03.05.2020 "AL COMPÁS DEL CORAZÓN" Capítulo 37

El final de un cuento

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

Victoria no pudo evitar que Estelita se ofreciera a acompañarla hasta su casa al salir del trabajo. Tras fallar en su intento de que le soltara prenda sobre lo que había visto entre ella y el comisario, le advirtió que no se marcharía a la estancia hasta no saber toda la verdad. La aparición de un par de socios en la biblioteca, impidió que pudieran hablar con tranquilidad. Después, cuando Dorita volvió de la confitería, Victoria logró desviar el tema de conversación mencionando la sesión de fotos en el estudio La Moderna y la nota que le harían para el diario. Temía que lo que le contase a su amiga, terminase llegando a oídos de Lautaro.

Y ahora, mientras caminaban por la calle Necochea en dirección a su casa, sabía que no había posibilidad de eludir su incisivo interrogatorio.

-Sospechaba que andabas en algo con el comisario -comentó Estelita, mirándola de reojo-. Jamás pensé que la relación hubiese llegado hasta ese punto.

Victoria dejó escapar un suspiro.

-En realidad, fue todo muy rápido. Una noche vino a buscarme y casi sin darnos cuenta, terminamos besándonos. Creo que los dos nos sorprendimos de igual manera con lo que pasó -le confesó-. Es más, después del beso Martín se fue y mi mundo quedó patas arriba.

-¿Es tu novio entonces? -quiso saber Estelita.

Victoria se encogió de hombros.

-No sé lo que somos. Me gusta mucho estar con él, a pesar de las circunstancias...

-¿Qué circunstancias? -Estelita la miró intrigada.

De repente, Victoria se sintió acorralada y atrapada en sus propias palabras.

-No es sencillo de explicar -dijo, tratando de salir del paso.

-Tengo todo el tiempo del mundo para escucharte. -Se prendió de su brazo y doblaron juntas en la esquina de Sargento Cabral.

-Solo si me prometes que luego no irás corriendo a contárselo a tu hermano.

Su amiga bajó la vista.

-Con respecto a Lautaro... quería pedirte disculpas por lo que hice. Sé que no debí involucrarme y tratar de propiciar un acercamiento entre ustedes. Sobre todo, aprovechándome de la amistad que tengo con vos para que el botarate de mi hermano se presentara a esa cita en mi lugar.

Victoria le sonrió.

-Ya no te preocupes por eso. Reconozco que me enojé mucho al principio, pero después se me pasó. Lo hiciste de buena fe, para ayudar a tu hermano y no puedo juzgarte por eso.

Estelita soltó el aire contenido en los pulmones en un gesto de alivio.

-Te prometo que de ahora en más seré muy discreta. Me bastó lo que vi hoy en la biblioteca para comprender que un noviazgo entre vos y mi hermano no tendría ningún futuro. Es evidente que es el comisario quien te gusta, y contra eso, no hay nada que hacer.

-Me alegra que lo entiendas, Estelita. Es bastante incómodo para mí hablar de tu hermano en términos amorosos cuando nunca le di motivos para que pensara que alguna vez estuve interesada en él. Mucho menos, tengo la intención de fomentar esa rivalidad que existe entre Martín y él metiéndome en el medio.

-Pero es que ya estás en el medio -repuso Estelita-. Aunque no le hagas caso a Lautaro, él no va a desistir y tratará de conquistarte. Lo conozco demasiado bien; vos le gustás mucho.

-Sus intentos caerán en saco roto, amiga -contestó Victoria, resignada a tener que seguir recibiendo la atención de un hombre que no le interesaba.

Estelita la miró con picardía.

-No hablemos más de Lautaro. Quiero saber todo de ese sorpresivo romance que nació entre el churro del comisario Peralta y vos.

Victoria le contó de los pocos encuentros que habían tenido y mencionó lo mal que se sentía aún por la muerte de su prometida. Como pudo, porque a su amiga no se le escapaba nada, se guardó todo lo relacionado con la investigación policial. Martín nunca le perdonaría que, por causa de la lengua afilada y suelta de su querida amiga, Lautaro se terminase enterando de los detalles del caso que él se empeñaba en mantener en el más acérrimo hermetismo.

Estaban llegando cuando vieron un automóvil estacionado frente a su casa.

-Parece que tienen visitas.

Victoria no reconoció el vehículo. Recordó que esa tarde, su tía Bárbara tenía una reunión en la Asociación de Damas. Quizá le pertenecía a alguna de sus amigas, a quien había invitado a tomar el té para presumir el nuevo juego de porcelana china que había comprado en la sofisticada tienda Gath & Chaves durante su último viaje a Buenos Aires.

Entraron a la casa, en donde fueron recibidas por Corina en el vestíbulo. Victoria se estaba quitando el tapado cuando se dio cuenta que algo andaba mal.

-¿Qué pasa, Corina? -La mucama estaba blanca como un papel.

-Ha venido un hombre a buscarla... bueno, no a usted, sino a la famosa Gardelia.

Victoria sintió el corazón en la garganta. Miró a Estelita. Su amiga también se había llevado una gran sorpresa.

-Está en el salón, conversando con su tío.

Lo que acababa de decir Corina solo aumentó la conmoción de las dos muchachas. Victoria atravesó el pasillo en puntas de pie, evitando hacer ruido con el taconeo de sus zapatos y se asomó por la puerta del salón. Casi le da un síncope cuando sintió que Estelita la sujetaba del brazo, empujándola levemente hacia atrás para hacerse un hueco y poder espiar.

-Es el periodista -le susurró.

-Sí, ya me di cuenta -respondió Victoria en otro susurro.

-¿Qué está haciendo acá?

-No lo sé. No habíamos quedado en encontrarnos en mi casa. Tal vez resolvió aparecerse aquí porque hoy a la noche el cabaret no abre. -Fue la única explicación que encontró Victoria para justificar la inesperada visita de Julio Pagano, el periodista de espectáculos del diario El Popular.

Estelita se movió y los goznes de la puerta chirriaron. Por encima del hombro, Victoria le dedicó una mirada asesina. El ruido las había puesto en evidencia y no tuvo más remedio que salir de su escondite.

-¡Vaya, mire quién ha llegado! -manifestó don Armando, arqueando una ceja.

Pagano se puso de pie y les sonrió.

-Victoria, el joven te estaba esperando. ¿O debería llamarte por tu otro nombre? Es Gardelia, ¿verdad?

Ahora la que se había puesto blanca como el papel era Victoria.

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