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Todos verán la salvación de Dios

Comentario del Evangelio

P. Fredy Peña Tobar, ssp

Cuando hablamos de la misión de Jesús, no se puede obviar la intervención de Juan Bautista. Él fue un precursor que, estando en el desierto, configuró su vida al modo de Dios. La mención del desierto recuerda el Éxodo, la salida de Egipto a una nueva tierra, es decir, hacia una forma diferente de vivir. Juan fue el último testigo de la primera alianza, mientras que Jesús es el centro de la historia y del tiempo. Además, el Bautista atesoraba una gran confianza en la llegada del Mesías.

Su predicación era un llamado a la conversión para el perdón de los pecados, y su bautismo era la señal que marcaba un nuevo inicio. Así, con el anuncio de Juan y la venida de Jesús, se cumplían cabalmente la esperanza mesiánica de Israel y las promesas de Dios. Aquella voz que clamaba en el desierto, llegó para despertar el corazón sin vida de muchos que buscaban convertirse, pero no sabían ni cómo ni cuándo ni dónde. También estaba dirigida a otros que conocían la misericordia de Dios, pero decían que "no necesitaban convertirse y menos confesar sus pecados". La gran tarea actual es discernir cuál es la voz que nos lleva a comprender a Jesús para diferenciarla de otras que sólo traen desesperanza y muerte.

La conversión no es solamente para los que viven sin Dios, sino también para los que creen en Dios pero no tienen amistad con él. Esa cercanía se transforma en una suerte de "salvavidas" solo cuando las seguridades humanas desaparecen. Por eso, urge dar cabida a Jesús siempre, y el adviento es una buena oportunidad para empezar a hacerlo porque es un tiempo de espera dinámica en un Dios que sale al encuentro, para afianzar la amistad con él y entre los hermanos.

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