22.12.2019 

Capitulo 18: Mala entraña

Ese sábado, Lautaro llegó a las instalaciones del diario más temprano de lo habitual. El edificio en donde funcionaba El Popular desde el mes de enero de 1917, era un amplio local ubicado en la intersección de las calles Belgrano y Alsina. Seguí leyendo

La noche anterior no había pegado ojo y el culpable de su insomnio tenía nombre, apellido y cargo jerárquico: comisario Martín Peralta. Después de verlo al lado de Victoria, quién sabe con qué intención, había elucubrado varias teorías y todas lo dejaron intranquilo. Peralta era un pedante y, además, un inepto que no había logrado resolver el caso policial más importante de su vida ya que el asesino de Alcira Grimaldi, su prometida, seguía en libertad. Se valdría una vez más de sus incisivas palabras para atacarlo, escudándose en el artículo que pensaba publicar en la edición dominical de El Popular. Movido por la rabia, pero también por los celos, estaba dispuesto a dejar al comisario en ridículo para hacerle pagar la afrenta de haberse llevado a Victoria delante de sus narices. Saludó a sus compañeros y ocupó su lugar. Tenía su escritorio en un rincón de la redacción, un poco apartado del resto, pero desde allí, podía ver quién entraba y salía. En la planta baja, se encontraba la oficina de Francisco Pagalday, director del diario desde hacía ocho años. El hombre que le había dado la oportunidad de hacer lo que más le gustaba. Contaba con su respeto y agradecimiento, sobre todo, porque jamás le había cuestionado que usara las páginas de El Popular para enfrentarse, nada más y nada menos que al comisario Peralta. Le dio una pitada al cigarro y lo dejó reposar en el cenicero. Abrió su cuaderno de notas, el mismo en el cual había estado trabajando durante los últimos días y resolvió hacerle unos retoques. Estaba enfrascado en la lectura cuando Julio Pagano, cronista de espectáculos y sociales se acercó a su mesa con una sonrisa en los labios.

-Me dijo un pajarito que anoche debutó una beldad en el cabaret de Santibáñez. ¿Sabés de quién se trata? Como andás detrás de ese tipo por lo del asesinato de una de sus muchachas, pensé que me podrías dar una mano.

Lautaro lo fulminó con la mirada.

-Voy a verla esta noche para comprobar si es verdad todo lo que oí -continuó el joven actor devenido en periodista, haciendo caso omiso a la cara de perro rabioso que tenía Lautaro en ese momento-. Después de la presentación de Gardel en el Cine-Teatro París, estoy seguro de que la noticia será bien recibida. ¿Qué me podés contar, Madariaga?

-¡No pretenderás que yo haga tu trabajo! -replicó. Estaba molesto, pero se estaba desquitando con la persona equivocada.

Pagano lo pensó dos veces antes de volver a abrir la boca.

-Si aparecés esta noche en el cabaret, te aseguro que vas a ver con tus propios ojos que todo lo que te pudieron haber dicho sobre... sobre Gardelia, es cierto. -Había estado a punto de nombrarla y él más que nadie quería mantener su verdadera identidad en el anonimato.

Pagano entendió que esa era su manera de disculparse por su exabrupto y le dio las gracias antes de volver a su escritorio.

Lautaro se concentró en el texto que tenía delante de él. No había obtenido mucha información sobre Rosa Cardozo, apenas unos pocos detalles sonsacados a algunas de sus compañeras de La Nuit. La víctima provenía del interior del país y no tendría la chance de hablar con la familia. Tan solo contaba con la gente de su entorno laboral y sabía que la única manera de encontrar la punta del ovillo era volver al cabaret e insistir con sus preguntas. Alguien en ese lugar escondía información, estaba totalmente convencido de ello. Le dio una última calada al cigarro y colocó sus dedos, ávidos de escribir, en las teclas de su moderna máquina Remington.

Peralta iba a saber lo que era bueno.

*

Victoria se quedó remoloneando hasta que el reloj de su habitación dio las nueve. Seguramente sus tíos estarían preguntándose por qué no se había levantado todavía. Cuando recordó que el día anterior le había mentido a su tía sobre un supuesto malestar estomacal, saltó de la cama antes de que a doña Bárbara se le ocurriese llamar al doctor Arroyo. Se dirigió hacia la ventana y abrió las cortinas de par en par. Un cielo plomizo se cernía sobre la ciudad de Olavarría, presagiando tormenta. Respiró hondo, pegando el rostro contra el cristal de la ventana. Estaba helado, pero no le importó. Era tanta la dicha y la euforia que aún sentía en el cuerpo que no entendía como había sido capaz de dormir la noche anterior. Entre su exitoso debut como Gardelia, el aplauso del público y el misterioso encuentro con el comisario Peralta durante el intervalo de su actuación, estaba flotando en una nube. A la salida del cabaret, había conseguido eludir con éxito el interrogatorio al cual la habían sometido sus amigas tras ese inesperado episodio con la autoridad policial. La presencia de Lautaro, quien parecía ser el más interesado en saber, la había cohibido a la hora de responder las preguntas de Dorita o retrucar los comentarios de Estelita. Les contaría todo con lujos de detalles esa noche, cuando volvieran a verse para su segunda presentación en La Nuit. Lo que la contrariaba era el hecho de que su hermano iría con ellas. Sin consultárselo siquiera, Estelita se lo había impuesto como su chofer particular y le resultaba incómodo tenerlo cerca, sobre todo, porque esperaba reencontrarse con el comisario Peralta.

Cuando Corina entró en la habitación y la vio parada junto a la ventana, con la mirada perdida en un punto imaginario, supo que algo le preocupaba.

-Buenos días, señorita. ¿Cómo amaneció hoy?

Victoria se dio media vuelta, caminó hacia ella y la sorprendió con un efusivo abrazo.

-¡Estoy feliz, Corina!

La mucama se apartó y frunció el ceño.

-La conozco mejor que nadie, señorita. Ese brillo en sus ojos no es solo por haber cumplido su sueño de cantar, ¿me equivoco?

Victoria, ansiosa de poder desahogarse con alguien por fin, le habló del comisario Martín Peralta.