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02.06 | Información General Silvia De la Torre, médica de la guardia, de su consultorio, del Hogar de Ancianos, del CEF, de Ilusiones y de la vida

"La mayor violencia que veo hoy es la del Estado hacia la gente"

Desde la dureza extrema de su historia, Silvia De la Torre ejerce con pasión la medicina. Desde la guardia del Hospital ve pasar la tragedia. Reclama como tesorera de la Asociación de Profesionales. Asiste al dolor en su consultorio. La organización la encuentra en los barrios. Y el hambre. Ella quiere transformar la vida y para eso trabaja.

Silvana Melo

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"Decir que no hay hambre en la ciudad es falaz. No hay que tener miedo a la palabra pobre, a la palabra hambre". Para Silvia de la Torre es imprescindible "ponerse al lado del otro y de la otra para construir y aprender. El encuentro con el otro es la base de la construcción de un país diferente. Los políticos no lo han comprendido. Y eso hace que no haya esperanza". Tiene 56 años y organizó su vocación y el trayecto de su vida en adultez en torno de la secuela de su historia. Es médica, hace 23 años que fatiga la guardia del Hospital y 17 que atiende su consultorio. Todo con la impronta fatal puesta del lado de los que sufren. De los descartados, de los invisibles. Dice que sus pacientes han contado 17 comedores y merenderos en la ciudad. Y ella está convencida de que superan los 50.

Se codea todos los días con las consecuencias profundas de la crisis. Patea cotidianamente esa otra ciudad, la que está debajo de la alfombra cuidada y limpia del microcentro. "Todos hacemos política desde nuestros lugares. Pero la política partidaria no hace más que excluir", diferencia. "La única política valedera es la que construye y transforma la vida de las personas".

Y no lo dice desde un escritorio. Es médica en el Hogar de Ancianos, en el Grupo Ilusiones, en el CEF 44. Hace domicilios todos los días. Y sale a la calle a vender budines para pagarle el alquiler a su hija que vive en La Plata.

La vejez

"En el consultorio, donde paso muchas horas, veo desplegarse a la crisis ya desde hace tiempo. Tengo mil pacientes, la mayoría de la tercera edad. Han visto afectada su economía y su salud, se alimentan mal". Un estudio de la Universidad Católica Argentina desnuda que en 2010 el 7,5% de los consultados mostró una percepción negativa de su salud, física y psicológica. En 2018 la cifra se duplicó hasta el 15,7%.

"Veo todos los días la tristeza de mis pacientes. El dinero no les alcanza, temen perder los servicios, muchos ya perdieron el gas y han recurrido a la garrafa. Van empeorando su calidad de vida y poniéndola en riesgo. Con mucho esfuerzo gran parte de ellos sostienen la luz".

Es en el consultorio donde se encuentra a los más grandes. La vejez a la que los ciclos infalibles de las crisis le deshilacha los tramos finales. "Los menos afortunados me cuentan que cuando baja el sol, se acuestan. Han decidido comer una sola vez en el día, en la noche, para poder dormirse. Les resulta difícil conciliar el sueño si tienen hambre. Durante el día toman mate, mate cocido, té, con pan o galletitas y a la noche toman alguna infusión y comen lo que yo comía cuando era chica, cuando éramos muy pobres".

La historia de Silvia atraviesa cada paso de su vida. Una infancia devastada por la muerte del padre y la falta de alimento, puertas y ventanas en una casa apenas. "Mi mamá compraba una lata de paté, de esas chiquitas y la comíamos con pan. Nos hacía cascarilla cuando había. La compartíamos entre tres, mi mamá mi hermana y yo. Es imposible que no me vuelva esa imagen a mi memoria. Ellos, ahora, compran las galletitas más baratas y la lata de paté es la cena".

Historias

Silvia De la Torre da cursos de RCP y toca el charango. Recuerda claramente a aquel médico -del que le quedó el apodo pero no el apellido- que le habló de los "negros de mierda". Y hoy, dice, "negros de mierda somos todos... tantos veo todos los días renunciar a la prepaga y pienso bienvenido al mundo".

"Tengo una paciente que vive con su padre de 92 años; ha bajado mucho de peso y mi pregunta fue por qué. Me cuenta que viven con la jubilación de su padre, que no pueden pagar los impuestos, no tienen calefacción, sólo sostienen la luz, pasaron a la garrafa y se acuestan temprano a escuchar una radio, cuando tienen para comprar pilas, para no pensar y dormirse".

Por su consultorio pasó "una familia completa, la anciana con su hija y su yerno; tienen muchos problemas de salud, con muchos factores de riesgo cardiovascular. Los análisis estaban mal. A pesar del sobrepeso las proteínas estaban bajas y eso es mal nutrición. Les pregunté cómo se estaban alimentando y se pusieron a llorar. Mi paciente mayor los sostenía, se mantenía con mirada dura y contenía el llanto". La dieta de la familia era a base de harinas. "No sólo se trata de la gente extremadamente pobre, sino de personas que han tenido otra calidad de vida, que han tenido un trabajo estable y ya no lo tienen más y han perdido lo poco que tenían. Esta crisis ha creado más pobres y ha profundizado la indigencia".

Se encuentra, de pronto, con "una paciente que se quedó sin casa y terminé saliéndoles de garantía para que pudiera alquilar y no quedarse con los muebles en la calle". O, naturalmente, se organizan redes entre sus propios pacientes, para ayudarse entre ellos.

"Los beneficios que tenían antes los afiliados al pami ya no son. Se han reducido bastante. Eso traduce en el número de recetas y el pedido de muestras gratis. Es algo que antes no se veía".

