Edición Anterior: 16 de Mayo de 2021
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Impuestos, vacunas y las copas deportivas contra viento y marea
Una pandemia que deja al desnudo el modelo civilizatorio y las desigualdades
A un año y dos meses de la llegada de la pandemia a la Argentina, las desigualdades quedan cada vez más al desnudo. Las indecisiones y la tibieza del gobierno. La inflación imparable. El impuesto a la riqueza. Y los intereses financieros de la Conmebol que pone en marcha copas deportivas a pesar de los estallidos sociales, la represión y la pandemia.
Claudia Rafael

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En una olvidable película de clase Z que refiere a un catastrófico final de mundo, uno de los hombres más ricos del planeta compra con sus millones un lugar para él y sus hijos en una especie de arca de Noé moderna y empuja al vacío a “los sobrantes”. No es muy metafórica la alusión a una de las médulas del sistema capitalista pero sirve para estos tiempos pandémicos (hasta de la película más mala, hay una escena recordable).

“Si hay algo que deja al desnudo la actual crisis mundial sanitaria y económica, es la aguda miseria, la terrible decadencia del capitalismo, la evidencia de que seguimos atrapados en la paradoja de vivir en la sociedad que más desarrolló la ciencia y la técnica, pero que nos obliga a persistir en la prehistoria de la humanidad”, se lee en Ensayos sobre la pandemia, un libro de la Universidad de Cali, Colombia. A partir de esa premisa marxista, se hace hincapié en que “las epidemias no producen revoluciones, como bien dice Badiou en respuesta implícita a Zizek. No es cierto que se esté abriendo paso a la emergencia de lo mejor en la humanidad. Como se atrevió a decir Judith Butler, el virus no discrimina, pero la sociedad sí, y está agudizando como nunca todas las desigualdades y todas las opresiones”.

udas y tibiezas

Mientras las miserias y solidaridades se desenvuelven entre los vericuetos del virus, la realidad social queda al desnudo. La tibieza del gobierno a la hora de imponer medidas férreas para impedir la circulación durante Semana Santa derivó en cuatro millones y medio de personas en viaje y, como efecto, veintipico de mil de contagios diarios e infinitas muertes que podrían haberse evitado. Esa tibieza –se entiende con claridad- se enraíza en el temor a las críticas (que llegarán siempre de cualquier modo y haga lo que haga) y en el hecho de ser este 2021 un año electoral. Lo que es necesario resaltar es que si para Semana Santa se hubiera actuado como con el próximo 24 de mayo, hoy el gobierno no podría probar el efecto positivo de la medida porque seguramente no hubiese crecido exponencialmente la tasa de contagios ni se hubiera llegado a las 500 muertes diarias. Para traducir este último número violentamente, sería algo así como la eliminación de toda la población olavarriense en apenas 8 meses.

El cuidado de la salud no debería nunca estar atado a los vaivenes de la opinión pública, a las críticas de una oposición desquiciada ni a los años de renovación de cargos. Pero esa tibieza es la misma que impidió celeridad en la imposición del módico y casi ridículo aporte solidario por única vez (se demoró casi un año) y que abarcaba apenas al 0,02 por ciento de la población. Que derivó, hasta ahora, en más de un centenar de amparos judiciales. Claro que se trata de un 0,02 por ciento con poder socioeconómico de veto.

Los aportes de ese 0,02 por ciento significaron hasta ahora 223.000 millones de pesos. Nada para los bolsillos de esos aportantes “solidarios”, pero imprescindibles para el sostenimiento social de una medida sanitaria digna de una crisis como la generada por la pandemia.

Hace algunos meses, el economista y periodista Alejandro Bercovich recordaba que “San Martín les cobró un impuesto especial a los ricos en Cuyo para financiar el cruce de los Andes y neutralizar el peligro realista. Güemes hizo lo propio en Salta para frenar a los españoles del Alto Perú en plena guerra por la independencia. Franklin D. Roosevelt empezó a enterrar la Gran Depresión cuando consiguió que se aprobara la Tax Revenue Act de 1935, que llevó el impuesto a las ganancias al 75% para quienes tuvieran ingresos por más de U$S 500.000 al año”. Y que “después de la Segunda Guerra Mundial, toda Europa forzó a sus acaudalados a pagar contribuciones especiales para la reconstrucción; Alemania y Japón picaron en punta con tributos sobre los más altos ingresos: llegaron al 70 y 80%, respectivamente”.

Y por si fuera poco, más allá de cualquiera de esos ejemplos de otra época, a los 100 días de su gobierno, Joe Biden anunció subas de impuestos a los más ricos y un enérgico combate a la evasión fiscal. Y lanzó una frase como “no fue Wall Street el que construyó el país, fue la clase media. Y fueron los sindicatos los que construyeron la clase media. Cuando pienso qué cosas quiero sobre mi escritorio, pienso, subamos el salario mínimo a 15 dólares la hora. Nadie que trabaje cuarenta horas a la semana debería vivir bajo la línea de la pobreza”.

Nadie puede pensar que Juan Domingo Biden (al decir de Alberto Fernández) o Roosevelt fueron Ernesto Guevara ni mucho menos. Se trata de un manejo racional de una crisis que no cesa y que puede derivar en realidades a sus ojos inmanejables.

Lejos de las preocupaciones de ese nimio porcentaje poblacional, los números del Indec que se conocieron esta semana arrojaron una inflación del 4,1 por ciento para abril que significa un 17,6 por ciento en los cuatro primeros meses del año. Una cifra que representa el 60 por ciento de lo que el ministro de Economía, Martín Guzmán, había calculado para todo el 2021. Que representaba el 29 por ciento. Con un detalle para nada menor: más de la cuarta parte del número de abril refiere al rubro Alimentos y bebidas no alcohólicas. Y que es lo que más afecta a las capas más vulneradas de la sociedad. Porque es al rubro al que esas familias destinan la mayor parte de sus ingresos, que más incide para el incremento de la pobreza y que, en definitiva, termina licuando las AUH y todo tipo de ayuda social desde el Estado.

Modelo civilizatorio

Ni la pandemia ni la represión que en Colombia ya significó cientos de desaparecidos y decenas de asesinados frenan las movidas económicas de alto impacto de la Conmebol (la Confederación Sudamericana de Fútbol), que a toda costa continuó con los partidos de la Copa Libertadores en Colombia. El periodista deportivo Gustavo Grabia analizó que la Copa “está vendida a un grupo extranjero llamado ING y reparte 211 millones de dólares entre los que participan. El campeón se lleva 15 millones”. En menos de un mes, contra viento y marea, la represión y el estallido social en Colombia y la arrasadora pandemia en Argentina no impedirán que se juegue la Copa América en ambas sedes. Y si no se va a postergar es, sencillamente, porque la multinacional que la organiza, que tiene sede en Japón, pagó –según Grabia- “140 millones de dólares para quedarse con la organización”. Que implica ingresos por 200 millones para la Conmebol.

Cuando en medio de una pandemia, los sectores más reconcentrados de la riqueza retacean sus aportes impositivos, mudan domicilios fiscales para evitar impuestos o bien organizan y sostienen encuentros deportivos a pesar de todo y de todos, queda más en evidencia que nunca que hay un problema de origen en el modelo civilizatorio vigente.

Un modelo desigual que ofrece para este 2021 como prueba ineludible que hay, al menos, 130 países que no recibirán una sola vacuna. Mientras la Comisión Europea (CE) anunció que espera firmar en estos días el contrato para la compra de hasta 1800 millones de dosis de la vacuna Covid-19 de Pfizer para los próximos años.

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