Los sueños por la salud en los primeros tiempos

SEGUNDA ENTREGA. Un trabajo de Aurora Alonso de Rocha Las colectividades fueron las primeras en organizarse: los italianos desde 1883; los españoles en 1885 y la Sociedad Francesa en 1893. La muerte era una presencia constante, igual que las enfermedades.

En la ardua labor de dotar a la flamante ciudad con un sistema de salud, las colectividades en Olavarría fueron pioneras en organizarse en la década del 80 del siglo XIX.

Los pueblos del interior estaban alejados de los hospitales que por entonces existían en las grandes ciudades del país.

Los italianos, que ya tenían su Sociedad de Socorros Mutuos, desde 1883; la de los Españoles en 1885 y la Sociedad Francesa en 1893.

Al principio contrataban médicos y farmacias y se asociaban a los grandes hospitales de las colectividades en Buenos Aires, el Español, el Italiano y el Francés.

Tenían cama reservada para las emergencias y un número de consultas a cambio de que donaran sus bienes si la mutual se disolvía.

Como curiosidad, en algunos trenes se armaban unas camas en un vagón plano y allí se trasladaba a los pacientes.

Los italianos y los españoles, sin embargo, pensaban en sus propios hospital, y lo concretaron.

En 1889 se abrió el de los primeros, situado donde aún está la Sociedad Italiana, en un gran terreno del señor Francisco Mazzuchi, fabricante de alpargatas y padre de un farmacéutico, ambos masones de alto grado.

En el tema de la salud pública coincidían masones y antimasones, creyentes y ateos con la misma pasión.

El hospital era una sala dividida por una pared incompleta -para la ventilación-, varones y mujeres, con ocho camas a cada lado, e instalaciones sanitarias, cocina y leñera, y rodeada de un parque.

Como todas las colectividades tenían convenios con médicos y farmacias locales.

En 1893 se empezó a construir un nuevo Hospital Italiano, más grande, en la manzana que ahora ocupa el Colegio Nacional.

Sobre la necesidad de contar con un hospital municipal en Olavarría comenzó el debate en 1888. Se trataba de una obra más ambiciosa para aquellos tiempos.

Los españoles primero y después los italianos abandonaron sus obras y donaron sus materiales y aparatos en beneficio de una obra para toda la comunidad.

El nuevo terreno de los italianos se despejó, durante años fue una plaza atravesada en diagonal por una calle llamada Italia. El pedio finalmente fue donado por la Sociedad Italiana al Ministerio de Educación para que se levantara el Colegio.

El Hospital Municipal se inauguró formalmente en 1898.

Fue obra del constructor Juan Rípoli, en una manzana que se fue ampliando: se pusieron rejas, se arboló, se abrió la capilla en 1911, se inauguraron nuevas salas y dependencias.

En las décadas 20 y 30 del siglo pasado hubo donaciones importantes de los vecinos Juan Sarciat, Luciano Fortabat, Mendiluce, Peruilh.

Los españoles tuvieron su hospital donde ahora está el Club Español (a la vuelta del de los italianos), con planos que eran muy parecidos.

Comenzó su construcción en marzo de 1888, pero no llegó a funcionar. Antes de que se concretara la dotación de instrumentos médicos la Sociedad Española adhirió al proyecto municipal.

El autor de las iniciativas (tanto del Hospital Español como de la renuncia para donar los bienes ya adquiridos) fue el primer cura párroco Pedro Castro Rodríguez, un personaje cuya historia criminal desplazó de la memoria la de sus méritos.

Fue uno de los fundadores de la Sociedad y su primer presidente, primer agente consular, primer párroco, uno de los primeros maestros en su escuela dominical; era un hombre de singular cultura y muy respetado.

Sin que nadie lo esperara, justamente en ese año 1888 se convirtió en doble asesino, de su mujer clandestina y de una hija de diez años.

El "crimen de Olavarría", como se lo llamó en todos los periódicos, encierra un misterio nunca resuelto: entre ese suceso -8 de junio- y las dos semanas siguientes, hubo una asamblea de la Sociedad Española para tratar el asunto de la renuncia, a la continuación de la obra propia, y la adhesión a la del Hospital de la Comunidad.

El cura, autor del proyecto, propuso la renuncia y todos los miembros firmaron con él el acta.

Parecía que no iban a acusarlo y hasta llegó el obispo de Mercedes a apoyarlo, pero fue llevado a La Plata y enjuiciado, condenado y recluido en Sierra Chica.

La historia siguió, pero ya alejada del espíritu de esta nota.

El hospital que todos querían no sólo atendió a la salud de la ciudad, la campaña y forasteros que llegaban a atenderse; también dio vida a una extensión del pueblo en una zona que todavía era de quintas y baldíos.

