De motos y tatuajes

Marcelo es un tipo tan activo que cuando no está dentro de su taller trabajando en su próxima figura se traslada hacia otra de sus pasiones: las motos. En el garage de su casa, y fielmente cuidadas por un Hombre Lobo de dos metros, hay varias. Pero es el posible encontrar parte en otros lugares de la casa.

Sus remodelaciones estéticos son bien conocidas en el ambiente y puede llegar hasta su casa no sólo moteros de Olavarría sino también de ciudades cercanas. Todos buscando que se ocupe de alargar un chasis, cambiar el manubrio, una mejora en un respaldar. Cualquiera de las remodelaciones que lleva a cabo tiene su marca. Marcelo recuerda lo sorprendido que se quedó el dueño de lo moto cuando vio que la garra de un águila sostenía la patente. "Siempre estoy ideando o haciendo algo", confiesa.

Muchos años atrás, a las 17 años, comenzó a tatuar y desde allí no paró hasta hace 5 años cuando la vista empezó a fallar y decidió dejar de dibujar. Arrancó como todos, sobre la piel de un melón. Luego la espalda de un amigo fue su papel. Todavía se acuerda de las nervios que tenía mientras dibujaba una lagartija. "Tardé como 4 horas porque tenía un miedo bárbaro".

"Toda la vida dibuje" dice y fue su padre quien lo llevó a lo del Cholo Teuly para que le dé algunas clases. El maestro, después de verlo dibujar, le recomendó que lo dejara solo "porque le puedo enseñar alguna técnica pero está todo en la cabeza de él".

Tras ese primer dibujo en la piel de un amigo siguieron muchos más pero no fue hasta que alguien lo desafió que comenzó a tatuarse a sí mismo. Fue difícil en principio pero luego le tomó el gusto a tatuarse con un espejo. Aunque no fue fácil porque además de mantener el pulso, fijarse en los detalles y pensar en el dibujo al revés, debía aguantarse el dolor. Pero lo logró con la asistencia de su esposa.

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