13.07.2020 Capítulo 47

Qué vachaché

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

Esa mañana, temprano, apenas puso un pie en la comisaría, el comisario Peralta fue informado de que la señorita Ugarte, la mejor amiga de Alcira, estaba de regreso en la ciudad. Después de que el oficial Rivas le diera la noticia, se dirigió a su despacho para hacer una llamada telefónica.

Cerró la puerta tras de sí, arrojó el saco encima de la silla y marcó el número de la centralita. Pidió que lo comunicaran con la biblioteca. Alguna imperiosa y extraña razón lo había impulsado a hablar con Victoria. Necesitaba escuchar al menos su voz.

La noche anterior la había notado algo nerviosa. Cuando escuchó el click al otro lado de la línea, el corazón le dio un vuelco en el pecho.

-¿Victoria?

-Buenos días, la señorita Insaurralde no se encuentra. ¿En qué puedo ayudarlo?

La voz de Dorita lo dejó aún más intranquilo. Miró su reloj. Ya eran más de las nueve. A esa hora, Victoria ya tendría que estar en su lugar de trabajo.

-Soy el comisario Peralta -dijo, apenas fue capaz de calmar la agitación en su pecho-. ¿Dónde está Victoria?

-Ah, comisario. ¿Cómo le va? Hace un rato llamó su tía para avisar que Victoria no se sentía bien y que prefería no venir hoy a la biblioteca.

¡Lo sabía! Ese presentimiento que le impedía respirar con normalidad se debía al hecho de que algo muy serio ocurría con Victoria. Cortó sin siquiera despedirse, recogió su saco y abandonó el despacho a toda prisa. Rivas atinó a salir detrás de él, pero Peralta lo frenó, diciéndole que antes de ver a la señorita Ugarte tenía un asunto personal que atender.

Puso el auto en marcha y le llevó apenas unos cuantos minutos llegar hasta la propiedad de los Insaurralde. Recién en ese momento se dio cuenta de que antes de presentarse frente a sus tíos debía encontrar una excusa que le permitiera verla sin levantar sospechas. Estuvo barruntando durante unos cuantos minutos en el interior del Chevrolet antes de animarse a bajar. Entonces, por el espejo retrovisor, vio que una mujer elegantemente ataviada salía de la casa por la puerta principal. Intuyó que se trataba de su tía. Soltó un soplido de alivio. La ausencia más que oportuna de esa mujer le facilitaría las cosas. La propia Victoria le había contado que su tío ya estaba al tanto de sus escapadas nocturnas y no tendría que valerse de ninguna mentira para pedir hablar con ella. Solo debía esperar a que la señora Insaurralde se alejara para entrar en acción. Se puso a tamborilear los dedos en el volante mientras la tía de Victoria se detenía frente a la vidriera de la mueblería Meliton & Forte. El tiempo pasaba y él empezaba a impacientarse. Cuando la vio doblar en la esquina de Sargento Cabral, se apeó del auto con la firme convicción de que no se marcharía hasta que Victoria no le contase qué estaba ocurriendo.

*

Victoria permanecía acostada, fingiendo una jaqueca inexistente mientras por dentro se moría de miedo. Después de hallar la medallita de la Virgen de la Bien Aparecida colgada en la reja de la casa, se había encerrado en su habitación. Aunque intentó conciliar el sueño, no pudo pegar un ojo en toda la noche. Alguien le había robado la medalla y luego se la había dejado en un lugar en donde sabía que ella la encontraría. Y todo había ocurrido en el lapso de unas pocas horas. La persona que trataba de asustarla no solo frecuentaba el cabaret... también sabía dónde vivía. Pensó en Fanny. La pelirroja quizá se había dado cuenta que estaba guardando el dinero de Leonor y buscaba recuperarlo al precio que fuera. No se le ocurría otra posibilidad por el momento. Dio un respingo cuando oyó el timbre. Esperaba que su tía Bárbara no hubiese llamado al doctor Arroyo. Se levantó y se cubrió con el deshabillé que había dejado a los pies de la cama. Era de algodón y aunque estaba un poco gastado, le gustaba usarlo porque le hacía recordar a su madre. Cuando abrió la puerta de la habitación se detuvo en seco. Reconoció la voz de Martín de inmediato. Atravesó el pasillo con sigilo y alcanzó a escuchar que le estaba preguntando a su tío por ella. ¿Dónde estaba su tía Bárbara? Rogó al Cielo para que no se encontrase en la casa en ese momento.

*

-Mi sobrina me puso al tanto de sus... actividades nocturnas, comisario -explicó don Armando, sorprendido por la presencia de la policía.

-¿Le habló de mí en algún momento?

A unos cuantos metros de distancia, Victoria los espiaba.

-La verdad es que no. Sé quién es usted porque ese muchacho, Madariaga, lo ha nombrado en muchas ocasiones en el diario.

Peralta se abstuvo de hacer algún comentario sobre los dichosos artículos del periodista de El Popular.

-Entonces sabe también que estoy investigando los asesinatos de Rosa Cardozo y Laureana Pacheco. -Vio que el hombre asentía-. Ambas trabajaban en el cabaret en donde canta su sobrina y quería hacerle algunas preguntas, si fuera posible.

Don Armando se rascó el mentón, luego lo miró con cierto recelo.

-¿Cómo sabe que Victoria y Gardelia son la misma persona? Tenía entendido que mi sobrina no quería que nadie la relacionara con la cantante de tangos.

Peralta no supo qué decir. Había metido la pata y sentía que, sin quererlo, estaba perjudicando a Victoria. ¡Y él que pensaba que su tío ya se había enterado de todo!

En ese preciso instante, la puerta del salón se abrió y ambos se dieron media vuelta.

-Yo te lo puedo explicar, tío. -Victoria avanzó hacia ellos mientras le dirigía una mirada furtiva al comisario.

Martín Peralta percibió el reproche en su actitud. No podía culparla después de haberse presentado en su casa sin previo aviso. La observó. Llevaba ropa de cama y tenía unas profundas ojeras oscuras que denotan que había pasado una mala noche. Unos cuantos mechones de su melena oscura le caían de forma desordenada sobre el rostro. Sus sospechas no eran infundadas. Intentó decir algo, quizá a modo de disculpa, pero ella no se lo permitió.

-El comisario Peralta me conoce como Victoria y como Gardelia -soltó, sin medir las consecuencias de sus palabras.

Cuando don Armando lo miró, Martín solo atinó a sonreír.