08.12.2019 

Capítulo 16: La reina del tango

Victoria estaba tan nerviosa que tenía miedo de hacer el ridículo en su primera noche como cantante de tangos. Aceptó la mano que le ofreció Felipe Santibáñez para subir los cuatro escalones que la separaban del escenario y le sonrió a la orquesta. Seguí leyendo

Aunque ya había hablado con ellos para ponerse de acuerdo sobre cuál sería el repertorio, su mayor temor era olvidarse la letra y quedarse en blanco en medio de alguno de los temas que habían seleccionado. Cuando se volteó y descubrió que de a poco el local se iba llenando de gente, sus nervios se hicieron más notorios. Pero sin dudas, lo que en verdad la inquietaba era la presencia del tal comisario Peralta. Estaba en una de las mesas del fondo, acompañado por el otro agente que había llegado con él, y a pesar de que las luces tenues del ambiente y el humo de los cigarros le impedía verlo con claridad, podía sentir la fuerza de su mirada sobre ella.

-¿Cómo se encuentra? -le preguntó Santibáñez al oído.

A Victoria le incomodó esa cercanía que se empeñaba en mantener desde que habían dejado su despacho. Respondió con una sonrisa y se apartó de él para tomar su lugar junto al micrófono de pie.

Santibáñez, visiblemente eufórico por su flamante adquisición, se paró a su lado y se dirigió hacia el público.

-Damas y caballeros, muy buenas noches. -Le pasó el brazo por la cintura a Victoria y ella no tuvo tiempo siquiera de reaccionar.

Ese gesto, osado para algunos, fuera de lugar para otros, provocó diversas reacciones entre los presentes. Estelita y Dorita abrieron la boca en un gesto de sorpresa. Lautaro se removió en la silla, aplacando el deseo que sentía de levantarse y ponerse en el medio de ambos para evitar que Santibáñez tocase a Victoria de esa manera. Mirna, presa de la rabia, maldijo la hora en la que esa estirada había aparecido en sus vidas. El comisario Peralta, por su parte, observaba la escena con suma atención. Las luces del escenario le permitían percibir lo incómoda que se encontraba la muchacha del París mientras Santibáñez le ponía la mano en la espalda. Un brillo de admiración se instaló en su fría mirada azulada cuando ella, con un movimiento brusco que no debió pasarle desapercibido a nadie, logró liberarse de su atrevido roce.

-Es un inmenso placer para mí presentarles a una de las voces más sensuales de la canción ciudadana, descubierta, nada más y nada menos, que por el gran Carlos Gardel. Esta noche, La Nuit, tiene el honor de acompañar y apadrinar el debut artístico de ella. -Volvió a acercarse a Victoria, le tomó la mano y le guiñó un ojo-. Los dejo con Gardelia... la reina del tango.

Una ovación generalizada acompañada de aplausos y algún que otro silbido fue la antesala para que Gardelia se apoderara del micrófono y dejara de lado cualquier temor para empezar a cautivar al público con las primeras estrofas de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, una de las obras maestras de Francisco Canaro que ella había aprendido, escuchándolo en la magistral voz de Ada Falcón.

<Yo no sé si es cariño el que siento,

yo no sé si será una pasión,

sólo sé que al no verte, una pena

va rondando por mi corazón...

Yo no sé qué me han hecho tus ojos

que al mirarme me matan de amor>

yo no sé qué me han hecho tus labios

que al besar mis labios, se olvida el dolor.

Tus ojos para mi

son luces de ilusión...>

Martín Peralta era plenamente consciente de que el cabaret estaba lleno de gente; que varios de los hombres sentados a su alrededor también se habían quedado extasiados con la dulce voz de la joven del París, que ahora se hacía llamar Gardelia. Sin embargo; y aunque fuese una locura, sintió que ella cantaba solo para él. Sus miradas se habían encontrado en más de una ocasión mientras sonaban los acordes de un tango que parecía haberse escrito especialmente para ellos. Al igual que su autor, Martín Peralta tampoco sabía qué le habían hecho esos ojos. Cuando la melodía llegó a su fin y el cabaret estalló en un caluroso aplauso, tuvo que reprimir el impulso de pasar en medio de toda esa gente para llevársela de allí. ¿Adónde? Lo ignoraba. Solo quería tener la posibilidad de hablar con ella antes de que la noche llegase a su fin. En ese momento, Lautaro Madariaga entró en su rango de visión cuando se aproximó al escenario con las dos muchachas que siempre lo acompañaban. ¡Al diablo con el maldito periodista! Él no iba a impedir que se acercara a Gardelia.

*

-¡Gardelia! ¡Me encanta! -exclamó Estelita felicitando a su amiga con un abrazo mientras la orquesta se tomaba un breve descanso-. ¡Jamás se me hubiese ocurrido!

Junto a ellas, al borde del escenario, Lautaro buscaba aproximarse a Victoria para al menos estrecharle la mano, pero su hermana, con esa habitual efusividad que lo apabullaba, le impedía cumplir con su objetivo.

-¿Cómo se te ocurrió? -preguntó Dorita, con un nudo en la garganta. Estaba emocionada de ver a su amiga alcanzar su máximo sueño.

Victoria tomó aire antes de responder y se apoyó en su hombro. Le temblaban las piernas de tanta felicidad.

-Fue muy fácil. Recordé lo que me dijo nuestro admirado Carlitos cuando canté para él, que le hacía recordar a Azucena Maizani. Como él es el artífice de que yo esté hoy acá esta noche, quise homenajearlo de algún modo. Hice una combinación con su apellido y el nombre de otra flor para rendirle tributo también a la Maizani...

-Gardenia... ¡Gardelia! -Estelita estaba gratamente sorprendida-. ¡Lo has elegido muy bien!

Sin poder evitarlo, Victoria desvió la mirada hacia el rincón en donde se encontraba el comisario. El corazón le dio un brinco en el pecho cuando lo vio acercarse al escenario.

-Buenas noches. -Saludó a las damas con una sonrisa y le dedicó al periodista una mirada gélida-. Quería felicitarla, señorita Gardelia. Ha sido una interpretación maravillosa.

Ella se quedó muda. Fue Lautaro quien tomó la palabra.

-Peralta, ¿qué anda haciendo por acá?

El comisario lo ignoró, envalentonado tomó a Victoria de la mano y la llevó a un rincón, dejando a todos con la boca abierta.