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¿Y si Cabezas fuera asesinado hoy?

A 16 años, somos otros, fragmentados en una lucha ajena El mismo poder económico, la misma policía -hace cuatro años desaparecía Luciano Arruga- y 16 años atrás. El crimen de Cabezas desnudó que el oficio de andar detrás de la verdad podía costar la vida. Hoy su asesinato sería visto con recelo y mezquindad, en el marco de una disputa de poder e intereses.

Silvana Melo

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Dieciséis años después somos otros. Algunos sueños fueron desbaratados de un soplido de lobo feroz. Otros están tan intactos como la utopía. Que se aleja la misma cantidad de pasos que uno da hacia ella. El 25 de enero de hace 16 años asesinaban a José Luis Cabezas, fotógrafo, es decir periodista. Y su cuerpo atado, calcinado y con balazos en la espalda era el mensaje más claro de que había un monstruo que estaba intacto. El del poder omnímodo e impune. Con los mismos métodos de siempre. En dictadura o en democracia.

Enero del 97

La gorra del entonces jefe de la bonaerense Pedro Klodzcyk fue tapa de Noticias cuando Eduardo Duhalde era el hombre más poderoso del país. Y su policía, la mejor del mundo. Alfredo Yabrán era el poder en las sombras. Nadie sabía su nombre ni sospechaba que la casa de Pinamar "Narbay" era el palíndromo de su apellido. Cabezas le puso cara, cuerpo, ojos azules, cabello canoso, ombligo y short a rayas a ese poder. Y el empresario supo que ya nada volvería a ser igual. En un patético programa de televisión conducido por Mariano Grondona, sosteniendo el volante de Argra con la cara de Cabezas, dio la definición más fantástica, profunda y temible del poder: "impunidad".

Tres meses después se volaba la cabeza en su casa de Entre Ríos. Para alimentar otro mito argentino: está vivo, con otra cara y otro nombre, en una isla del Pacífico.

Una banda de policías, delincuentes y el jefe de seguridad privada del empresario fueron juzgados y condenados a perpetua en el 2000.

Hasta el año pasado estaban todos libres. O con prisión domiciliaria, que en la Argentina suele ser casi lo mismo.

Aníbal Luna trabajaba en una agencia de seguridad en Villa Gesell. Sergio Cammaratta, en un puesto similar... en Pinamar. Junto a Blas Altieri que siguió siendo intendente como si nada, hasta que el año pasado lo destituyeron por unos problemitas con viviendas sociales que aparecieron de pronto en manos de gente de su familia. Su comisario (la liebre Gómez) fue condenado a perpetua por liberar la zona. Altieri sólo dejó de ser intendente de Pinamar cuando asumió Roberto Porretti (destituido también, pero acusado de extorsión y ahora presto a volver de la mano del vicegobernador Gabriel Mariotto).

A última hora del 2012 la Justicia despertó y puso otra vez en la cárcel a los ex policías Luna y Cammaratta: es que se dio cuenta de que no habían concluido su condena. Pero andaban por ahí, custodiando la seguridad de la gente de bien.

Cabezas, hoy

En aquel enero del 97 apareció como un dragón desde el mar la maldita policía. Todos supimos que había un poder intacto, una policía intocada desde la dictadura, que se movía con la complicidad o el laissez faire del poder político. Y que se transformaba en brazo armado o liberador de zonas para el poder económico, cuando era necesario. Entonces juntamos los hombros y los brazos, más allá de la postura de cada uno ante la vida. El oficio de informar, de exhibir aquello que intereses del poder no quieren que se exhiba, estaba en peligro. Podía costar la vida. El eslogan que inmortalizó la memoria eterna (no se olviden de Cabezas) y el sentimiento profundo de que todos éramos -en lo figurativo- y podíamos ser -literalmente- Cabezas generó una unión monolítica, con las lógicas y obvias excepciones.