Junto con la fábrica de calzado de Lázaro, una empresa modelo y benefactora, con más de cien trabajadores, setenta y dos mujeres, y los negocios que servían al nuevo movimiento de gente y vehículos, se diseñó un nuevo rumbo urbano además del primero, que había sido Pueblo Nuevo.

Una reflexión consoladora: la higiene pública era tan diferente, que sólo leyendo datos puntuales se puede imaginar.

Datos precisos y documentados que, ante la pandemia de coronavirus que hoy asola a la humanidad, impulsan un agradecimiento a los adelantos de la ciencia y las costumbres.

Una ordenanza de los años de 1890 multaba al que dejara pastar chanchos en la plaza. Para solucionar una costumbre que no se corregía se cercó con unos arcos de alambre de púas.

En pleno centro los hoteles daban pensión a los viajeros a caballo, que pagaban el lugar en el corralón, "pensión y forraje para el caballo" y, si el jinete quería ahorrar dormía allí, sobre el recado.

Hasta en los hoteles más céntricos, con sala para banquetes y cocina y bodega selecta, la higiene personal se hacía en un cuenco con agua y una jarra y había que salir a un retrete situado a más de tres metros de las habitaciones.

En tiempos de epidemias, la Municipalidad entregaba gratis y obligaba a usarlo, un producto llamado "cresyl" (de la familia de la creolina) y hacía calear los pozos, además de mantener practicables las chimeneas de ventilación.

Todo esto se explica porque se consideraba que el principal vehículo transmisor de las pestes era el agua y, con ella, el tifus.

Sobre el arroyo las normas eran estrictas: estaba prohibido lavar carros y animales, arrojar desperdicios industriales (como los de los molinos o las canteras) y a las lavanderas hacer su trabajo desde la calle que es hoy Avellaneda hasta un largo trecho que fue variable según los ciclos de las epidemias, aguas abajo.

Tal era el temor, que el encargado del cementerio (que durante décadas fue el señor Landoni), tenía que dejar abierta una tumba cada día al retirarse para que a la mañana siguiente los deudos no tuvieran que esperar y "que el viento removiese peligrosas miasmas".

Miasmas es una antigua palabra para las partículas infecciosas.

Las primeras enfermeras y paramédicas del Hospital fueron ocho monjas de la orden de María Auxiliadora que llegaron desde la parroquia de Santa Lucía en Buenos Aires.

En los últimos años del siglo XIX y los primeros del siguiente hubo epidemias encadenadas, y el hospital de la comunidad fue fundamental para erradicarlas.

Cólera, difteria y otras.

El agua era el vehículo, sobre todo a través del tifus y se extremaban las medidas para modernizar las instalaciones sanitarias. También había mucho miedo al contagio de la tuberculosis.

En pleno centro de Buenos Aires, por ejemplo, se veían -y usaban- cajas de metal destinadas a escupir, con carteles "Prohibido esputar en el suelo".

Desde el primer momento hubo médicos residentes o viajeros.

Los primeros aparecen en las actas policiales o las del Consejo Municipal son los doctores Gorbea, Cross y Pintos.

Los casos violentos de Olavarría se destinaban, si era necesario, a la morgue de Azul, situada frente a la plaza central, al lado de la iglesia.

El Doctor Pintos, que venía desde Azul, se destacó junto al primer cura párroco, Pedro Castro Rodríguez (encarcelado por un doble crimen).

Antes de eso, el médico con su maletín y el cura con el viático salían a las quintas y el campo para confortar, curar y asistir en la muerte y también en partos y accidentes.

Al cura párroco lo recluyeron en Sierra Chica y murió cinco años más tarde.

Al Dr. Pintos el pueblo de Olavarría le agradeció regalándole una de las viviendas más bellas del pueblo, el actual Museo Dámaso Arce, con los jardines que llegaban hasta los fondos de la casa parroquial, pagada por una suscripción popular.

En 1896, como consta en las placas que se pueden ver en el frente, la original, que fue hallada por el Contador Lucindo Torrisi en una estancia y donada al Archivo Histórico Municipal, y una nueva aclaratoria del texto.

La primera se colocó en el frente, pero cuando se rehízo la vereda se rompió, permaneció perdida y finalmente se reencontró.

Por su valor histórico se colocó igualmente con sus fracturas. (*)

Había en aquellos tiempos mucha violencia: duelos criollos y de caballeros, bandidos en los caminos, mucho juego y prostitución legal.

La muerte era una presencia constante, igual que las enfermedades y la cercanía de la vejez con sus achaques, pero igual de intensos eran los sueños de la gente y los proyectos ambiciosos en materia de salud y educación.

La crónica y la literatura muestran esa dialéctica entre el dolor y la resistencia, que al final avanzaba en sus logros.

En tiempos de extrañas pestes, que sirva de modelo y consuelo.

