24.05.2020 

Capítulo 39: Basta de macanas

 Lautaro aplastó el cigarro en el cenicero y se incorporó de un salto cuando vio que Julio Pagano ingresaba a la redacción del diario, acompañado de su hermana. Por la expresión poco amigable de su rostro, intuyó que Estelita ya estaba al tanto de su jugada. Seguí leyendo

Puso su mejor sonrisa para darle la bienvenida, pero la joven lo fulminó con la mirada. El periodista de espectáculos logró escabullirse hasta su escritorio antes de terminar en medio de la discusión entre los hermanos Madariaga. Ya tenía suficiente con lo que había ocurrido en la casa de Gardelia como para meterse en más problemas.

-¡Cómo pudiste, Lautaro! -le espetó Estelita apoyando las manos en el escritorio para inclinarse con un gesto amenazador hacia su hermano.

Lautaro miró de reojo a Pagano mientras éste se encogía de hombros. Se aflojó el nudo de la corbata porque de repente sintió que le faltaba el aire.

-Estelita, por favor, no es el momento ni el lugar para que vengas a reclamarme -le dijo, bajando la voz. Aunque el director no se encontraba en las instalaciones del diario, tenía oídos en todas partes.

-¿Por qué lo hiciste? -quiso saber. Se sentó, dejó caer el bolso encima del escritorio con un ruido seco y cruzándose de brazos, esperó su respuesta.

Lautaro se aproximó a ella para contestarle. No era necesario, ni prudente, que todos en la redacción conocieran la razón por la cual le había dado a Julio Pagano la dirección particular de Gardelia, la intérprete tanguera que se lucía por las noches en el cabaret de Santibáñez.

-Cometí un error, lo sé -reconoció a regañadientes-. Estaba enojado con Victoria y cuando mi colega me preguntó si sabía dónde vivía, le di su dirección casi sin pensarlo. Después, cuando comprendí lo que había hecho, traté de remediarlo, pero ya era tarde.

Estelita lo observó atentamente. Sabía que no le decía toda la verdad. Le creyó que hubiese actuado impulsado por la rabia, sin embargo, dudaba que estuviese realmente arrepentido.

-¿Te das cuenta que, por tu culpa, quizá Victoria ya no pueda continuar cantando en el cabaret?

Lautaro asintió. ¡Claro que se daba cuenta! Y aunque lo terminase lamentando si eso efectivamente sucedía; en el fondo, se alegraba que ya no frecuentara ese lugar. Sobre todo, si con ello, lograba separarla del comisario Peralta.

-¿Qué querés que haga ahora? -retrucó, fingiendo culpa. -No será nada sencillo arreglar el quilombo que armé.

-Podrías empezar por reconocer tu error delante de Victoria y pedirle perdón. Ella no sabe todavía que fuiste vos el que le dio la dirección de la casa de sus tíos al señor Pagano. -Estelita estaba dispuesta, como siempre, a ayudar a su hermano. Ya no para conquistar el corazón de su amiga, sino para que no siguiera cometiendo más macanas. -Mañana a la noche reabre La Nuit. Dios quiera que Victoria pueda volver. Si es así, irás conmigo y hablarás con ella. ¿Entendiste?

Volver a ver a Victoria era lo que más deseaba. Aunque solo fuese para confesarle lo que había hecho. Necesitaba ganarse su perdón a cualquier precio. No podía cederle terreno al comisario si quería llevarse el premio mayor.

*

Mientras caminaban rumbo al bar no cruzaron ni una palabra. Peralta, acostumbrado a observar más que a conversar, intuyó de inmediato que lo que Beatriz Pacheco quería decirle la tenía demasiado inquieta. Esperaba que se tratase de algún indicio importante que sacara a la investigación adelante. Los últimos acontecimientos: el crimen de su hermana y el misterioso caballero que había sido visto con Alcira en el cabaret no hacían más que sembrar incertidumbre en un caso tan peliagudo de resolver.

Recorrieron unos pocos metros más hasta llegar a la esquina de Moreno y Belgrano, punto en el cual se encontraba el Hotel Savoy. Entraron al bar y cuando se les acercó uno de los mozos, el comisario pidió un café bien cargado para él y un té para la muchacha.

Peralta no quería presionarla; por eso, y aunque sentía curiosidad por lo que pudiera contarle, resolvió esperar.

Beatriz no dejaba de mover las manos. Lo hizo recién cuando el mozo le trajo el té y bebió el primer sorbo.

-Quiero pedirle disculpas por abordarlo en plena calle -dijo, esbozando una tímida sonrisa por encima de la taza de porcelana.

El comisario le devolvió la sonrisa y se sorprendió al ver cómo las mejillas de la jovencita se ruborizaban. Ignoraba cuál era su edad, aunque por su aspecto, intuyó que era tan solo unos pocos años menor que su desafortunada hermana.

-No hace falta que me pida disculpas, señorita Pacheco.

-Llámeme Beatriz, por favor.

Él asintió.

-Está bien, Beatriz. -Apartó la taza de café a un lado porque ya no le apetecía bebérselo. Se mesó el cabello engominado y la miró directamente a los ojos. -Supongo que ha venido a buscarme para hablarme de su hermana.

Beatriz dejó escapar un resuello y Peralta supo que había dado en el clavo.

-Esta mañana me armé de valor y entré en su pieza. Mi madre no ha querido poner un pie allí desde que... desde que ocurrió lo de Tita.

Le costaba hablar de la muerte de su hermana. Peralta imaginó lo difícil que habría sido para ella y para su familia, aceptar una realidad tan dolorosa. Se vio reflejado a sí mismo, un año atrás, cuando tuvo que plantarse delante del cadáver de Alcira en la morgue judicial.

-Pasará -le dijo a modo de consuelo-. El tiempo es el único capaz de curar heridas tan profundas. -Cuando se trataba de dar consejos a los demás, Martín Peralta se olvidaba que él aún sufría por la muerte de su prometida. Lo peor era la culpa de no haber hallado al asesino todavía. Solamente el día que le pusiera un rostro y un nombre, podría vivir por fin en paz.

-Cuando pienso en mi sobrina, es difícil creer que este dolor se acabará algún día.

-¿Qué es lo que quería contarme?

Beatriz oteó a su alrededor y con disimulo, metió la mano dentro de su cartera. Sobre la mesa, colocó un abultado fajo de billetes, atado con una cinta de color negro.

-Estaba escondido en el fondo falso de la mesita de luz. Tita jamás tuvo tanto dinero junto en su vida.