08.03.2020 "AL COMPÁS DEL CORAZÓN"

Capítulo 29: Me besó y se fue

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular. 

Por una ráfaga de segundo, Peralta sintió el impulso de darse media vuelta y marcharse antes de que Gardelia reparase en su presencia. Mientras la observaba bajarse del automóvil de Lautaro Madariaga podría haberlo hecho, sin embargo, fue incapaz de moverse. Esa noche, el deseo de volver a verla, terminó ganando la batalla. Por primera vez en mucho tiempo, el recio comisario Martín Peralta dejó que el corazón hablase más alto. Se aproximó a ella muy despacio con las manos metidas en los bolsillos de su gabán. Entre el sombrero de fieltro, cayendo hacia un lado y las sombras que la farola dibujaba sobre su silueta, su rostro apenas se distinguía.

-Buenas noches, Gardelia -la saludó, haciendo una leve inclinación con la cabeza-. Espero no haberla asustado como la otra vez.

Victoria, recuperándose de la sorpresa de verlo allí, logró esbozar una sonrisa. Se había puesto nerviosa y le costaba disimularlo.

-Buenas noches, Martín.

-Sé que no debí presentarme a esta hora, que la pongo en un aprieto al buscarla fuera de su casa... pero necesitaba hablar con usted.

Victoria notó que le temblaba la voz. En ese momento recordó lo que le había dicho Lautaro sobre la afición a la bebida del comisario. ¿Acaso estaba borracho? No lo parecía.

-Me extrañó no verlo hoy en el cabaret -le dijo, sin importarle ponerse en evidencia. Había sentido mucho su ausencia y no tenía caso negarlo.

Peralta respiró hondo y se quitó el sombrero. Al hacerlo, unos cuantos mechones de su cabello, siempre peinado a la gomina, cayeron sobre su frente. Victoria se quedó contemplando esos rizos oscuros que le conferían un aire distinto. A pesar de la eterna melancolía en sus ojos claros, ese aspecto descuidado lo hacía lucir más jovial. Se preguntó cuántos años tendría. Calculó que estaría cerca de los cuarenta. A ella, con sus veintitrés años recién cumplidos, le parecía un hombre muy atractivo. Se ruborizó por el rumbo que habían tomado sus pensamientos.

-Pensé que después de leer la nota de ese periodista amigo suyo ya no querría saber nada de mí.

-No leí la nota, aunque conozco su contenido -respondió con el ceño fruncido-. Lautaro no debió valerse de su trabajo para ir en contra suyo. Hizo muy mal en ensuciar su reputación como policía solo porque...

Peralta enarcó las cejas.

-¿Qué iba a decir?

-No me haga caso.

-¿Está enojada?

Victoria asintió.

-¿Con Madariaga?

Ella volvió asentir.

-¿Por qué, Gardelia? ¿Le molesta lo que ha dicho sobre mí? Usted apenas me conoce...

Victoria, la recatada bibliotecaria, se habría quedado callada. Gardelia, la audaz cantante de tangos quería decirle la verdad; que no soportaba que Lautaro hablase mal de él sencillamente porque estaba celoso de lo que podía haber entre ellos.

-No es justo lo que hizo con usted, Martín -respondió mirándolo directamente a los ojos, sin ninguna inhibición.

La manera dulce en la cual había pronunciado su nombre fue lo que provocó que Peralta se despojase de sus miedos y se acercara más a ella. El brillo intenso en su mirada bastó para que le rozara la mejilla con el dorso de la mano.

-Gardelia...

Victoria cerró los ojos y colocó su mano encima de la de él, acariciándola. No importaba que ese no fuese su nombre. Esa noche, mientras la luz de la farola dibujaba sombras sinuosas a su alrededor, solo eran un hombre y una mujer a punto de dejarse llevar por lo que sentían.

La boca de Martín se posó en los labios de Victoria con suavidad. Ella respondió con cierta timidez; pero poco a poco fue entregándose a esa cálida sensación que se iba apoderando de su cuerpo a medida que el beso ganaba en intensidad. Cuando los fuertes brazos de Martín la sujetaron de la cintura, ella le rodeó el cuello con los suyos.

Victoria se sentía flotar. Quería perpetuar ese momento para siempre en su corazón. Por eso, cuando él la apartó de repente, lo miró confusa

-¿Qué pasa? -¿Habría sido por su falta de experiencia? ¿Había hecho algo mal?

-Lo lamento, Gardelia. No debí aprovecharme de la situación y besarte en plena calle.

-¿No querías besarme?

Se habían tuteado sin darse cuenta.

-Moría de ganas de darte un beso desde el primer momento que te vi -le confesó, poniendo un poco de distancia entre los dos.

-Entonces ya era tiempo de que lo hicieras, ¿no te parece? -le sonrió con aire seductor. A pesar de que él se empeñaba en alejarse, seguía sin soltarle la mano.

-Seguramente no soy el mejor de los partidos, Gardelia. Lo que ocurrió con Alcira todavía me atormenta. -Necesitaba ser sincero con ella-. El asesinato de Rosa Cardozo ha reabierto viejas heridas que nunca lograron sanar. No voy a descansar hasta encontrar al responsable de sus muertes... porque cada vez estoy más convencido de que fueron ultimadas por la misma persona.

-Y yo dije que voy a ayudarte, Martín -le recordó.

-No es correcto que te involucres en la investigación. No sé dónde tenía la cabeza cuando te hice semejante propuesta.

Victoria se recostó contra la pared. Recién en ese momento se dio cuenta de que se encontraban a pocos metros de la ventana que daba a la habitación de sus tíos. Era un milagro que no hubiesen escuchado nada.

-Hoy pregunté por Tita en el cabaret, pero Mirna me dijo que había pedido la noche libre. Mañana intentaré hablar con ella para ver si recuerda algún detalle más sobre el hombre que acompañaba a tu prometida.

-Alcira... Será mejor llamarla por su nombre a partir de ahora. -Venciendo nuevamente el espacio que los separaba, Peralta la tomó de la barbilla y miró su boca entreabierta. Apenas podía creer que acababan de besarse-. No quiero que por mi causa terminés en medio de un caso policial. Mucho menos con Madariaga en la ecuación. Sé que preservar tu identidad es lo más importante para vos, Gardelia.

-Victoria -dijo ella de repente. -Soy Victoria Insaurralde.

-Victoria -susurró él, esbozando una sonrisa-. Me gusta tu nombre.

-Y a mí me gusta escucharlo de tus labios.

Debía marcharse. Lo sabía. No tenía derecho a poner en riesgo su reputación, aun así, volvió a besarla antes de que su silueta se perdiera en la niebla de la noche.

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