02.11.2019 

Capítulo 8: Madreselva

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

La segunda actuación de Gardel en Olavarría fue todo un éxito. Esa fría noche de mayo, a sala llena, el Zorzal Criollo y sus músicos brindaron un espectáculo que nadie olvidaría jamás. Mucho menos Victoria y sus dos amigas. Apenas la gente empezó a retirarse, ellas se fueron arrimando a la confitería lindera en donde tenían una cita con el artista. Lautaro, quien por nada del mundo quería perderse la oportunidad de estar cerca de Victoria, se ofreció a escoltarlas con la excusa de "velar por el buen nombre de su familia" Según sus propias palabras, "don Cosme jamás lo perdonaría si dejaba a su hija menor en aquel lugar siendo la hora que era" Con semejante argumento, ninguna de las tres muchachas se pudo negar a que las acompañase.

La Confitería París, estrechamente conectada con el cine-teatro, era el punto de reunión de mucha gente que gustaba de trasnochar. Después de que corriera el rumor de que Gardel pasaría por allí tras la función, el lugar estaba más lleno que de costumbre. Lautaro vio una mesa vacía y se acercaron antes de que alguien les ganase de mano. Estelita ocupó su sitio sin darle tiempo a su hermano de apartar la silla para ella. Dorita, quien lo miraba con disimulo, se quedó de pie, esperando. Cuando él le hizo señas a Victoria de que se sentara, corriendo la silla como todo un caballero, Dorita perdió las esperanzas. Era evidente que el muchacho solo tenía ojos para su amiga.

Lautaro llamó la atención de uno de los mozos y pidió licor de anís para los cuatro. Mientras ellas comentaban lo guapo que estaba Carlitos esa noche, él echó un vistazo al lugar. Cerca de la barra, un hombre y una mujer conversaban animadamente. Se dio cuenta de que era Felipe Santibáñez, el dueño de La Nuit. No conocía a su acompañante, aunque por su aspecto, imaginó que sería una de las muchachas del cabaret. El asesinato de Rosa Cardozo había puesto el nombre de su local nocturno en la portada de los diarios. Él mismo visitó el lugar para indagar sobre la víctima, pero se había tenido que marchar con las manos vacías. Nadie quería hablar sobre lo sucedido y sus amigas tenían miedo de que algo les pasara si soltaban la lengua. Seguramente el mismo Santibáñez les había prohibido darle información a la prensa para no tener problemas con la policía. Esa noche podía aprovechar para intentar sonsacarles algún dato que luego incluiría en la nota que estaba preparando para El Popular. Le basto desviar la mirada y toparse con el delicado perfil de Victoria Insaurralde para renunciar a su propósito. Quería entablar una conversación con ella, pero se le resistía. La que buscaba cualquier excusa para hablar con él era su amiga Dorita. Para no parecer descortés, respondía con monosílabos, fingiendo que le interesaba oírla cuando en realidad solo tenía ojos para Victoria. Cuando Gardel finalmente apareció en la confitería, Lautaro se volvió nuevamente invisible. El cantor pidió que juntaran unas mesas y las saludó con una amplia sonrisa cuando pasó delante de la suya. Sin que nadie les dijese nada, ellas también se sumaron a la propuesta de Gardel. Lautaro, por supuesto, se limitó a secundar una vez más las ocurrencias de su hermana.

El Zorzal no se había olvidado de su promesa. Apenas vio a Victoria la presentó a los demás y la invitó a deleitar a los parroquianos con esa voz de ángel que tanto había ponderado su amiga. Roja como un tomate, pero con el coraje que le deba esa pasión que sentía por la música y que llevaba en la sangre, se aclaró la garganta y empezó a entonar uno de sus tangos favoritos: Madreselva. Todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo para escucharla cantar. Victoria había conseguido hechizarlos con la dulzura de su voz y la calidez de su interpretación. Cuando la canción terminó y la aplaudieron a rabiar, se le llenaron los ojos de lágrimas. No solo había cautivado a Gardel, cada uno de los allí presentes también se emocionaron al escucharla.

-¡Felicitaciones, pebeta! ¡Tu amiga tenía razón! -exclamó Gardel volviendo a aplaudirla. -No solo sos linda, también cantás con el corazón. ¿Sabés a quien me hacés acordar?

Victoria negó con la cabeza.

-A mi querida Azucena Maizani. Ella me contó un día que, allá en el Abasto, cuando era una purreta de quince años, escuchaba mis tangos en un gramófono que había en el patio de su casa. Nos hicimos grandes amigos con la morocha -dijo, embargado por la melancolía.

Victoria tuvo ganas de echarse a llorar, pero se contuvo. Ella, que se veía obligada a esconder su amor por el tango para evitar problemas con sus tíos, había tenido el privilegio de cantar delante de Gardel y ser comparada, nada más y nada menos, que con la Maizani. En ese preciso momento era tan feliz que, si se hubiese atrevido, le habría dado un beso a Carlitos delante de todos. Esa noche fue su prueba de fuego y la había superado con creces. Estaba eufórica, llorando de alegría. Se abrazó con sus amigas y cuando vio a Lautaro, le dedicó una sonrisa. Ese repentino gesto de complicidad no solo le arrancó al muchacho un suspiro, también le dio el impulso suficiente para sumarse a la celebración. Pero un hombre se interpuso en su camino. Se quedó viendo cómo Felipe Santibáñez, el propietario de La Nuit, se aproximaba a Victoria para felicitarla.

-Es usted muy talentosa, señorita Insaurralde.

-Gracias. -Victoria extendió el brazo para corresponder a su saludo.

-Permítame presentarme. Soy Felipe Santibáñez y me tomé el atrevimiento de venir a hablarle porque tengo una propuesta para usted. Quisiera que cante en mi club nocturno. -Sacó una tarjeta del bolsillo de su saco y se la entregó-. Si está interesada, la espero mañana a las nueve de la noche.

Las tres jóvenes intercambiaron miradas.

-Es una gran oportunidad, Victoria -le susurró Estelita al oído.

-Tendrías que pensarlo bien -alegó Dorita con cierto recelo.

Victoria leyó la tarjeta. La Nuit... El nombre del club le resultó conocido. ¿Dónde lo había visto antes?