02.11.2019 

Capítulo 10: Me quedé mirándola

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

Al comisario Peralta le bastó cruzar su mirada con la de la misteriosa muchacha para descubrir que, a partir de esa noche, su vida ya no volvería a ser la misma. No supo cuánto tiempo permaneció allí, de pie en un rincón de la confitería, observándola en silencio hasta que ella por fin le devolvió la mirada. Quería acercarse y acortar esa distancia que los separaba, sin embargo, el último vestigio de cordura que aún conservaba se lo impedía. Aunque su increíble parecido con Alcira lo había deslumbrado, no podía cometer la locura de buscarla. ¿Qué le diría apenas la tuviese frente a él? "Hola, me llamo Martín y sos idéntica a mi prometida muerta" Más le daba vueltas al asunto y más absurdo le parecía. Aun así, ese cosquilleo en la sangre que le había provocado al verla tampoco le permitía darse media vuelta, irse del lugar y olvidarse de lo que había sucedido. ¿Cómo hacerlo después de esa inexplicable conexión que lo sacudió de pies a cabeza cuando sus miradas se encontraron? Además, no podía pasar por alto un molesto detalle: iba acompañada por Lautaro Madariaga. ¿Y si era su novia? Ni siquiera podía pensar en esa posibilidad. Estuvo a punto de derribar cualquier prejuicio y acercarse con alguna excusa tonta pero valedera que le diese la oportunidad de intercambiar un par de palabras con ella. Quizá si dejaba los escrúpulos de lado, lograse averiguar quién era y qué tipo de relación la unía al insoportable de Madariaga. Pero justo en ese momento, el periodista se aproximó a la joven, ganándole de mano. Se maldijo a sí mismo por no haber sabido aprovechar la ocasión. "Ahora es demasiado tarde para lamentarse, Peralta" farfulló entre dientes mientras observaba como Madariaga abandonaba las instalaciones de la confitería París escoltando a las tres mujeres que lo acompañaban. Salió inmediatamente detrás de ellos solo para saber si se iban juntos o se despedían en la vereda. Le causó un mal sabor de boca comprobar que se subía a su auto. Cruzó la plaza a toda prisa y se metió en el Chevrolet. Lo puso en marcha y sin siquiera pensarlo, los siguió. Así, descubrió que esa joven que lo había intrigado tanto, vivía en una casona elegante en la calle Sargento Cabral justo al lado de Meliton & Forte Muebles. Esperó hasta que el Ford A de Madariaga se alejara y, esta vez, el impulso terminó venciendo a la razón. Se bajó del auto y corrió hacia ella antes de que volviera a desaparecer.

-¡Señorita, espere! -le gritó, haciéndole señas con la mano.

Vio que aminoraba la marcha para mirarlo por encima de su hombro. Creyó que por fin se detendría; sin embargo, ella salió huyendo y se metió en su casa a través de una puerta lateral.

Peralta se quedó allí durante unos minutos, con la débil esperanza de verla regresar. Solo cuando el frío comenzó a calarle los huesos, se obligó a sí mismo a marcharse. No había conseguido hablar con ella y preguntarle quién era, pero al menos ahora sabía dónde encontrarla.



*



-¡Es increíble que no lo hayas notado, Victoria! -exclamó Dorita mientras se ponía en puntas de pie para tratar de alcanzar el libro de Borges que acababa de pedirle uno de los socios de la biblioteca.

Victoria, de espaldas a ella, acomodaba un grueso ejemplar de Historia Argentina en la parte inferior de la estantería.

-No dejó de observarte en toda la noche -insistió Dorita, bajando la voz para evitar que alguien oyera la conversación.

-¿De quién hablás? -preguntó Victoria, intrigada, llevándose las manos a la cintura.

-De Lautaro, el hermano de Estelita. Es bastante obvio que le gustás. Se desvivía por una mirada tuya, pero vos ni caso le hiciste.

Victoria percibió cierto reproche en sus palabras. ¿Lautaro Madariaga? Apenas había reparado en él a no ser para darle las gracias por acompañarlas al Cine-Teatro París o por sus cálidas palabras de felicitación después de cantar a pedido de Gardel.

-No me di cuenta, Dorita -respondió sinceramente-. Parece que vos sí estabas pendiente de él. -Escudriñó la reacción de su amiga. Comprendió entonces la razón de su comportamiento-. ¡Por Dios, Dorita! ¡Estás celosa! ¡Te gusta el hermano de Estelita!

Dorita oteó por encima de su hombro y comprobó que el socio que estaba esperando su libro la había oído. Las mejillas se le tiñeron de un rojo escarlata y un intenso ardor se instaló en sus orejas. ¿Acaso era tan obvia? ¿Se habría dado cuenta el muchacho de que le interesaba? Por la manera en la cual había estado mirando a Victoria durante toda la noche, dudaba que se hubiese percatado de su existencia. No podía enojarse con su amiga; después de todo, Victoria no tenía la culpa de que Lautaro hubiese puesto sus ojos en ella.

-Podés quedarte tranquila, Dorita -le aseguró al tiempo que le daba una palmada en el hombro-. Jamás me fijaría en alguien como Lautaro Madariaga. Adoro a su hermana, pero él me pareció algo pedante... -Estuvo a punto de decir algo más, pero se mordió el labio antes de continuar.

-¿Por qué te quedaste callada de repente? -Dorita entregó por fin el libro que habían venido a buscar y apenas se quedaron a solas, cerró la puerta y le lanzó una mirada inquisidora-. Has venido muy misteriosa esta mañana. Vas cada rato a espiar por la ventana como si esperaras a alguien. ¿Vas a contarme qué pasa?

Victoria se sentó y comenzó a tamborilear los dedos en la gran mesa que ocupaba el recinto central de la Biblioteca Popular de Olavarría.

Ante el prolongado silencio de su amiga, Dorita volvió a preguntarle qué ocurría.

-Anoche, en la confitería París había un hombre...

-¿El tal Santibáñez? ¿Estás dudando en aceptar su propuesta?

Victoria negó con la cabeza.

-No me refiero a él, sino a un hombre que tuvo el poder de inquietarme con solo una mirada. Un completo desconocido que provocó que toda mi piel se erizara. -Ahogó un suspiro al recordar esos ojos claros-. No sé quién era ni por qué me siguió hasta mi casa... Seguramente debo estar loca, Dorita... porque, aunque al principio sentí temor, ahora me muero de ganas de volver a verlo.