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La muerte de un rey

C.F.

Ayer se cumplió un aniversario más de aquel 21 de enero de 1793, día en que la cabeza de Luis XVI rodó por el tablado de la guillotina de París. Para llegar a eso, los revolucionarios franceses debieron discutir mucho porque el rey no era cualquiera sino el pater familia o el padre del pueblo. Entonces, ¿el pueblo permitiría que le maten a su padre?.

Ese fue el eje central de la discusión y lo que los limitaba a los jacobinos a decapitar al monarca que ya se había transformado en un verdadero problema porque con el solo hecho de estar vivo motivaba a los austriacos, de donde era María Antonieta, y al resto de los reinos europeos, a pretender destruir este germen de república que se insinuaba en aquella Francia de finales del siglo dieciocho.

¿A qué viene todo esto? A que esa naturaleza patriarcal o matriarcal del gobernante todavía sigue presente en la conciencia de muchos gobernados, lo que no es poca cosa porque de esa manera legitima sus conductas. Son esos ciudadanos que no juzgan los actos de gobierno en virtud de si se ajustan o no a derecho sino que obedecen acríticamente y suponen que tal o cual mandatario jamás les haría mal, sin analizar las leyes que reglamentan el ejercicio de su gobierno.

En un sistema patriarcal, la autoridad del gobernante es la del padre de familia, esto es, ilimitada, siendo el único límite la propia ética: un padre no daña ni abandona a sus hijos. Ese fue precisamente el argumento esgrimido por aquellos jacobinos para cortarle la cabeza al rey: había abandonado a sus hijos-pueblo.

Últimamente se han escuchado algunas cosas realmente llamativas que giran alrededor de este engendro aprobado por el Congreso y que fue la Ley Antiterrorista. Hubo quienes llegaron a opinar que con esta Presidente no había riesgo de que se la aplique mal o exista una aplicación excesiva o maliciosa de su contenido. Es decir, se apela a la ética del gobernante en vez de analizar el contenido de la ley con la que se va a regir su conducta y la de quienes la sucedan. Y como éste, algunos otros casos.

Vivimos en una república y los gobernantes son legitimados por una cuestión racional y voluntaria que es el voto y porque además rige sus actos de gobierno a partir de las leyes que están por encima suyo y que son las reglas de juego que impiden la discrecionalidad de los personalismos.

Controlar el cumplimiento irrestricto de las leyes es en gran medida cuidar de la libertad de cada uno. Lo contrario, la apelación a lo emocional o la confianza infinita, ciega e irracional hacia un mandatario/a es entregarse a la arbitrariedad de quien es tan mortal y tiene tantos cielos e infiernos como cualquiera de nosotros.

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