20.04.2020 Capítulo 35

Lo que vos te merecés

La entrega Nº35 de Al Compás del corazón que Andrea Milano realiza a través de las páginas de El Popular en la edición impresa de los días domingo.

Apenas puso un pie en el destacamento policial, uno de los oficiales le anunció al comisario que el señor Grimaldi llevaba un buen rato esperándolo en su despacho. Peralta ya ni se acordaba que el hermano de Alcira había sido convocado para reconocer oficialmente el pañuelo hallado entre las pertenencias de Rosa Cardozo.

Lo encontró de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y vestido con elegancia, como era su costumbre.

-Buenas tardes, Dante -lo saludó, rodeando el escritorio en donde dejó su chambergo.

El joven se dio media vuelta y lo miró.

-Hola, Peralta. Si he venido es para no atormentar más a mis padres con una pista que quizá no conduzca a ningún lado. -Respiró hondo y se cruzó de brazos-. ¿Dónde se encuentra ese dichoso pañuelo que querés que vea?

El comisario le indicó que lo acompañase. Lo había tratado con cierta frialdad y no tenía caso entablar una conversación cordial con él porque sería inútil. Por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender todavía, Dante Grimaldi, continuaba alimentando un fuerte resentimiento hacia su persona. Parecía que nunca dejaría de culparlo por no haber atrapado al asesino de su hermana.

El cuarto en donde se almacenaban las evidencias era un lugar oscuro y con olor a rancio. Un tenue hilo de luz se filtraba por un ventanuco que daba al patio de la comisaría y echaba un poco de claridad sobre los muebles. Peralta dejó la puerta abierta para que corriera el aire y se dirigió a uno de los estantes de madera. Allí, en una caja grande, estaba el pañuelo de Alcira. Le quitó el envoltorio y se lo mostró.

-¿Puedo tocarlo? -preguntó Dante, algo aprehensivo.

-Por supuesto.

Dante Grimaldi tomó el pañuelo de seda entre sus manos y lo observó con atención. Le dio varias vueltas, lo abrió, lo cerró y se concentró en las iniciales bordadas en una de sus esquinas.

-Es de Alcira -aseveró, sin vacilar en ningún momento-. ¿Dónde lo encontraron?

Martín volvió a guardar el pañuelo en la bolsa de nylon y luego lo regresó a la caja junto con las pocas evidencias que tenían del caso.

-No debería revelarte detalles de la investigación...

-¡No me vengas con esas, Peralta! -lo cortó Dante, exasperado-. Si querías que identificase el pañuelo de mi hermana es porque estás detrás de una buena pista. ¿Me equivoco?

-Ese pañuelo conecta las muertes de Alcira y de Rosa Cardozo. Ambas fueron estranguladas y sus cuerpos hallados en un baldío. Hay otro indicio que nos hace creer que estamos frente al mismo asesino: el cabaret. Rosa Cardozo era una de las alternadoras del lugar y tu hermana fue vista allí al menos en una ocasión. -Estuvo a punto de decirle que quien le había hecho esa confidencia era Tita, la mujer que acababan de encontrar asesinada en las cercanías del hospital.

-¿Por qué el pañuelo? -preguntó Dante, obviando el hecho de que su hermana frecuentase un lugar como La Nuit.

-Estaba en el bolso de Rosa Cardozo -respondió Peralta, olvidándose por un momento del secreto de sumario. Confiaba en que Dante no le causara ningún problema.

-No entiendo qué clase de relación podría tener Alcira con esa mujer. Tal vez tenía su pañuelo porque se lo encontró de casualidad...

-No creo en las casualidades, Dante. Mucho menos cuando las dos murieron de la misma forma. -Salieron del cuarto y regresaron al despacho-. ¿Estás seguro que no Alcira nunca te mencionó ese lugar?

Dante negó con la cabeza. Se resistía a hablar sobre ello y Peralta no podía culparlo.

-Vos eras su prometido, Peralta. ¿Tampoco te lo mencionó? -retrucó, poniéndolo en un brete.

-No. Alcira jamás me lo hubiese comentado, sobre todo porque fue vista en el cabaret acompañada por otro hombre.

El silencio que se generó en el despacho era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo.

-Me niego a creerlo. Alcira no se veía con otro hombre. Estaba loca de amor por vos -repuso Dante, desviando la mirada.

Otra vez, Peralta tenía la sensación de que le ocultaba algo.

-Si tenés cualquier información sobre lo que hizo o con quién se vio tu hermana antes de ser asesinada, te sugiero que no te la guardes.

-¿Hablaste con su amiga? Teresa Ugarte era su confidente.

-Hemos tratado de localizarla, pero no se encuentra en la ciudad. Su madre nos ha dicho que se ha ido a Buenos Aires, a visitar a unos parientes. Regresa en un par de días. La buscaré apenas sepa que ya se encuentra en Olavarría.

Dante asintió. Quería irse cuanto antes. Estar allí lo ponía demasiado nervioso. En realidad, no dormía tranquilo desde mucho antes de la muerte de su hermana; cuando había comenzado a recibir esos anónimos que amenazaban con destruir su vida. No podían salir a la luz. Peralta no le perdonaría nunca que, por su culpa, Alcira hubiese terminado en manos de un asesino.

*

Se le había hecho tarde pero no importaba. Llevaba un par de horas redactando la nota que saldría en el diario con los pocos detalles que había logrado recabar en la escena del crimen y quería lucirse. El constante repiqueteo de sus dedos en la máquina de escribir era el único sonido que reinaba en la redacción del diario. Pagano se le acercó y le ofreció un cigarro. Cuando el director no estaba, aprovechaban para fumar a sus anchas.

-Me enteré que esta noche Santibáñez no abre el cabaret. ¡Justo hoy que tenía que hacerle la entrevista a Gardelia! -Se quejó el reportero de espectáculos-. Es evidente que la mujer que encontraron hoy es otra de sus chicas.

Lautaro asintió sin prestarle mucha atención.

-Vos la conocés, ¿no?

-¿A quién?

-A la tal Gardelia. Te vi hablando con ella la otra noche.

-Sí. Mi hermana es amiga suya -respondió, distraído.

-¿Sabés dónde vive?

Lautaro lo miró. Había hablado de más, pero ya no podía dar marcha atrás. Tampoco lo deseaba.

-Podría ir a su casa. La nota tiene que salir en un par de días -alegó, ansioso.

Pagano no necesitó decir nada más para lograr su propósito. Lautaro, en un pequeño y maléfico gesto de venganza por la actitud de Victoria al irse de la confitería sin darle una respuesta a su proposición amorosa, le anotó la dirección de su casa.