05.01.2020 

Capítulo 20: Misterio

Un nuevo capítulo de la novela en entrega de Andrea Milano.

Bajo un torrencial aguacero que había dejado anegada a buena parte de la ciudad, el comisario Martín Peralta se presentó en La Nuit para interrogar a su dueño de una vez por todas. Sentía que Felipe Santibáñez lo estaba evitando y quería indagar el por qué. Llegó al cabaret veinte minutos más tarde de lo acordado por causa del temporal y tras deshacerse de la gabardina y el sombrero, totalmente empapados, uno de los empleados que se encargaba de custodiar el ingreso al local por las noches, lo condujo hasta el despacho de su jefe. Al entrar, el lugar estaba vacío.

-El patrón vendrá enseguida -le comunicó el guardia antes de cerrar la puerta.

Peralta observó el escritorio con sumo interés. Junto al teléfono, había un cenicero con el logotipo de una reconocida bebida alcohólica. Tenía un portarretrato con la imagen de una mujer mayor, un par de costosas plumas estilográficas y una carpeta de cuero con algunos papeles asomándose por la parte superior. Se inclinó un poco hacia delante y comprobó que se trataban de recibos de compra. Rodeó el mueble y cuando intentó averiguar qué había en el interior de los cajones, descubrió que estaban cerrados. Barrió el escritorio en buscando la llave, pero la voz de Santibáñez hablando desde el pasillo, se lo impidió. Alcanzó a pararse del otro lado antes de que la puerta del despacho se abriera.

-¡Vaya, comisario! No esperaba que apareciera por acá con la que está cayendo -fue lo primero que dijo Felipe Santibáñez apenas lo vio. Le tendió la mano mientras se esforzaba en sonreír-. Buenos días. ¿No le han ofrecido nada para beber? -Miró por encima de su hombro y le hizo señas a una de las muchachas que se encargaban de la limpieza-. Dos cafés bien cargados, por favor.

-Santibáñez, no es necesario...

-Insisto, comisario. Ha venido a verme a pesar del mal tiempo. Seguramente se ha empapado y el frío que hace no es moco de pavo. -Se tomó la osadía de darle una palmada en el hombro-. Acepte un café bien caliente, le sentará de mil maravillas.

Peralta no tenía argumentos para rechazar su oferta. El agua helada le había calado los huesos y le vendría muy bien entrar en calor.

-Tiene razón. Que sea negro y sin azúcar por favor.

Santibáñez le dio las indicaciones a la mujer de la limpieza y cerró la puerta. Antes de ocupar su butaca, sacó un puro del bolsillo del saco y lo encendió.

-No le ofrezco uno porque es el último -dijo, a modo de excusa mientras se sentaba al otro lado del escritorio.

-No se preocupe, con el café es suficiente. -Se retocó el cabello con los dedos y arremetió con la primera pregunta-. ¿Desde cuándo conocía a la señorita Rosa Cardozo?

Santibáñez le dio una calada al puro antes de responder.

-Rosa llegó a la ciudad hace poco más de un año. Una prima suya había trabajado en el cabaret, pero nos dejó para casarse. Le escribió y le habló del negocio. La muchacha decidió venir a probar suerte y la contraté enseguida. Su prima hablaba maravillas de ella.

-¿Su prima? ¿Vive en la ciudad? -quiso saber Peralta, esperanzado con la posibilidad de poder hablar con alguien de su familia.

-Me temo que no, comisario. Después de la boda, regresó a su pueblo, el mismo de Rosa. -Percibió la frustración en el rostro de Peralta-. Todos aquí lamentamos mucho su muerte -agregó, suspirando hondo.

-Necesito saber cuáles fueron sus movimientos durante la noche del crimen.

Felipe Santibáñez golpeó el puro en el cenicero, dejando caer algunas cenizas y se lo volvió a llevar a la boca. La empleada entró con el café y Peralta se lo bebió de un sorbo.

-Esa noche en particular no vine al cabaret.

-¿Por qué no?

-Era el cumpleaños de mi madre. -Giró el portarretrato que tenía sobre el escritorio-. Solemos celebrarlo en familia. Es la única ocasión en la cual nos reunimos todos los hermanos. Somos siete.

-¿Permaneció en el lugar toda la noche?

-Fui uno de los últimos en irse. -Entornó los párpados como si estuviese tratando de recordar-. Creo que dejé la casa de mi madre cerca de la medianoche. Tenía un viaje a Azul al día siguiente.

Peralta sabía que a Rosa Cardozo la habían asesinado aproximadamente a esa hora. Cuando le preguntó dónde vivía su madre, descubrió que su residencia estaba al otro lado de la ciudad. No era un detalle relevante ya que esa distancia entre la casa familiar y el sitio exacto en donde había aparecido el cuerpo de La Morocha se podía cubrir en tan solo unos pocos minutos en automóvil.

-¿Sabe si la muchacha tenía alguna amistad fuera del cabaret?

-Lo ignoro. Debería preguntarle eso a sus compañeras. Yo no era muy cercano a ella. Hablábamos poco y nada. Llegaba siempre a horario, cumplía con su trabajo y los clientes jamás presentaron una queja en su contra. Era, lo que se dice, una empleada ejemplar.

-Sus compañeras aseguran que el día de su muerte, Rosa Cardozo salió del cabaret en varias oportunidades. También que estaba algo contrariada últimamente. ¿Usted no notó nada? -inquirió. A pesar de la pena que decía sentir por lo sucedido, parecía que Santibáñez no hacía más que lavarse las manos. Quizá no tenía nada que ver con el crimen, pero lo primero que haría al salir de allí, sería comprobar su coartada.

-Le reitero que tenía poco trato con ella, comisario. Lamento no poder ayudarlo. -Mientras sonreía, hizo un gesto con la mano que Peralta interpretó como una sutil invitación a retirarse.

-Está bien. Por el momento, no lo molesto más. -Se levantó y salió del despacho despidiéndose con un seco "hasta pronto" Antes de alcanzar la puerta principal, oyó que alguien lo llamaba. Al voltearse, se topó con una de las alternadoras a la que había interrogado en su anterior visita.

-Comisario ¿me recuerda? Soy Tita.

Peralta asintió.

-¿Quería hablar conmigo?

-Le mentí -confesó-. Sí conocí a la señorita Grimaldi. Es más, recuerdo que frecuentaba el cabaret hace más de un año. Solía venir acompañada de un joven. Luego ya no la volví a ver.

¿Alcira en La Nuit y en compañía de un hombre?

Lo que acababa de descubrir dejó al comisario Peralta perplejo.