10.05.2020 Novela en entregas

Capítulo 38: Que sea lo que Dios quiera

Estelita se vio obligada a darle un ligero pero oportuno codazo a Victoria para que abriese la boca. Seguí leyendo

Corina, quien siempre había temido que ese momento llegase algún día, espiaba a través de la puerta que Victoria había olvidado cerrar. Entre sus manos, apretaba la medallita de la Virgen de Luján que había sido bendecida por el obispo durante una de sus visitas a la Iglesia San José. No pensaba moverse de allí en caso de que tuviese que salir en defensa de la sobrina de los patrones.

Victoria miró al periodista. Ignoraba qué lo había orillado a aparecerse en su casa para la dichosa entrevista, pero no podía culparlo por ponerla en evidencia de esa manera. Ya hablaría con él en otro momento.

-Señor Pagano, ¿podría dejarme a solas con mi tío, por favor?

Julio Pagano levantó la vista y asintió. Estrechó la mano del dueño de casa y enfiló hacia la salida.

-¡Espere! -Lo detuvo Estelita, mirando de reojo a su amiga para asegurarse de que no la necesitaba allí-. ¿Va al diario?

El cronista de espectáculos de El Popular volvió a asentir.

-¿Podría acompañarlo? Mi hermano quedó en pasar a buscarme por la biblioteca, pero yo me fui antes y no le avisé.

-Por supuesto, señorita Madariaga.

-Llámeme Estelita -le pidió mientras abandonaban el salón. En el vestíbulo, Corina los estaba esperando con el sombrero del caballero y el abrigo de la joven.

Lo primero que hizo Victoria apenas los dejaron a solas, fue pedirle a su tío que se sentara. Ella ocupó el sillón frente a él, cruzó ambas manos sobre el regazo y respiró hondo antes de hablarle con la verdad.

-Quiero que sepa que nunca tuve la intención de engañarlos -le aclaró, esperando que comprendiera el porqué de su proceder-. Todo empezó casi por casualidad la noche en la que fui al recital de Carlos Gardel en el Cine-Teatro París.

Don Armando no dijo nada. Se acomodó los anteojos que insistían en deslizarse por el puente de su nariz y, haciendo un ademán con la mano, la instó a continuar con su relato.

-Fui a escondidas porque la tía Bárbara jamás me hubiese dado permiso. -Vio que su tío asentía con un breve, aunque contundente movimiento de cabeza-. Puede quedarse tranquilo, mis amigas me acompañaron -añadió, como si eso bastara para aminorar el hecho de que había salido de noche sin su permiso.

-Reconozco que tu tía a veces es bastante severa -dijo a su favor-, pero tenés que entender que estás bajo nuestro cuidado y si cualquier cosa llega a sucederte, será nuestra responsabilidad. Le hicimos una promesa a tus padres y la cumpliremos a rajatabla.

-Lo sé, tío. -Victoria esbozó una sonrisa-. Han cuidado muy bien de mí todo este tiempo y se los agradezco de todo corazón...

-¿Pero? -La interrumpió don Armando, intuyendo que lo que estaba a punto de oír no sería de su agrado.

-Pero ya no soy una niña y se me presentó la oportunidad de cumplir mi sueño. -Abandonó el sillón en el que estaba sentada para ubicarse a su lado. Necesitaba de su apoyo. Aunque su tía Bárbara jamás se lo diera, ganarse el suyo sería un gran logro-. El gran Carlos Gardel me escuchó cantar y quedó encantado. ¡Me comparó, nada más y nada menos, que con Azucena Maizani, una de sus grandes amigas!

Los ojos de don Armando se iluminaron.

-¿Conociste en persona al Zorzal?

-¡Sí! Tuve la oportunidad de ir a verlo después del recital en la confitería que funciona al lado del teatro. -Le gustó el brillo en la mirada de su tío. -Mis amigas y yo hablamos con él y cuando Estelita le mencionó que yo cantaba, Carlitos quiso comprobar si era verdad.

-Pero ¿cómo terminaste en un sitio como ese? El periodista me contó que actuás casi todas las noches... Lo que quiere decir que has estado escapándote de la casa sin que Bárbara o yo nos diéramos cuenta. -Miró hacia la puerta. Aunque no se la veía, podía jurar que Corina andaba cerca-. Intuyo que has tenido apoyo interno.

Victoria asintió. No tenía caso negarlo. Solo esperaba que no reprendieran a la pobre de Corina por su culpa.

-Contame, por favor, ¿cómo es que ahora te conocen con el nombre de Gardelia?

Victoria le habló de la propuesta de Felipe Santibáñez y la idea de presentarse con una identidad falsa para que nadie descubriera que era ella, la sobrina de los Insaurralde, quien se escondía detrás de la aclamada cantante de tangos.

-Ese... lugar se ha vuelto peligroso. -Le apretó las manos en un gesto de cariño-. Una de sus mujeres fue asesinada y acaba de aparecer otra más. Aunque en el diario, tu amigo no lo menciona, es posible que la segunda víctima trabajara allí también.

Victoria no hizo ningún comentario al respecto. Tampoco creyó oportuno hablarle de su cercanía con el comisario Peralta.

-¿Va a contarle todo a mi tía? -quiso saber, ansiosa.

Don Armando barruntó durante unos cuantos segundos antes de darle una respuesta.

-Es lo que se supone que debería hacer -repuso, seriamente.

Victoria dejó escapar un resuello. Si su tía se enteraba de lo que había estado haciendo por las noches, el sueño de convertirse en una reconocida cantante de tangos se vendría abajo de un plumazo.

En ese preciso instante, se oyó la voz chillona de Bárbara Insaurralde en el vestíbulo.

*

Peralta acababa de salir de la comisaría cuando sintió que alguien se acercaba corriendo hacia él.

-¡Comisario, espere!

Al darse media vuelta, se encontró con la hermana de Tita. La notó nerviosa.

-Señorita Pacheco, ¿qué ocurre?

-¿Podría hablar con usted? -preguntó Beatriz Pacheco mientras intentaba recobrar el aliento.

-Me estaba yendo, pero si le parece bien, podemos tomarnos un café en el bar de acá a la vuelta.

La joven aceptó su propuesta. Quizá no era nada, pero sabía que tenía que hablar con la policía sobre lo que había encontrado esa mañana, revisando las pertenencias de su hermana.