07.10.2019 

Capítulo 6: El cantor de Buenos Aires

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

Y llegó el gran día para Victoria. Ese miércoles, a las 21:15 horas, el "as" de la canción porteña se presentaba por segunda vez en Olavarría y ella sería una de las privilegiadas que lo vería cantar en el Cine Teatro-París. El vestido nuevo, los zapatos de tacón alto y la melena suelta que enmarcaba su rostro juvenil. Todo estaba listo para esa gran noche. Fiel a la coquetería de la época, se había puesto un poco de colorete en las mejillas y carmín en los labios. El plan era sencillo. Mientras Corina procuraba que sus tíos no se movieran del salón, ella saldría por el patio trasero y se escabulliría hasta la vereda en donde la aguardaban sus amigas. Se puso un abrigo largo con cuello de armiño encima del vestido y una boina adornada con florcitas de organdí. Apenas salió a la calle, las luces de un auto estacionado a unos metros de distancia la encandilaron. Con la elegancia que la caracterizaba y el alma encendida por la emoción, se alejó de la casa a toda prisa. Iba mirando el suelo para no tropezarse, cuando un hombre le salió al paso.

-Perdón, no quise asustarla. -Lautaro apenas podía creer que la dichosa amiga de Estelita, la que se moría de ganas de conocer a Gardel, fuese la misma que él había visto entrar a la biblioteca. La misma que lo había encandilado con su belleza.

-¡Lautaro! ¡Vamos a llegar tarde! -La voz chillona de su hermana quebró el hechizo. Porque esa fría y húmeda noche de otoño, él, Lautaro Madariaga, tarambana por naturaleza, pero también por vocación, había sido hechizado por una mujer.

Victoria saludó a Estelita agitando la mano mientras miraba de reojo al joven que seguía a su lado con cara de embobado.

-Soy Victoria Insaurralde.

"Victoria" Hasta el nombre es bonito, pensó.

-Lautaro Madariaga, a sus pies -respondió, curvando los labios en una sonrisa. Cuando quiso acompañarla hasta el auto con la intención de aprovechar un poco más su cercanía, ella se le adelantó y se subió en la parte trasera del Ford A en donde la esperaba su amiga Dorita. Sin perder tiempo, él también entró y le lanzó una mirada fugaz por encima del hombro antes de arrancar. ¡La desilusión que se llevó porque ella ni siquiera le prestó atención!

El viaje fue corto ya que la casa de los Insaurralde estaba a tan solo cuatro cuadras de la calle General Paz. Lautaro consiguió estacionarse justo enfrente de la Confitería París. Un desfile incesante de automóviles se movía alrededor de la plaza central. Sin dudas, la llegada del Zorzal a Olavarría era un evento que nadie, o casi nadie, se quería perder.

Apenas las tres muchachas cruzaron la calle, Lautaro las perdió de vista. Se mezcló con la multitud que se iba agolpando en la entrada del Cine-Teatro París para reencontrarse con ellas. Le había pedido a Estelita que lo esperara, pero su hermana, para variar, había hecho su santa voluntad. Distinguió su sombrero de plumas azules al final del pasillo y hacia allí se dirigió.

-Será mejor que entremos para ir ubicándonos -sugirió, parándose al lado de Victoria. Respiró hondo para embriagarse con su perfume. No le hacía caso, sin embargo, no podía apartar sus ojos de ella.

Estelita negó con la cabeza.

-Primero vamos a conocer a Gardel -dijo, muy segura de sí misma.

-¿Y si por andar buscándolo nos perdemos los mejores lugares? -terció Dorita, preocupada.

-Tu amiga tiene razón, Estelita.

La joven hizo caso omiso al comentario de su hermano y enfiló hacia el sector en donde se encontraban los camarines. Victoria, Dorita y Lautaro la vieron hablar con un hombre de bigotes que tenía cara de pocos amigos y unos cuantos segundos después, se giró sobre sus talones, toda sonriente, para hacerles señas de que se acercaran.

Lautaro caminaba justo detrás de Victoria, deleitándose con el delicado vaivén de su andar y esos bucles color azabache que se escapaban de la boina, asomándose por encima del cuello de piel de armiño de su abrigo. Carraspeó nervioso cuando se topó con los ojos inquisidores de Dorita. Lo había sorprendido contemplando a su amiga y era demasiado tarde para disimularlo. Por suerte, la oportuna intervención de Estelita que arrastró a las muchachas a través del pasillo del París, evitó que lo viera sonrojarse. Cuando trató de alcanzarlas, se le habían escapado otra vez. El mismo tipo que había estado hablando con su hermana, le impidió seguir.

-Usted no está autorizado a pasar, caballero -le dijo, poniéndole la mano en el hombro, dándole un leve empujón.

-¡Mi hermana y sus amigas acaban de hacerlo! -protestó.

El sujeto sonrió burlón. Era evidente que no le había creído.

-Soy Lautaro Madariaga y una de esas muchachas se llama Estelita. Es mi hermana menor -le explicó.

-Lo lamento, pero no puedo dejarlo pasar. -Se cruzó de brazos y ya no lo volvió a mirar.

Lautaro no tuvo más remedio que alejarse y esperar a que volvieran.

*

Victoria fue incapaz de moverse. ¡Habían logrado llegar hasta el camarín del mismísimo Gardel y sentía que le costaba respirar con normalidad! Tan solo una puerta con su nombre escrito en un papel la separaba de su ídolo. Estelita, la más osada, fue la primera en reaccionar.

-¡Ya estamos acá! -Tomó a Victoria del brazo y la sacudió para espabilarla-. ¡Por fin, Victoria! ¡Vamos a conocer al Zorzal Criollo!

Escucharon risas que provenían del camarín y los acordes de una guitarra. Se quedaron en silencio, como si estuviesen esperando que Gardel las viniese a buscar. Las tres se miraron ansiosas cuando la voz del gran Carlitos comenzó a entonar las primeras estrofas de "Adiós, muchachos"

Tan absortas estaban oyéndolo cantar que ni cuenta se dieron de que uno de los músicos de Gardel, Horacio Pettorossi, alias El Marqués, se encontraba parado detrás de ellas.

-Buenas noches, señoritas. ¿Perdieron algo?

Las tres, asustadas, se dieron vuelta de un sopetón.

-Queríamos ver a Gardel. Victoria es su admiradora número uno -dijo Estelita, señalando a su amiga con el dedo.

Pettorossi sonrió. Se inclinó hacia delante, abrió la puerta y gritó.

-¡Che, Carlitos, te buscan!

*Los capítulos anteriores de esta atrapante novela los podés leer acá