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El olavarriense que se trajo la cumbre del Aconcagua

Un sueño cumplido después de mucho esfuerzo y sacrificio Guillermo Sorrente afrontó una expedición de 17 días para subir los 6.962 metros. Cómo fue llegar en una experiencia en la que llevó a los suyos y trajo el techo del continente.

Guillermo Sorrente acaba de cumplir un sueño: el 18 de enero a las 2 de la tarde llegó a la cumbre del Aconcagua. Tiene 52 años y el "coloso de América" estaba en su mente desde hace años. Con experiencia en ascenso de media montaña (alturas de hasta cinco mil metros) y dos años de entrenamiento intensivo, este mes afrontó una expedición de 17 días para subir los 6.962 metros que resultó un éxito.

"Para mí la traje a la cumbre", dijo el olavarriense cuando contó la experiencia a EL POPULAR. Y es que no sólo se refiere a que trajo piedras desde el techo del continente, sino que el viaje implicó abrirse a nuevas miradas y reforzar sus lazos más cercanos.

La experiencia previa es clave para acceder a la expedición, además del buen estado físico. Todo se verifica en el mismo Parque Aconcagua. Guillermo hace montañismo hace varios años y consideró que 2013 era el momento apropiado.

El equipo con el que ascendió contaba también a Cecilia, una nutricionista cordobesa; Gabriel, un licenciado en sistemas de Bahía Blanca, y el guía Juan Pablo Barone, de Neuquén, con quien estaba en contacto desde hacía un año.

La salida

El 5 de enero partió a Mendoza, "era el primer año que iba solo a hacer una montaña grande, porque siempre lo hacemos en familia", señaló. Lo recibió su guía y lo primero fue completar trámites y pagar los cánones, "firmás todos los deslindes de responsabilidades", se rió.

Luego partieron hacia Penitentes, alta montaña. "Ya estábamos a tres mil metros y dormimos en un hostel como etapa de aclimatación. Al otro día fuimos a la entrada del Parque Aconcagua, hicimos el check in: registro, dejás tus datos, te hacen llenar un cuestionario, verifican tu estado de salud y el guía certifica que tenés experiencia. Ahí empezó la verdadera historia", definió.

El arranque es una caminata de más de cinco horas al campamento base inferior, Confluencia, "también forma parte de la aclimatación. Armás las carpas, estás a unos 3.500 metros", dijo Guillermo y agregó que al día siguiente realizó el primer trekking de aclimatación: mil metros hasta el mirador de Plaza Francia, "ves toda la pared sur de Aconcagua, imponente, la que se ve siempre toda nevada".

Al tercer día subieron al campamento base central, Plaza de Mulas, a 4.300 metros. Es una caminata de ocho horas y llegan con mulas que transportan los equipos. "Cuando llegamos nos parecía que estábamos bien y cuando nos agachábamos para hacer las carpas, nos mareábamos. Nos daba la pauta de que el organismo aún estaba en aclimatación", indicó. Permanecieron casi cuatro días en los que nuevamente se hicieron chequeos médicos. "Es como un circo, es la última parte comercial de la expedición, hay teléfono satelital, todavía hay contacto con la civilización. Aproveché para llamar a mi esposa, avisarle que estaba bien. Estaban todos un poco sugestionados, para colmo veníamos escuchando las noticias de dos muertes en Aconcagua", subrayó. Todo el equipo pasó las pruebas médicas.

La altura

"En el cuarto día empezó la etapa más importante que es la de los campamentos de altura", relató Guillermo. Primero se llega a Plaza Canadá, a cinco mil metros, "para aclimatar se hace el porteo, llevar elementos y volver", describió. La idea es "acostumbrarse a llevar peso en altura, con menos oxígeno. Nos quedamos todo el día arriba y bajamos, para que no sea tan brusca la subida. Al otro día levantamos todo el campamento y nos quedamos en Plaza Canadá". El clima se complicó y los recibió una nevada.

El siguiente campamento, Nido de Cóndores, está a 5.500 metros. "No hubo porteo, llevamos todo. Nos levantamos a media mañana, desayunamos y salimos en trekking de más de cuatro horas. También nos recibió con una nevada, el clima no estaba bueno y además ya hay hielo", remarcó Guillermo. Igualmente pudieron armar el campamento y hacer caminatas de aclimatación a cerros linderos. Se tomaron dos días de permanencia, "cuando estás a esa altura ya vas chequeando la perspectiva del día de cumbre. Se consultan con la base las ventanas de clima para ver qué momento es el más oportuno", explicó.

