24.05.2020 

Capítulo 40: Muchachita de barrio

 -Vuelva a guardar el dinero -sugirió Peralta cuando notó que estaban llamando la atención de los demás parroquianos.  Beatriz Pacheco obedeció sin chistar y se terminó de beber el té. Seguí leyendo

-¿No sabe por qué su hermana tenía ese fajo de billetes en su poder?

La joven negó con la cabeza.

-Aunque hubiese ahorrado parte de su salario en el cabaret, jamás habría juntado esa cantidad.

El comisario estaba de acuerdo con ella. Si la sospecha que manejaba era acertada y Tita había sido asesinada para evitar que contara lo que sabía, quizá ese dinero era fruto de algún chantaje.

-Tendré que llevarme el fajo -le comunicó-. Con suerte, nuestro perito encuentra alguna huella que nos sirva para dar con la persona de quien su hermana obtuvo tanto dinero.

Beatriz asintió.

-Haga lo que quiera con él. Aunque nunca nos sobró la plata, no podríamos quedárnoslo.

-Si quiere, pasamos por la comisaría para buscar mi auto y la llevo a su casa.

Beatriz Pacheco aceptó encantada. No todos los días tenía la oportunidad de pasear por la ciudad con un policía tan churro como el comisario Peralta.

*

Cuando Bárbara Insaurralde entró el salón, se encontró a su esposo y a Victoria en medio de una conversación. Se dio cuenta de inmediato que su presencia los había obligado a guardar silencio. Dejó la cartera sobre la mesita de arrime, se miró de pasada en el espejo con marco de madera que colgaba de la pared y se acercó a Armando para darle un beso en la mejilla.

-¿Ocurre alguna cosa? -preguntó, poniendo especial atención a su sobrina. Victoria estaba demasiado pálida y se rehusaba a cruzar la mirada con ella.

-¿Cómo te fue, querida? -Don Armando, conociendo de sobra los chismes que solían divulgarse durante las reuniones de la Asociación de Damas, logró rápidamente desviar el tema de conversación mientras Victoria conseguía calmarse.

-Como siempre -respondió su esposa con un dejo de fastidio. Parecía que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía deseos de criticar a nadie o repetir algún rumor que, se apresuraba siempre a aclarar, oía de pura casualidad. Se volvió hacia su sobrina-. Me pareció ver a tu amiga hace un rato.

-¿Cuál de ellas? -Por más que lo intentase, Victoria no conseguía calmarse. En cualquier momento, su tío la pondría en evidencia y tendría que renunciar a su sueño de seguir cantando.

-A la chica Madariaga. Iba en un auto, acompañada por un muchacho. Dobló en la esquina de casa; pensé que había venido a verte a vos.

Victoria no supo qué responderle. Fue don Armando quien se encargó de saciar la curiosidad de su esposa.

-Efectivamente, la señorita Madariaga trajo a Victoria hasta la casa.

-Sí, Estelita fue a verme a la biblioteca y se ofreció a acompañarme.

-¿Y quién era ese joven que iba con ella? Estoy bastante segura de que no se trataba de su hermano.

Victoria miró a su tío. A ella no se le ocurría qué decirle.

-No lo era. -Don Armando se sentó en el sofá y se cruzó de piernas. Frente a él, había un ejemplar abierto de El Popular que no había terminado de leer. -Quien manejaba el auto era un compañero de su hermano. Si no me equivoco, es el periodista que escribe sobre espectáculos. Un tal Pagano...

Doña Bárbara se quedó pensativa mientras veía cómo su esposo hojeaba el diario.

-¿Acaso tu amiga tiene algo que ver con él?

Victoria tragó saliva. La respuesta de su tío la había sacado de un embrollo, pero acababa de meterla en otro.

-No lo sé, tía. Es muy amigo de Lautaro, quizá solo la invitó a dar una vuelta.

Bárbara Insaurralde arrugó el ceño.

-Una señorita de su clase no debería aceptar la invitación a pasear en auto con un joven solamente porque es amigo de su hermano. -Le guiñó el ojo a su sobrina-. Seguramente hay un romance en puerta.

Victoria se limitó a sonreír. No quería decir nada que confirmara las conjeturas de su tía porque terminaría por involucrar a su amiga en una supuesta relación sentimental con Julio Pagano. ¡Estelita pondría el grito en el cielo!

-Voy a cambiarme de ropa y a darme un baño -anunció doña Bárbara-. Pasaré por la cocina y le pediré a Corina que prepare salpicón de ave para la cena. ¿Tienen alguna sugerencia para el postre?

-Flan de dulce de leche -contestó Victoria. Desde que había pisado suelo argentino tras vivir casi toda su vida en España, se había convertido en su postre favorito.

-Flan de dulce de leche es una muy buena opción -la secundó su tío, curvando los labios en una sonrisa cómplice.

Apenas su esposa desapareció, le pidió a Victoria que se acercara. Ella se acomodó en el brazo del sofá y apoyó la cabeza en su hombro.

-Gracias por no contárselo, tío.

Armando Insaurralde respiró hondo. Tal vez acababa de cometer un gran error al quedarse callado; sin embargo, no sería él quien le cortara las alas a su querida sobrina.

-Mantendré tu secreto a salvo, Gardelia -musitó, apretándole suavemente la mano-. Si Bárbara se tiene que enterar de la verdad, no será por mí. Me gustaría que reunieras el valor para hablar con ella cuanto antes. Yo descubrí lo de tus escapadas para cantar en el cabaret de casualidad. No permitas que ella lo sepa del mismo modo. Se va a enojar y es capaz de prohibirte que vuelvas a salir de noche.

Victoria asintió. Él tenía razón. No podría ocultárselo eternamente. Tarde o temprano, su tía Bárbara descubriría su secreto y jamás se lo perdonaría.

-Lo haré, te lo prometo. Cuando me sienta preparada, hablaré con ella.

-A propósito, mi silencio tiene un precio -le dijo don Armando con aire misterioso.

Victoria lo taladró con sus ojos renegridos.

-¿De qué habla?

-Creo que me merezco escuchar a la tal Gardelia, ¿no te parece?

Ella sonrió.

-Puede venir a verme cuando quiera, tío. Será un placer para Gardelia dedicarle un tango a un caballero tan distinguido. -Le dio un beso en la mejilla y se levantó. Ahora que la tormenta había pasado y logró salir indemne, necesitaba estar a solas y pensar. Se encerró en su habitación, se arrojó a la cama y permaneció acostada con la vista clavada en el techo. Dudaba que esa noche pudiese conciliar el sueño. Cerró los ojos y la primera imagen que le vino a la mente fue la del comisario. Al menos, pensar en él le brindaba un poco de sosiego.