29.12.2019 

Capítulo 19: Secreto

-¿Quién podrá ser a esta hora? -Doña Bárbara curvó los labios en una mueca de fastidio cuando escuchó que alguien hacía sonar el timbre de la puerta principal con insistencia.Seguí leyendo

-Señorita Victoria, la buscan -anunció Corina sonriendo con cierto nerviosismo.

Victoria dejó la taza de café en el plato y se secó la boca con una servilleta. Estaba tratando de ganar tiempo porque tenía la sospecha de que sus amigas o al menos una de ellas se había aparecido a esas horas de la mañana para indagar sobre su conversación con el comisario Peralta.

-¿De quién se trata, Corina? -preguntó don Armando apartando por un segundo la vista de la sección de política del diario El Popular.

-Es la señorita Madariaga, viene acompañada de su hermano.

Doña Bárbara y su esposo intercambiaron miradas. Aunque apenas conocían a la muchacha, sabían que provenía de una de las familias más destacadas de Olavarría.

-Que pasen, Corina -le indicó don Armando, adivinando lo que pasaba por la cabeza de su mujer en ese momento.

-Será mejor que los reciba en el salón -se apresuró a intervenir Victoria-. Ustedes terminen de desayunar y luego, si lo desean, pueden ir a saludarlos. -Se levantó con tanta prisa que casi voltea la silla. Se alistó la falda del vestido y salió del comedor con Corina pisándole los talones.

-Esa joven va a meter la pata -le advirtió la mucama-. Usted le dijo que sus tíos le habían dado permiso para cantar...

Victoria no necesitaba que se lo recordase. Esa era precisamente la razón de su inquietud. Debía hablar con Estelita y explicarle por qué le había mentido.

Cuando entró al salón, su amiga estaba hojeando uno de los tantos libros que su tío tenía en su biblioteca particular y Lautaro admiraba un cuadro que su tía había mandado a traer desde Buenos Aires.

-Buenos días. -Se acercó a Estelita y la abrazó-. ¡Qué sorpresa! No sabía que vendrían a verme. -Hola, Lautaro. ¿Cómo estás? -lo saludó apenas soltó a su hermana.

Ahora que te veo, mucho mejor pensó él.

-Hola, Victoria. Espero no haber sido inoportunos al aparecer en tu casa sin antes avisar -dijo en cambio.

-No se preocupen - respondió, restándole importancia al asunto. -Tomen asiento, por favor. Le diré a Corina que traiga café.

-No hace falta, Victoria. Ya hemos desayunado en la estancia. -Estelita se acomodó en el sofá, dejó la cartera encima de su regazo y se quitó los guantes. -La verdad es que después de lo que ocurrió anoche, me quedé muy intranquila.

A Victoria le pareció que la voz de su amiga retumbaba en las paredes del salón. Seguramente era el miedo que sentía de que sus tíos la oyeran y terminasen enterándose de toda la verdad.

-Por eso, esta mañana llamé al diario y le pedí a mi hermano que me buscara porque quería verte.

-Le dije que se avecinaba una tormenta, que el auto terminaría encajándose en el camino, pero no me escuchó -intervino Lautaro.

-Anoche no nos contaste nada y sabés lo insoportable que puedo llegar a ser cuando me dicen las cosas a medias y me dejan en ascuas -adujo Estelita ignorando el comentario de su hermano.

Victoria intentó esbozar una sonrisa. Lo sabía mejor que nadie. Miró a Lautaro. Él permanecía en silencio, como si hubiese ido hasta allí, arrastrado por la urgente necesidad de Estelita en saber lo que ocurría. Victoria ni siquiera podía llegar a imaginarse que Lautaro Madariaga estaba mucho más interesado que su amiga en conocer los detalles de la conversación que había sostenido con el comisario Peralta en el cabaret.

-Preferiría no hablar de ese asunto ahora -respondió, bajando la voz. Corina, como el mejor centinela, estaba junto a la puerta. Si sus tíos aparecían, Victoria contaba con poco tiempo de margen para explicarle a Estelita que ellos no estaban al tanto de sus salidas nocturnas.

-¿Por qué no? -insistió su amiga.

Victoria iba a esgrimir una excusa creíble cuando vio por el rabillo del ojo que Corina le hacía señas.

-Por favor, síganme la corriente -alcanzó a pedirles antes de que sus tíos ingresaran al salón.

Tras el intercambio de saludos y los comentarios sobre el clima, doña Bárbara aprovechó para preguntarles a los muchachos por su padre.

-No está en la ciudad -contestó Lautaro.

-El campo le demanda mucho tiempo -agregó Estelita-. Hay días en los que apenas lo vemos, ¿verdad, Lautaro?

Su hermano asintió.

-¿Y usted trabaja al lado de su padre?

Lautaro estaba acostumbrado a que la gente creyera que él seguiría los pasos de don Cosme Madariaga.

-Escribo para el diario. -También se había acostumbrado a que esa misma gente lo mirara con cara de asombro cuando respondía.

-¡Claro! ¡Vos sos el periodista de los casos policiales! -exclamó don Armando con cierta admiración-. He leído cada uno de tus artículos. Y ahora sigo muy de cerca el crimen de esa muchacha, la que trabajaba como alternadora en el cabaret. -Como si estuviese a punto de soltar una infidencia, se inclinó hacia él-. Es evidente que usted de ha encargado de remarcar la incompetencia de la policial local a la hora de resolver el caso. Sus comentarios son bastante incisivos. Supongo que eso lo ha llevado a tener algún que otro enfrentamiento con el comisario Peralta.

Victoria no podía creer el rumbo que había tomado la conversación. Estaban hablando del comisario, del crimen de Rosa Cardozo y del cabaret en donde ella acababa de empezar a cantar. Sentía que en cualquier momento, con alguna palabra de más que seguramente saldría de la boca de Estelita, su puesta en escena se vendría abajo. Tenía que hacer algo y tenía que hacerlo ya. Se cubrió la cara con la mano y respiró hondo.

-¿Qué ocurre, Victoria? -preguntó doña Bárbara.

-Otra vez el malestar de anoche, tía. -Miró de reojo a Estelita y a Lautaro-. Iré a acostarme. Anoche, con el té de yuyos que me dio Corina se me pasó y dormí como un ángel.

Estelita y Lautaro comprendieron entonces lo que ocurría. ¡Victoria se había escapado para cantar en el cabaret! ¡Por eso la peluca y la falsa identidad! Los tres se miraron con un gesto de complicidad. El secreto de Victoria estaba a salvo.