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A orillas del mar, Jesús llamó a sus discípulos

Comentario del Evangelio

P. Aldo Ranieri

Marcos inicia su Buena Nueva con una profesión de fe: Jesús es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios; poco después, en el v 14b, nos indica en qué consiste esta Buena Nueva: el acontecer del Reino de Dios. Aparece, y se desvanece en un instante, la figura de Juan el Bautista, el último profeta: el Antiguo Testamento ha llevado a cabo su misión, "el tiempo se ha cumplido".

En el pasaje de hoy, Marcos pone en claro las exigencias de la Buena Nueva: convertirse y creer. Después de esta proclamación, narra la actividad de Jesús eligiendo a sus discípulos. Es otro anuncio: Jesús no llevará a cabo el Reino sin la ayuda del ser humano, y llama a hermanos, porque esa experiencia de hermandad que los unía, la volvieran a vivir con él, que no tenía hermanos. Añoranza de Jesús que quería llegar a sentirse hermano de todos.

Marcos dice que no dudaron en seguirlo. El evangelista Juan es más explícito porque narra un encuentro anterior de él y de Andrés con Jesús (Jn 1, 35-40). Allí vemos que estos dos amigos eran oyentes asiduos de Juan el Bautista, como que sus intereses iban más allá de los de la pequeña empresa pesquera de sus familias. Había ya una llama prendida en sus corazones, por eso se largaron sin dudar.

La primera lectura nos presenta el revés de la medalla: un profeta que no quiere obedecer al Señor: "Por segunda vez fue dirigida la palabra del Señor". Cuando lo llamó la primera vez, se había refugiado en un sueño profundo, en el fondo de un barco, para escaparse a la realidad de su misión. También él tenía una Buena Nueva, pero no quería anunciarla por su bronca contra los destinatarios de su anuncio. Hubiera preferido morir, antes que predicar lo que Dios le había encargado (Jon 4, 3).

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