05.04.2020 Capítulo 33

Caserón de tejas

La entrega Nº 33 de Al Compás del corazón que Andrea Milano realiza a través de las páginas de El Popular en la edición impresa del día domingo.

No había mucha información sobre la víctima en los archivos de la policía. Laureana Pacheco, más conocida por el sobrenombre de Tita, tenía un prontuario bastante limpio a pesar de que, en el pasado, había sido detenida en varias oportunidades por ejercer la prostitución. Sus cortas estadías en la comisaría databan de la década pasada y a partir de 1931, ya no había ningún registro policial con su nombre. Seguramente, desde que había "blanqueado" su situación al convertirse en una de las muchachas de La Nuit. Según su expediente, vivía en una pensión de la calle San Martín. Aparecía un único dato de filiación: el de una mujer llamada Edelmira Pacheco, su madre. Era a ella a quien tenían que darle la terrible noticia de que su hija había sido asesinada. Llamó al oficial Rivas para que lo acompañase. Era un trago demasiado amargo como para transitarlo en solitario. Mientras conducía no podía apartar de su mente la teoría de que todas las muertes estaban relacionadas y que el nexo entre las tres mujeres era el cabaret de Felipe Santibáñez. Descubrir que su prometida había estado allí poco antes de ser asesinada, fue el eslabón que necesitaba para conectar los tres casos. El mismo modus operandi, la misma causa de muerte; todo apuntaba a que el asesino estaba muy cerca de La Nuit. Y esa posibilidad, ahora más que nunca, le provocaba una gran zozobra. Victoria podía estar en peligro. Se le encogía el corazón al imaginarse llegar un día a una nueva escena del crimen y verla debajo de una sábana. No podía convertirse en la cuarta víctima de asesinato. Sacudió la cabeza para no atormentarse con pensamientos tan funestos. Debía hablar con ella; convencerla de que desistiera de su afán en ayudarlo con la investigación. Esa noche se presentaría en el cabaret para verla y de paso, indagar entre la gente del lugar sobre los últimos movimientos de la malograda Tita.

Durante el trayecto hasta la pensión apenas intercambió unas pocas palabras con el agente Rivas. Estaba demasiado preocupado, con las manos apretadas en el volante y el ceño fruncido. Cuando llegaron a la vivienda que la víctima compartía con su madre, Peralta se tomó un par de minutos antes de abandonar el Chevrolet. Dejó que su compañero se bajara primero porque necesitaba ganar un poco de tiempo. Nunca era fácil decirle a una madre que ya nunca volvería a ver a su hija.

-Comisario, con todo esto me olvidé de contarle que hemos citado al señor Dante Grimaldi para que se presente en la comisaría y confirme oficialmente que el pañuelo hallado entre las pertenencias de Rosa Cardozo era el de su hermana Alcira.

Martín Peralta asintió. Esperaba llegar a tiempo para hablar con él. Tenía la sensación de que su última visita lo había dejado inquieto.

La puerta de la casa estaba entreabierta. No había nadie en el zaguán y Rivas empezó a golpear las manos. Una nena de largas trenzas rubias con una muñeca de trapo en la mano y un vestido floreado se asomó detrás de una de las columnas de la galería.

-Buen día, señorita -la saludó Rivas, haciendo una reverencia.

El gesto del oficial le arrancó una sonrisa al comisario. No lo imaginaba en esa faceta de Se dio cuenta entonces que no sabía nada de la vida personal de Rivas. ¿Tendría hijos? Ya habría tiempo de preguntárselo.

-Buen día -respondió la nena.

-Estamos buscando a la señora Edelmira -intervino Peralta. No había un gesto indulgente en su rostro; más bien un rictus de preocupación que solo consiguió que la pequeña se quedara callada.

-¿Conoces a doña Edelmira? -insistió Rivas, en un tono condescendiente.

La nena asintió con la cabeza mientras apretaba los labios.

-Queremos hablar con ella...

-¡Abuela! ¡Hay dos señores raros que te buscan! -gritó la muchachita, corriendo hacia una de las piezas de la pensión con las trenzas al aire y la muñeca apretada en su pecho.

Peralta y Rivas intercambiaron miradas y sonrieron.

Dejaron de reírse cuando la madre de Tita Pacheco apareció delante de sus ojos. Era una mujer de cabellos blancos y mirada inquisidora. Sostenía a su nieta de la mano mientras se acomodaba el cuello de su blusa.

-Me dijo Clarita que me andaban buscando. -Los miró con desconfianza. Seguramente ya debía haberse dado cuenta de que eran policías y que estaban allí por algún asunto turbio relacionado con su hija.

Peralta no podía darle la terrible noticia delante de la pequeña y de eso también pareció darse cuenta la mujer. Le pidió a su nieta que se fuera adentro con su mamá y Clarita obedeció sin chistar.

-Se trata de Laureana, ¿verdad? -Vio que ambos asentían con la cabeza-. ¿Qué hizo esta vez?

Peralta le hizo señas de que se sentara en un banco de madera y sin más preámbulos, se preparó para la dar la mala noticia.

-Señora Pacheco, lamentamos informarle que esta mañana hemos encontrado a su hija muerta.

El silencio que se generó después de pronunciar esas terribles palabras, fue sacudido de repente por el llanto y los gritos de esa mujer que acababa de perder a su hija. Una muchacha se les acercó y la abrazó. Era muy parecida a Tita y supusieron que se trataba de su hermana.

-¿Qué pasó? -les preguntó, sin dejar de consolar a su madre.

-¿Es usted familiar de la señorita Laureana Pacheco?

-Sí. Soy la hermana menor de Tita, me llamo Beatriz.

-Yo soy el comisario Peralta y él es el oficial Rivas. -Le enseñó la placa policial. -Le estaba diciendo a su madre que esta mañana hemos encontrado el cuerpo de su hermana en un descampado, cerca del hospital.

-¿Fue asesinada?

El comisario asintió.

Beatriz tenía lágrimas en los ojos, pero se mostraba entera para contener a su madre.

-¿Cuándo fue la última vez que la vieron o hablaron con ella?

-Ayer vino a visitarnos. Lo hace seguido para ver a Clarita; ella es su hija.

-Creí que...

-La niña no lo sabe. Yo fui quien la crio y ella piensa que Laureana es su tía. Con la vida que llevaba mi hermana, fue lo mejor.

-A mi hija la mataron para callarla.

Peralta miró a Rivas. Ellos también creían lo mismo.