisiera quedar como la enfermera que sostuvo la mano de alguien en algún momento" es el anhelo de Adela.

Juliana pronosticó que "la historia va a reconocer nuestro laburo. Esta pandemia visibilizó un montón de cosas que no se conocían, sobre todo a los equipos de salud y enfermería".


Mano con mano

La brutalidad de esta enfermedad hace que el paciente la transite en soledad dentro una sala de cuidados intensivos, a veces ventilado y consciente, a veces sedado.

"Vi algo que me impactó en otros países, donde usan guantes inflados con agua tibia; ponen un guante por arriba y otro por abajo de la mano del paciente para que éste sienta en su mano que de alguna manera está acompañado" apuntó Adela.

"Los tenemos encerrados en una habitación vidriada y estamos atentos a los sistemas de monitorización, pero por el mismo riesgo infectológico no podemos estar a su lado todo el tiempo, y esa es una linda manera de contenerlos" rescató.

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