Hoy la profesión, el oficio, el trabajo, de andar con la verdad -o aquello que honestamente creemos que lo es- puerta por puerta sufrió un sismo que abrió la tierra a nuestros pies. Y fragmentó casi sin remedio. Separó con la precisión de una cimitarra a los propagandistas de un gobierno que, a cambio de dinero o por pura convicción, son incapaces de admitir que las alianzas del poder siguen siendo las mismas, la concentración de la riqueza está en las mismas manos y hay millones de compatriotas en la pobreza en un país gobernado por millonarios. Y a los opositores que, por pura convicción, veneno o buen dinero, terminan descalificando al Gobierno por aquello en lo que no se equivocó y sirviendo a los intereses más retrógrados y antipopulares. Otro grupo, mucho más pequeño y detestado por unos y por otros, se ubica en un peligroso equilibrio y en la inmensa soledad de no estar en uno ni en otro bando de combate de intereses.

José Luis Cabezas era el fotógrafo de una revista que hoy es protagónica dentro de los medios que se oponen al Gobierno en muchos casos groseramente. Su asesinato hoy -cuando la policía es la misma, el poder económico conserva los métodos y el oficio de informar honestamente es altamente riesgoso- sería un cuerpo echado al fuego de los recelos, las sospechas, los intereses, la lupa en el currículum laboral para descubrir una mancha, la desconfianza sobre quién lo mató, por qué y si realmente está muerto. Si es un mensaje antiK o es un atentado del gobierno autoritario contra la prensa independiente o si es Clarín con las manos manchadas de sangre que tira en la puerta de la Rosada ese muerto en venganza por la ley de medios.

6,7,8 lo tendrá a Barone diciendo que Cabezas hacía un periodismo menor. O el panel discutirá si no fue Noticias la que lo mandó a matar para salpicar al Gobierno.

Clarín y Perfil y Noticias lo transformarán en una bandera de sus intereses económicos empresariales para esmerilar al Gobierno y lograr que Cristina renuncie.

Cristina no dirá una sola palabra.

Scioli organizará un festival con Julio Iglesias y Ricardo Montaner.

Dieciséis años atrás éramos otros. Fuimos capaces de la masividad de una consigna, de desenmascarar a la maldita policía y de que unos ojos, los de José Luis Cabezas, todavía sigan mirando desde arriba a un poder que todavía baja la cabeza ante ese ícono.

Hoy no. Hoy estamos partidos de mezquindades, perforados por luchas que no son las nuestras. José Luis, si hubiera sido asesinado hoy, sería una ficha más en el tablero de los otros. Y nosotros no nos daríamos cuenta.

Luciano dijo no

S.M.

Hace cuatro años ya éramos más o menos lo que somos. Una contradicción desesperada que busca atarse al cuello el amuleto de la esperanza y buscar en el otro las culpas del infortunio. En el Otro enemigo político, en el Otro pibe, oscuro y marginal, en el Otro lumpen de esta historia donde los elegidos son pocos y se van encerrando entre rejas y alarmas para huir de esa otredad. Hace cuatro años en Lomas del Mirador (La Matanza) se había instalado un destacamento de la Octava en el barrio 12 de octubre. Habían asesinado al florista de Susana Giménez y la seguridad pasaba a ser un tema nacional, mediático y prioridad pública. La seguridad para Susana Giménez. No la seguridad para pibes de pobreza extrema e historia de abandonos como Luciano Arruga. A quien, con 16 años sin acceso a nada, la policía invitó amablemente a robar para la gorra. (Porque para la corona roban otros, de mayor alcurnia). Con una dignidad que deberían envidiar funcionarios y mandamases en los escritorios, Luciano dijo que no. Desapareció el 31 de enero de 2009. Y hasta hace unos días, el poder político lo negó, el poder mediático lo ignoró, el poder judicial lo ninguneó, se lo consideraba un pibe perdido o escapado y a la policía, una institución ejemplar, una escoba impiadosa contra la infancia criminal. A principios de enero de 2013 la causa cambió de carátula: de averiguación de paradero, a desaparición forzada de persona.

Hay un poder que sigue intacto. Dieciséis años atrás. O cuatro años atrás. O siete, cuando la tierra se tragó a Julio López, horas antes de que el ex comisario de la bonaerense Miguel Etchecolatz levantara la cruz contra la Justicia que lo condenaba por genocidio. Un poder omnímodo e impune. En dictadura o en democracia.

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