"La angustia, la tristeza, los síntomas del cuerpo, el desánimo, la falta de esperanza se ven a diario", relata la médica. "Todas las enfermedades de las personas de la tercera edad están exacerbadas por la profunda tristeza que tiene la gente. La mayoría de los pacientes consumen psicofármacos para dormir". El aumento en la venta de estos medicamentos "está relacionado con la desesperación cuando no les alcanza la plata para pagar los servicios. Cuando les cortan el gas y ellos van a hacer el reclamo, les hacen una supervisión, hay una falla en la instalación y tienen que sacar un préstamo para hacerla de nuevo".

Mientras el 4,4% de los argentinos de clase media-alta dijo sentirse infeliz en 2017, y el 6,7% estuvo triste en 2018, en el sector más vulnerado casi el 19 % fue infeliz en 2017 y el 22,4 en 2018.

"Diariamente van personas a mi consultorio a pedir comida. Cosa que antes no sucedía. Mis pacientes son muy solidarios entre ellos y el resto de la gente. Cuando vienen a pedir comida les armo una bolsa con lo que se ha juntado para que se lo lleven. Jamás me pasó antes. Cuando te dan -hay mucho prejuicio con esto- parece que hubiera un medidor de qué y cuánto debe comer un pobre. Como si no tuviéramos paladar. Yo fui pobre durante 18 años de mi vida. Sé de qué estoy hablando. Nunca tienen voz pero sí tienen voto. Y eso se nota, porque a la hora de las campañas los partidos empiezan a movilizarse por los barrios". Pasan por los comedores por primera vez, se enteran de "los viejos que apenas caminan, entre ellas calles poceadas, haciendo cuatro cuadras" para buscarse un almuerzo.

En el CEF

Una realidad diferente es la del CEF 44. "La mayoría de la gente es trabajadora. Pero últimamente muchos chicos me van a ver por algún dolor. Que casualmetne es dolor de panza".

A la hora de tocar esa panza para ver por qué duele "les pregunto si han comido, cuándo fue la última vez que comieron. Y me dicen que la última fue la leche de la mañana. Los porteros me dicen que antes los chicos elegían. Esto no me gusta, esto sí. Ahora comen todo. Ni bien entran preguntan por la hora de la leche".

"La gente con mucha sensibilidad y registro del otro como los porteros de la escuela donde estoy" detectan a los chicos "con más necesidades y les preparan algo para que se lleven a sus casas. Esto antes no pasaba".

"Hace muchos años -recuerda- la población del Cef incluía chicos de los barrios cercanos y otra clase social. Hoy la mayoría de la gente que va al Cef es de trabajo. Los chicos de los barrios harán otras actividades tal vez, determinadas por el municipio. Pero prácticamente no se acercan al Cef. En eso también la dinámica ha cambiado. Es otra población, la que antes pagaba un club y ahora no lo puede hacer. Y se acercan a este Cef que desde lo económico es mucho más accesible. Una muestra clara de la disminución del poder adquisitivo".

En el barrio

La historia fue en un barrio. "Llegaron muchos, unos cuantos autos, se acercaron, buscaron a alguien referente, porque la gente está cansada y no los recibe. Generalmente son mujeres, las que se cargan al hombro el tejido social. Uno de ellos va hasta el auto y trae una bandeja con tres pasteles. Tres. Tímidamente abre el nailon y se dispone a compartir. Tres pasteles. Y obviamente no tomó mate porque no chupan de la bombilla de los pobres". Se pregunta, la médica, si "esto es ignorancia o perversidad". Y vuelve a preguntarse: "¿podés ir a un comedor de un barrio y apoyar sobre un tablón una bandeja con tres pasteles?" "Podés ir a un barrio y hablarles a las pibas que están sentadas amamantando a sus bebés arriba de unos bloques y decirles ¿no hacen huerta ustedes?¿Sabían que la acelga es buena, que tiene hierro para alimentar a los chicos?... si querés te puedo conseguir alguna semilla..."

"Hay que dejar de patologizar, de criminalizar, de medicalizar a la pobreza. Yo veo en el barrio a la gente que va a comer a los comedores, con mucha vergüenza. Al aire libre. Muriéndose de frío. Veo a la gente cavando pozos para poner unas estacas y unos nailons para que se pueda comer abajo". Silvia se entristece "escuchando a mis pacientes sobre todo lo que viven diariamente" pero "después vuelvo a renovarme en la lucha cotidiana de ellos, son mujeres las que se ponen al hombro esta lucha".

En la calle de todos los días ve al estado con una presencia feroz en aquellos lugares donde decide no estar. "Lo que se hace por la gente es un encuentro de voluntades: nadie sabe la cantidad de comedores y merenderos que hay porque los vecinos se juntan espontáneamente a darle una merienda a los chicos el fin de semana porque comen en la escuela y a veces es la única comida. Y los fines de semana no hay".

Silvia critica la escasa empatía hacia los sectores populares. "Tienen que juntarse con el otro, no tenerle miedo porque es igual que uno. El otro es uno mismo. Tienen que dejar de lado tantos prejuicios. Es mentira que no trabajan porque no quieren, que se embarzan para cobrar un plan. Es mentira".

Y se pregunta: "con qué ánimo vas a levantarte a sembrar si dormiste en el suelo, si estás cagado de hambre y de frío y con qué autoridad uno que tiene todo, estos políticos que tienen todo, le van a hablar a alguien que le duele la panza de hambre, que no tiene dónde dormir, que caga en el patio. Porque así se vive".

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