(*) Las gestiones para reponerla tuvieron el apoyo del Arq. Ernesto Cladera, que merece cálido agradecimiento.

El terror de ayer y los miedos de hoy

El ser humano tiene la esperanza de que el coronavirus -más temprano que tarde- corra la misma suerte de tantas enfermedades infecciosas que aterraron a los pueblos del planeta, y ahora se ven como un recuerdo más o menor doloroso, según su virulencia.

Aurora Alonso rescató recuerdos muy cercanos de una pandemia y una epidemia que pasaron dejando atrás un saldo aterrador: la gripe española de 1918 a 1919, que mató a unas 50 millones de personas en todo el mundo, y la poliomielitis que causó estragos -especialmente en la población infantil argentina- a mediados de los ‘50.

"Viví indirectamente con una amiga, Gloria Guenzatti, la epidemia de poliomielitis, que fue terrible y la sufrimos todos. Yo vine a Olavarría en 1961, y ella ya estaba en el tratamiento con su hijo, que había sido afectado por esta enfermedad. Fue tremendo y creo que duró más de un año" relató.

"Los síntomas eran los de una infección muy grave. Tenían fiebre, empezaban con rigidez en el cuello y, cuando se querían acordar, el niño tenía tomadas las extremidades y no se recuperaban más. En los casos más graves afectaban al aparato respiratorio y pobrecitos se morían" agregó.

"La poliomielitis era tabú en la época; era un tema que no se hablaba" apuntó Aurora y subrayó que en Olavarría, la epidemia dio lugar a múltiples reacciones solidarias: "Las empresas cementeras fueron muy generosas con los casos que hubo. Ponían ambulancias y enfermeros a disposición de las víctimas, ayudaban con el tratamiento y la rehabilitación".

De la gripe española escuchó relatos de su madre.

"Mi mamá la pasó en España cuando era chica. Fue una pandemia espantosa, que en las aldeas de Galicia, donde vivía mi familia, mató a mucha gente mayor; al igual que ahora con el coronavirus representaban el sector más vulnerable" comparó.

Transcurría la primera mitad del siglo pasado, y la gripe española (que en realidad comenzó en marzo de 1918 en Fort Riley, Kansas, Estados Unidos) dejó instalado el miedo a las epidemias.

Por entonces, otra enfermedad provocaba terror entre la población.

"No era una pandemia, ni una epidemia, sino una enfermedad que estaba latente y sufría mucho la gente que se alimentaba mal o vivía en situaciones de higiene inapropiadas, y fue la tuberculosis. También las condiciones de vida eran más difíciles, y en ese sentido se ha mejorado mucho" dijo.

"Sin vacunas, en esa época eran famosos los hospitales para tuberculosos en Córdoba" recordó.

"Inclusive había toda una literatura alrededor del tema: Thomas Man escribió ‘La montaña mágica’; hay un cuento muy famoso de Roberto Arlt, que se llama ‘Ester Primavera’, que primero apareció en un diario de la época en los años 30, y otra novela que se llama ‘Hombres en Soledad’, de Manuel Gálvez. En todos ellos el tema gira en torno de hombres jóvenes, que saben que están ahí y se pueden morir" precisó.

Aurora mencionó otra enfermedad temible de la primera mitad del siglo XX, la escrófula. "Le tenían terror, y a los chicos nos daban para tomar aceite de hígado de bacalao, que era una cosa asquerosa, inmunda. Era como tomar aceite de carro" enfatizó.

"El gran adelanto de la época eran las sulfamidas, una primera versión del antibiótico. Así fue que mucha gente empezó a curarse de las enfermedades infecciosas".

Quienes superan los 50 años podrán recordar de sus épocas colegiales otras enfermedades que tenían efectos muy duros entre la población infantil: "Sarampión y escarlatina provocaban la muerte de muchos chicos, aunque aparentemente eran enfermedades pasajeras".

"Se contagiaban grados enteros y había que pasarla. A veces ponían a propósito a dormir juntos a los hermanitos o a los primos para que se contagiaran. Lo mismo la varicela, que es muy peligrosa en las mujeres embarazadas" señaló.

Aurora vivía en Avellaneda, pero debía viajar diariamente a la Capital por razones de estudio o trabajo y en el medio del relato refrescó algunas imágenes sanitarias: en las escaleras del subte había carteles que decían "prohibido esputar en el suelo", y en los bancos y en las oficinas públicas ponían unas cajas de metal con aserrín, donde la gente escupía.

"No hace tanto, pero la gente era muchísimo menos prolija y no respetaba algunas normas higiénicas que hoy nos parecen de lo más normales" destacó.

"Por eso las medidas sanitarias que se tomaron en Olavarría, en los primeros años del siglo pasado, eran adelantadas para la época. Eran notables" cerró.

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