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CLASIFICADOS

Los costos excesivos del euro

Luego de dar a los artífices del "acuerdo de estabilidad y crecimiento" europeo que se difundió a fines de la semana pasada el beneficio de la duda por algunas horas, los mercados les bajaron el pulgar por entender que la posibilidad de que funcione es en verdad muy escasa. Lo es porque resulta poco probable que, para salvar el euro, los italianos, españoles, portugueses y griegos se resignen a largos años de austeridad extrema sin que haya garantía alguna de que andando el tiempo sus países logren recuperarse.

Cuando dirigentes como la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy hablan de una "Europa a dos velocidades" lo que tienen en mente es la marcha del proceso de integración política y jurídica. Acaso les sería más realista concentrarse en "la velocidad" distinta de la evolución económica de los diversos países de la UE, por tratarse de algo que incide mucho más en la vida de la gente que los arreglos políticos. Se estima que desde la introducción del euro en enero del 2002 se ha abierto una brecha de por lo menos el 30% entre la productividad de los países del sur de Europa y los del norte, encabezados por Alemania, una brecha que parece destinada a continuar ampliándose puesto que no hay señales de que la "convergencia" deseada esté por concretarse.

De no existir el euro, los países menos competitivos podrían atenuar sus problemas devaluando su moneda, pero en la actualidad no disponen de la alternativa así dispuesta. Tampoco pueden dejar que la inflación haga menos evidente el ajuste que está en marcha porque el valor del euro depende de otros. Les queda, pues, una "devaluación interna", con rebajas salariales continuas y cortes presupuestarios que, si bien tendrían efectos parecidos a los de un fuerte brote inflacionario, no podrían sino provocar la resistencia de virtualmente todos los perjudicados.

Lo que propone "Merkozy" es una unión fiscal a medias. Aunque los países de la Eurozona y otros integrantes de la Unión Europea que opten por acompañarlos se comprometan a respetar un conjunto de reglas fiscales severas, según las que se ven obligados a reducir el gasto público o correr el riesgo de ser "castigados" por sus socios -lo que sólo serviría para agravar todavía más sus problemas-, no se compartirán las deudas soberanas y no habrá "eurobonos".

Tampoco podrá ayudarlos mucho el Banco Central Europeo porque Merkel se opone a cualquier medida que a juicio de sus compatriotas supondría subsidiar a quienes acusan de querer apropiarse del dinero aportado por los contribuyentes alemanes. Es lógico, pues, que tanto los mercados como las calificadoras de riesgo hayan reaccionado con escepticismo frente a los resultados de una "cumbre" en que el impacto de la negativa del Reino Unido a aceptar las exigencias de Alemania y Francia sirvió para distraer la atención de la incapacidad de quienes llevan la voz cantante en la Eurozona para solucionar el problema planteado por las diferencias entre los países considerados solventes y los demás.

Hasta ahora, los dirigentes políticos de los países del despectivamente llamado "Club Mediterráneo" se han aferrado al euro por motivos de orgullo nacional, por sentirse consustanciados con el "proyecto europeo" y porque entienden que una eventual ruptura podría tener consecuencias sumamente ingratas, puesto que no les sería nada fácil superar las dificultades que les supondría la resucitación de las monedas tradicionales. Su actitud se asemeja a la de la mayoría de sus homólogos argentinos en vísperas del colapso de la convertibilidad y, poco después, el default; por razones comprensibles, no quieren tener que buscar una salida a través de una variante local de "la pesificación asimétrica" que eligió el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde.

Con todo, es de prever que, tal y como sucedió aquí, tarde o temprano los habitantes de los países del sur de Europa lleguen a la conclusión de que los costos de seguir en la Eurozona -el desempleo masivo, la humillación que les supone tener que someterse a la tutela alemana, la sensación de que a menos que consigan librarse de un arreglo monetario de consecuencias perversas sus países se condenarán a un futuro decididamente sombrío- están resultando ser tan elevados que cualquier alternativa sería mejor.

Diario Río Negro, 18 de diciembre de 2011

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