14.06.2020 AL COMPÁS DEL CORAZÓN

Capítulo 43: Donde hay un mango

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

Esa noche, Gardelia brindó uno de sus mejores conciertos. El comisario Peralta se había sentado muy cerca del escenario para tener el privilegio de poder mirarla a su antojo sin que nadie se diera cuenta. Un poco más atrás, estaba la mesa que ocupaban Estelita, Dorita y Lautaro Madariaga. Más tarde, se les unió Julio Pagano. Era un deleite escuchar cómo Gardelia se lucía con su ligero acento español entonando Mano a mano, un tango con toques burlones y románticos que Gardel había grabado allá por el 23 para el sello Odeón. El periodista de espectáculos estaba más que dispuesto a esperarla y conseguir la dichosa nota que Felipe Santibáñez quería en las páginas del diario El Popular.

Gardelia recibió una avalancha de aplausos. Cuanto más la escuchaba, Peralta más se convencía de que llegaría muy lejos con solo proponérselo. Claro que si eso algún día pasaba; seguramente terminaría perdiéndola. Y no estaba seguro de poder soportarlo. La admiró en silencio mientras le daba las gracias al público por compartir con ella otra noche de melodías arrabaleras. Saludó a los miembros de la orquesta y cuando se dispuso a bajar del escenario, Peralta se le acercó, tendiéndole la mano.

Gardelia le sonrió mientras se aferraba a él para descender las escaleras con el garbo que la caracterizaba. El comisario, despertando la envidia de muchos de los caballeros presentes, la de Madariaga incluido, se inclinó hacia ella sin dejar de mirarla.

-Deslumbrante, Gardelia, como siempre -le susurró al oído.

Ella no pudo evitar sonrojarse. Delante de él, le costaba ser esa mujer que seducía a su público a través del tango. Bastaba que Martín Peralta la mirase o se acercara de esa manera tan íntima para que Victoria, la tímida bibliotecaria, ocupara su lugar.

Ella iba a decirle algo, pero la inoportuna aparición de Pagano se lo impidió.

-Buenas noches, Gardelia. Espero no molestarla. -Miró de reojo al comisario-. He venido por la nota. Si le parece bien, podemos hacerla en su camarín. No le robaré mucho tiempo, se lo aseguro.

Victoria sabía que negarse no era una opción. Santibáñez estaba detrás de todo aquello y si no le seguía la corriente era capaz de enojarse con ella.

-Buenas noches, señor Pagano. ¿Podría darme unos minutos? Volveré con usted en un momento. -No esperó a que le diera una respuesta. Estaba tan interesado en hacerle la entrevista que seguramente no le importaría esperar un poco más. De la mano del comisario abandonó el salón deprisa, pasando delante de mesa de sus amigas sin siquiera dedicarles un saludo.

Martín se dejaba arrastrar por ella. Era como un chiquillo cometiendo una travesura y hacía mucho tiempo que nadie lo hacía sentirse así.

En el pasillo que conducía a los camarines, Victoria se detuvo.

-¿Te quedarías conmigo mientras el señor Pagano me hace la nota? -Era una tontería, sin embargo, tenía miedo de decir algo inapropiado. Cualquier acto fallido podría arruinar su carrera en un abrir y cerrar de ojos.

El pedido de ayuda de Victoria lo conmovió. Porque a él no le quedaba ninguna duda de que quien estaba junto a él en ese momento era Victoria, no Gardelia. Y las dos lo atraían con la misma intensidad. Le rozó el rostro con el dorso de la mano mientras ella curvaba esos labios pintados de rojo carmín en una sonrisa encantadora.

-Si me lo pedís así, no puedo negarme. -Tenía deseos de besarla, pero pronto descubrió que ya no estaban solos. Las chicas que trabajaban como alternadoras en el cabaret; comenzaban a transitar por los pasillos con sus atuendos llamativos, dejando estelas de perfume en el aire y el eco de los zapatos de tacón en el piso de mosaicos.

-Será mejor que le avise a Pagano que ya estoy disponible para él -comentó Victoria de mala gana, sabiendo que acababa de perderse la oportunidad de un beso suyo.

-Dejá, voy yo. Vos andá mientras al camarín y esperanos ahí.

Victoria suspiró profundo mientras lo observaba alejarse rumbo al salón. Aunque verse a escondidas resultaba excitante, deseaba presentárselos formalmente a sus tíos. Sabía que por el momento era imposible. Su tía Bárbara comenzaría con preguntas incómodas y todavía no estaba preparada para responderlas. Estaba a punto de entrar al camarín cuando oyó que dos de las muchachas discutían al fondo del pasillo. Se acercó para ver si podía descubrir qué era lo que pasaba. Reconoció a una de ellas. Se llamaba Leonor y solía juntarse con Tita. La otra, una pelirroja mal encarada que siempre tenía alguna excusa para pelear, sostenía un sobre en la mano.

-¿Me vas a decir de dónde miércoles sacaste esto?

-¡No es asunto tuyo, Fanny! ¡Metete en tus cosas y dejame en paz, querés!

La pelirroja, belicosa por naturaleza, no le dio chance a irse y dejarla con la palabra en la boca.

-Lo robaste, ¿no?

Leonor metió el sobre en el escote de su blusa y le lanzó una mirada asesina.

-¿Qué carajo te importa de dónde saqué la biyuya?

Viendo que en cualquier momento se irían a las manos, Victoria decidió intervenir.

-Leonor, ¿qué pasa?

Fanny la miró con mala cara.

-¡Rajá, gallega que el asunto no es con vos!

A Victoria no le gustó el modo despectivo que usó para dirigirse a ella; aun así, no iba a caer en su provocación.

-Si el señor Santibáñez se entera que están discutiendo se va a molestar...

-¿Y quién se lo va a contar? -Fanny se le acercó y le apuntó con el dedo-. No te metás donde no te llaman, gallega. Esto es un asunto entre la Leo y yo, ¿entendiste?

La pobre de Leonor no sabía para dónde disparar. Victoria, sabiendo que quizá estaba ganándose una enemiga, le ofreció quedarse con ella mientras hacía la nota para Pagano. La pelirroja no pudo hacer nada cuando se fueron juntas.

Entraron al camarín y Victoria cerró la puerta. El comisario y el periodista no tardarían en aparecer. Apenas se dio vuelta; Leonor sacó el sobre que llevaba en el escote y lo puso en su mano.

-¿Me lo podrías guardar?

-Leonor...

-Solo por esta noche -le pidió.

-Está bien.

-¡Gracias! -le dio un beso y se fue.

Victoria miró lo que había en el sobre. Dinero, mucho dinero.

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