El último campamento de altura se llama Cólera, a seis mil metros. Guillermo reconoció que "veníamos bien aclimatados así que no pasó de un dolor de cabeza. No nos recibió la montaña con nieve pero está todo congelado. Es una noche y no es recomendable estar más".

La cumbre

"Generalmente no duerme nadie la última noche, te levantás a las 2 de la mañana. Y así fue: no dormimos. Pasan mil pensamientos, parece que estás tan cerca pero a su vez tan lejos". Es que lo que sigue es un desayuno y el trekking de más de 12 horas a la cumbre.

Con 15 grados bajo cero "partimos a la gran aventura, de noche. Te pones los mitones que apenas podés agarrar los bastones, cuesta mucho arrancar. Las primeras horas fueron muy duras hasta que se hizo de día". Y por si las condiciones no fueran ya adversas, al cruzar el Portezuelo del Viento, el viento comenzó a soplar con más fuerza y caía garrotillo, "una pelotita como de 4 milímetros de hielo que castiga por todos lados. Había mucha nieve, dabas cinco pasos y tenías que parar".

En esa instancia los planteos son distintos, "llega un momento que el físico deja de tener la preponderancia. Si no tenés la cabeza y el corazón bien puesto... tenés que conjugar todo para poder seguir porque a veces es muy fuerte las ganas de volver". A media mañana alcanzaron La Cueva, un sector para parar y reabastecerse, a unas dos horas de la cumbre. "A eso de las 12 encaramos La Canaleta, la parte final de la subida, todo hielo. La travesía se hace con trampones y a las 2 de la tarde llegamos a la cumbre. Muy despacio, con mucho sacrificio, realmente fue un sueño, una cosa increíble que veníamos maquinando desde hace muchos años y se pudo cumplir".

Llevar y traer

La llegada fue con buen clima, pero por pocas horas. Tuvieron unos 30 minutos de permanencia para iniciar el descenso. Guillermo aprovechó para sacar fotos y filmar. "¿Qué no se ve desde la cumbre? Es el techo de occidente, ves hasta la curvatura de la tierra. Estás por encima de todo, ves el cerro Mercedario que está en San Juan y mide 6.700 metros, ves todo lo que te alcanza la vista y lo que te permita el clima", apuntó. Pero la mirada se profundiza, "también te hace ver lo pequeño que sos, no somos nada".

La bajada es más rápida, "de todas formas es igual de importante, hay que tener muchísimo más cuidado que para subir porque ya estás cansado", aclaró. Con una primera parada en Cólera para dormir, el descenso es directo hasta Plaza de Mulas con una caminata de seis horas. "Con una sonrisa llegué y lo que hice fue llamar a mis hijos, a mi esposa, comunicarles primero que estaba bien y la alegría de que habíamos hecho cumbre", relató para contar una parte central de la experiencia, "realmente se había cumplido el sueño, porque siempre digo: los llevaba a ellos también, los llevé a todos hasta allá arriba, era un proyecto de todos no solamente mío".

La pregunta se imponía, ¿qué trajiste?: "Para mí la traje a la cumbre. Es más, físicamente porque traje piedras para los chicos. Te queda ese aroma, esa sensación de que a su vez te sentís tan grande estando en la cima pero a su vez tan pequeño. Es difícil de explicar, tenés que estar ahí, vivirlo, te tiene que gustar la naturaleza. Les dije a mis hijos y mi esposa, que los llevaba hasta allá arriba y que traía todo eso y se los devolvía cuando bajaba".

La jornada en Plaza de Mulas fue de celebración con todos los "personajes de la montaña". Al día siguiente bajaron los 30 kilómetros restantes hasta la ruta, "es extenuante, pero vas con una alegría que realmente no te pesa el cansancio". De ahí, una combi los trasladó a Mendoza donde siguió el festejo del equipo.

Pero ese clima se mantiene aún hoy en Olavarría, "en el barrio me felicitaban, por supuesto mi familia, los amigos de mis hijos, en el trabajo no sé porque estoy de vacaciones, en Coopelectric", aclaró.

Por ahora, el proyecto de Guillermo es descansar y dedicarse los suyos. Sueña con otras alturas, pero elige "una mención especial" para finalizar: "Los que realmente me apoyaron continuamente para hacerlo y me impulsaron fueron mi esposa y mis hijos. Alejandra, Germán y Nadia. Sin ellos no lo podría haber hecho, suplieron mi lugar en cierta forma, sin ellos no hubiera salido la expedición cómo salió".

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