11.11.2019 

Capítulo 12: Melenita de oro

Victoria esperaba no arrepentirse de su decisión. Después de que le resultase familiar el nombre del club nocturno del tal Felipe Santibáñez, había descubierto casi por casualidad al hojear las páginas del diario El Popular, que la joven asesinada unos días atrás trabajaba como alternadora en ese lugar. Seguí leyendo

Victoria esperaba no arrepentirse de su decisión. Después de que le resultase familiar el nombre del club nocturno del tal Felipe Santibáñez, había descubierto casi por casualidad al hojear las páginas del diario El Popular, que la joven asesinada unos días atrás trabajaba como alternadora en ese lugar. Había dudado en aceptar la oferta para cantar precisamente allí después de saberlo, sin embargo, ese ferviente anhelo de cumplir su sueño de cantar había pesado más a la hora de tomar una determinación. Su mayor miedo radicaba en la posibilidad de que sus tíos se enterasen. No quería imaginarse lo que dirían si encima de que iba a cantar a escondidas, lo hacía en un cabaret. Comprendió desde ese mismo momento que jamás pondría el apellido de su familia en boca de todos. Por esa razón, y con la complicidad de sus amigas y de la fiel Corina, lo haría bajo otra identidad. Si al señor Santibáñez no estaba de acuerdo, recibiría un no como respuesta. Se sentó frente a la cómoda para comenzar con su transformación. Corina le había conseguido una de las pelucas que guardaba su tía en el sótano y aunque la imagen que le devolvía el espejo le resultase extraña, sonrió al pensar que el rubio platinado no le sentaba tan mal. Para mantener la farsa, al menos durante esa primera noche, les había dicho a sus tíos que no se encontraba bien y que prefería irse a dormir temprano. Otra vez, con la ayuda de la mucama, lograría escaparse de la casa por la puerta que daba al patio. Estelita y Dorita la iban a esperar en la esquina para irse caminando hasta el club nocturno ubicado en la calle Necochea, a unas pocas cuadras de distancia. Dio un respingo cuando oyó que alguien se acercaba por el pasillo. Alcanzó a quitarse la peluca y esconderla en uno de los cajones de la cómoda justo antes de que su tía Bárbara ingresara a la habitación.

-Querida, ¿cómo te sentís? -le preguntó, barriendo el lugar con suma atención, como si estuviese buscando algo.

Victoria tragó saliva. ¡No podía haberla descubierto!

-Un poco mejor, tía. Le pedí a Corina que me preparase un té con limón y unas hojitas de cedrón para ver si este malestar en el estómago se me pasa. -Para dar más énfasis a sus palabras, se tocó el vientre por encima del camisón.

-Deberías quedarte en casa mañana. Si querés yo misma puedo llamar a la biblioteca para avisarles que no irás.

-Gracias, tía. Espero sentirme mejor por la mañana.

Doña Bárbara le sonrió.

-Está bien, Victoria. Pensé que te vendría bien un poco de descanso. Si no te levantás de buen semblante, tendrás que guardar reposo. Llamaremos al doctor Arroyo para que venga a verte. Con la salud no se juega, querida.

Victoria asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer? La mentira que había fraguado para poder escaparse no le permitía negarse. A la mañana siguiente amanecería milagrosamente curada y alabando el té con limón y cedrón de su querida Corina.

Soltó un resuello de alivio cuando por fin su tía se marchó. Fue hasta el ropero y, antes de buscar el vestido que usaría esa noche, miró por encima de su hombro para asegurarse de que doña Bárbara había cerrado bien la puerta. La decisión de elegir cuál ponerse le resultó más difícil que tomar la determinación de aceptar el ofrecimiento de Felipe Santibáñez para cantar en su cabaret. Entre el vestido largo de seda color negro con brillos que nunca había tenido la ocasión de estrenar y el azul Francia con falda acampanada que le sentaba como un guante, la elección le llevó varios minutos. Después de desfilar con ambos por la habitación, optó por debutar como cantante de tango con el negro. Al ponérselo, quedó satisfecha con la imagen que le devolvió el espejo. Sacó la peluca de su escondite improvisado y tras sujetarse el cabello en un rodete tirante, se la colocó de adelante hacia atrás hasta que sintió que no se movía. Estaba pintándose los labios de un rojo intenso cuando Corina ingresó a la habitación con sumo sigilo.

-Su tía se quedó muy preocupada, señorita -le dijo mientras dejaba la bandeja con el té para su supuesto malestar encima de la mesita de noche.

Victoria la miró.

-Lo sé. Vino a verme recién e insistió en que mañana no vaya a trabajar si me sigo sintiendo mal. Incluso mencionó la posibilidad de llamar al doctor.

-Sus mentiras nos van a meter en serios problemas -adujo la mucama. Había cierto reproche en sus palabras, sin embargo, jamás le negaría nada.

-Esta situación no va a durar para siempre, Corina -le aseguró con una sonrisa pintada de rojo carmín-. Cuando reúna el valor suficiente para hacerlo, me sentaré y hablaré con ellos. Tienen que comprender que el canto es mi vocación. Además, aunque viva bajo su techo y les esté eternamente agradecida por haberme cobijado en su casa cuando llegué a la Argentina, ya soy mayor de edad y puedo tomar mis propias decisiones sin pedirles permiso.

Corina no le dijo nada. Por un lado, la muchacha tenía razón. Nadie podía impedir que ella cumpliese sus sueños. Igualmente, sabía que cuando ese momento llegase, su tía iba a poner el grito en el cielo. Con don Armando, quizá, fuera más sencillo. Por lo pronto, ella continuaría solapando sus escapadas nocturnas hasta que la verdad saliera a la luz.

-¿Ha pensado ya en un nombre? -le preguntó, cambiando la expresión seria de su rostro por una más comprensiva. -Todos los artistas suelen tener... -Arrugó el entrecejo-. ¿Cómo se llama?

-Un seudónimo o un nombre artístico -respondió Victoria, pensativa.

-Si lo que busca es ocultar su verdadera identidad, deberá buscarse uno.

-Lo sé. No se me ocurre ninguno por ahora. Les preguntaré a las chicas. Seguro que ellas encuentran el indicado.

Corina vació la taza de té en una maceta y salió de la habitación para cumplir con su parte: desviar la atención de sus patrones para que ella pudiera salir sin ser vista.

Victoria adornó su cuello con un collar de perlas blancas. Era un regalo de su madre y sabía que le traería suerte en esa noche tan especial. Se puso un abrigo, y tras mirarse una vez más en el espejo, se marchó.