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Doña Disparate y Bambuco

Nunca un proyecto, un producto artístico, había permitido a María Elena Walsh expresar sus múltiples talentos. Canciones para mirar (1962) es una serie de cuadros musicales, tan variados como los personajes de Niní Marshall –que ella misma podría haber protagonizado como nadie–, hilvanados por monólogos o pequeños pasos de comedia que muestran cuánto había aprendido Walsh del arte de la mímica, del malabarismo. Doña Disparate y Bambuco (1963), nuevamente gracias al impulso de Avellaneda, es ya una obra de teatro con canciones incidentales, una pieza por completo revolucionaria y vanguardista, una especie de sueño escenificado muy cercano a la Alicia de su venerado Lewis Carroll.

El éxito extraordinario de los dos espectáculos, que pronto empezaron a llevar a escena infinidad de compañías en distintos países, supuso para María Elena Walsh la consagración y la consolidación de su proyecto. Las grandes compañías grabadoras que habían rechazado sistemáticamente sus canciones la llamaron para grabar sus primeros discos como solista: Canciones para mirar, Canciones para mí, El país del Nomeacuerdo y Villancicos, que desde entonces tienen su lugar en casi toda casa con niños, como el Martín Fierro o la recién nacida Mafalda. Durante unos años, Walsh se dedicó casi por entero a escribir nuevos libros para chicos, como Zoo loco (1965), una colección de limericks que es tal vez su obra maestra; pero también libros de ficción como la novela Dailan Kifki, o los Cuentopos de Gulubú o los Cuentopos para el recreo, que también llevó al disco, medio en que mostró otra nueva faceta: la de excelente narradora oral.

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