El esquinazo

Capítulo 45 - Al compás del corazón

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

El esquinazo

El esquinazo

-Lautaro, ¿adónde vas? -Estelita quería impedir que cometiera una nueva tontería, pero nada pudo hacer cuando su hermano se perdió entre la multitud que de a poco iba abandonando las instalaciones del cabaret.

-Dejalo, Estelita -manifestó Dorita, suspirando desilusionada. Otra noche más que estaba cerca de Lautaro y él ni siquiera la miraba.

Estelita rezongó cuando vio que su hermano se dirigía hacia el pasillo que llevaba al camarín de Gardelia.

-El comisario está con ella. Tengo miedo que se enfrente a Peralta y termine la noche en un calabozo.

Dorita arrugó el ceño. ¡Eso no podía ocurrir! ¡Lautaro no tenía la culpa de haber puesto los ojos en una mujer que prefería a otro hombre! Entendía la preocupación de su amiga porque a ella la carcomía la misma zozobra.

-Esperemos a ver qué pasa -sugirió, poco convencida.

Estelita negó con vehemencia.

-¡Ese hermano mío es un atolondrado y es capaz de cualquier cosa!

Dorita, acostumbrada a los arrebatos de su amiga, la siguió cuando enfiló hacia el oscuro pasillo por el cual acababa de desaparecer su hermano.

*

Victoria se dio vuelta de un sopetón cuando Lautaro entró al camarín.

-Perdón, pero la puerta estaba abierta -se disculpó. Sonrió aliviado al comprobar que el comisario Peralta no se encontraba en el lugar.

Victoria intentó esconder el dinero; sin embargo, no lo logró. Entre la angustia de haber perdido su medallita de la suerte y los nervios por la imprevista aparición de Lautaro, terminó tirando el fajo de billetes al suelo.

Lautaro se agachó y lo recogió.

-¿Qué estás haciendo con tanto dinero encima?

Victoria atinó a quitárselo, pero él no se lo permitió.

-No es mío -explicó, sin entrar en más detalles.

-¿No es tuyo?

Victoria no le respondió.

-¿Entonces por qué estaba entre tus pertenencias?

Ella no supo qué decirle.

-Victoria, no soy de entrometerme donde no me llaman...

-Lo dudo -masculló ella, molesta por haber permitido que la sorprendiera con las manos en la masa.

Lautaro hizo caso omiso a su comentario.

-Si te metiste en problemas y no querés contárselo a la policía, podés confiar en mí.

Victoria no tenía demasiadas opciones. ¿Qué podría decirle para que dejara de preguntar sin involucrar a Leonor? La verdad es que no sabía de dónde la alternadora había sacado tanto dinero y por la expresión de su cara al pedirle que se lo guardara, debía ser algo muy serio.

-No es mío. Es lo único que puedo decirte. -Le dio la espalda con la excusa de ordenar la toilette para que ya no insistiera en sus preguntas.

Lautaro se paró detrás de ella y la miró a través del espejo. En su mano derecha sostenía el fajo de dinero. Sin contarlo, dedujo que era una suma bastante considerada.

-No voy a obligarte a que me lo cuentes -le dijo. Sonrió cuando ella le devolvió la mirada-. Solo quiero que sepas que si necesitás ayuda o alguien con quien hablar fuera del ámbito... policial, no dudés en buscarme.

Victoria no supo por qué; pero en ese momento de incertidumbre en el que sentía que estaba inmersa en un gran problema sin siquiera proponérselo, necesitaba confiar en alguien.

-Una de las chicas me pidió un favor y no pude negarme -dijo por fin. Le arrebató el fajo de las manos y volvió a meterlo en su bolso-. No me explicó de dónde lo había obtenido; solo quería que se lo guardara por esta noche.

-Es mucho dinero -comentó él, tratando de discernir si sabía algo más y se lo estaba ocultando.

-Lo sé. Otra de las chicas, una pelirroja llamada Fanny tenía mucho interés en saber de dónde lo había sacado. Las encontré peleándose en el pasillo. Quizá por eso Leonor me pidió a mí que se lo guardara.

Lautaro sonrió. Acababa de soltarle un nombre. Era suficiente para comenzar a averiguar por qué una alternadora de La Nuit andaba con tanta plata encima. No pudo seguir indagando porque su hermana y Dorita irrumpieron en el camarín con la excusa de despedirse de Gardelia.

*

Peralta se cruzó de brazos. Frente a él estaba Santibáñez; tan inquieto como de costumbre y con esa absurda manía de mostrarse demasiado amable, como si no tuviese nada que ocultar, cuando en realidad solo deseaba que se fuera y lo dejara en paz.

-Comprenderá que, con las muertes de dos de sus muchachas, la investigación se enfoca en el cabaret -manifestó, mirándolo fijamente. Notó que un hilo de sudor le bajaba por la frente-. Me dijo que tenía poco trato con Rosa Cardozo porque hacía poco tiempo que trabajaba para usted. ¿Qué hay de Laureana Pacheco, alias Tita? ¿Tampoco tenía demasiado trato con ella?

-A Tita la conocí mejor -se atrevió a confesar-. Era una de las muchachas más antiguas. Entró a La Nuit pocos meses después de su inauguración. Aunque no me lo crea, me afectó mucho su muerte.

-¿Dónde se encontraba usted la noche en la que fue asesinada?

Santibáñez se aflojó el nudo de la corbata. Parecía que de repente le faltaba el aire.

-Aquí mismo.

-¿Hasta qué hora se quedó?

-No lo recuerdo exactamente, pero cerca de la madrugada.

-¿Y luego hacia dónde se dirigió?

Santibáñez tardó unos cuantos segundos en responder y Peralta supo que le había mentido o que estaba a punto de hacerlo.

-Me fui derecho a mi casa. Le diría que le pregunte a mi madre para corroborar mi coartada, pero sería inútil. Se duerme temprano y nunca, o casi nunca, me escucha llegar de la calle; sobre todo cuando lo hago tan tarde.

Peralta también intuía que la madre de Santibáñez no iba a poner en evidencia a su hijo.

-He hablado con Beatriz, la hermana de Tita. -No notó ninguna turbación en su semblante-. Me dijo que Tita tenía escondida una importante suma de dinero en su casa y que nunca le había mencionado su procedencia. ¿De casualidad sabe dónde lo pudo obtener?

Felipe Santibáñez se encogió de hombros.

-Le pregunta a la persona errónea, comisario. Le aseguro que no tengo la más mínima idea de qué dinero me habla.

El comisario Peralta; llevado por esa intuición que muy pocas veces le fallaba, le creyó.

Ese hombre que siempre se mostraba reacio a responder a sus interrogatorios, no sabía nada del dichoso fajo de billetes que Tita tenía escondido.

Ultimas Noticias
Otras Noticias