19.07.2020 

Capítulo 48: Pero yo sé

 Dorita apenas podía creer lo que veían sus ojos cuando Lautaro ingresó al edificio de la Biblioteca Popular de Olavarría. Alcanzó a componerse el peinado y alisar la falda del vestido antes de que él se percatara de que estaba casi oculta detrás de unos libros apilados encima de la mesa principal. Seguí leyendo

Se aclaró la garganta y le sonrió. Esperaba que ese nerviosismo que le atenazaba la boca del estómago no se reflejara en su rostro.

-Lautaro, ¡qué sorpresa! -atinó a decir incluso antes de darle los buenos días.

Madariaga se aproximó a ella, se quitó el sombrero y oteó a su alrededor. Fue demasiado evidente que estaba buscando a alguien. Aunque se había aparecido en la biblioteca para cumplir con el capricho de Estelita; la verdadera razón que lo había impulsado a dejar la redacción, era el deseo de encontrarse con Victoria. Quiso preguntar por ella; sin embargo, prefirió hacerse el otario. ¡Todo sea por seguirle el juego a su hermana!

A Dorita no le hizo falta que Lautaro preguntase nada. Le bastaba ver su comportamiento para darse cuenta que no estaba allí por ella.

-Victoria no ha venido a trabajar hoy -le comunicó, distrayéndose con los nuevos ejemplares que debía clasificar y evitar así que él percibiera su repentino cambio de actitud. Ya no sonreía y se escudaba detrás de sus gafas para no mirarlo a los ojos.

Lautaro frunció el ceño.

-¿Está enferma? -La noche anterior, en el cabaret, se encontraba en perfectas condiciones.

Dorita asintió con un enfático movimiento de cabeza.

-Esperemos que no sea nada grave -comentó, mientras un montón de posibilidades se cruzaban en su mente. Después del incidente del dinero en su camarín, no le gustaba nada lo que estaba ocurriendo.

-Su tía fue la que llamó -dijo Dorita, cayendo en su propia trampa. No quería hablar de Victoria con Lautaro y terminaba dándole explicaciones que no tenía ganas de darle. Ahora ya no podía quedarse callada; mucho menos después de ver la inquietud en el semblante de Lautaro-. No es nada serio; solo un malestar pasajero. No te preocupés.

-No me preocupo -le aclaró él, sonriéndole.

Dorita, totalmente embelesada por su sonrisa, tragó saliva.

-Hacés bien -solo fue capaz de decir. Estaba muy mal que lo pensara; pero en ese momento, agradecía que Victoria se hubiese enfermado. Sabía que si Lautaro la hubiese encontrado en la biblioteca; se habría perdido la oportunidad de estar tan cerca de él.

-En realidad vine para verte a vos.

A Dorita se le aflojaron las piernas. Fingió ordenar unos papeles para que no viera cómo sus mejillas rápidamente se iban tiñendo de rojo.

-¿A mí?

-Sí. Quería invitarte a tomar un chocolate en la París. Había pensado en que fuéramos esta tarde, pero si estás ocupada o preferís ir otro día...

-¡No! -se apresuró ella a responder-. Esta tarde me parece bien. Salgo a las cuatro.

Lautaro asintió. Hasta último momento había esperado que rechazara su invitación. Al parecer, Estelita tenía razón. Dorita no solo veía en él al hermano de su amiga, la sonrisa y el rostro sonrojado evidenciaban que sentía algo más profundo. Estaba a tiempo de arrepentirse y acabar de una vez con esa situación absurda. Sin embargo; no se atrevió a hacerlo. No supo si era para evitar una reprimenda de parte de su hermana o porque no quería romper la ilusión de la bibliotecaria. Acordaron que él pasaría a buscarla a la hora de su salida y cuando abandonó el edificio ubicado en la calle Alsina, Lautaro no podía apartar a Victoria de sus pensamientos.

*

-Tío, no me gusta cuando se queda tan callado -manifestó Victoria después que ella y el comisario Peralta le contasen sobre la noche en la cual se habían conocido y que se habían estado viendo desde entonces.

-Señor Insaurralde, le aseguro que tengo la mejor de las intenciones con su sobrina -terció Martín ante el prolongado silencio de don Armando.

Para evitarle una preocupación mayor; no le comentaron nada sobre el ofrecimiento de Victoria para colaborar en la investigación policial gracias a su trabajo en el cabaret.

Armando Insaurralde se sirvió una copa de licor y la bebió de un solo sorbo. A sus espaldas, Victoria y Martín intercambiaron miradas.

Cuando se dio vuelta, se acercó a su sobrina y le rozó la mejilla con el dorso de la mano.

-Victoria, llegaste a esta casa obligada por las terribles circunstancias que azotaban España. Tu tía y yo te recibimos con los brazos abiertos y te convertiste en esa hija que Dios nos negó. Jamás voy a reprobar una decisión que hayas tomado con el corazón. -Le echó una fugaz mirada al comisario-. Y puedo darme cuenta que este hombre te importa mucho.

Ella asintió y buscó la mano de Martín. El comisario se la apretó suavemente y le sonrió.

-Victoria también significa mucho para mí, don Armando. Cuando la vi por primera vez, supe que ella era la indicada. -Respiró hondo antes de continuar-. Aunque la busqué por una razón que no viene al caso explicarle, al menos por el momento; le puedo asegurar que haré todo lo que esté a mi alcance para hacerla feliz.

-Por ahora me conformo con que la cuide, comisario. Ese lugar en donde canta se ha convertido en un sitio peligroso y no quiero que nada le suceda a mi niña.

Victoria soltó la mano de Peralta y se acurrucó contra el pecho de su tío.

-Nada malo me va a pasar -aseveró; como si dependiera de ella evitarlo.

Don Armando la abrazó con ternura y tras depositar un beso en su frente, se marchó Era evidente que tenían muchas cosas de las que hablar.

-¿Por qué no fuiste hoy a trabajar? -fue lo primero que le preguntó Peralta apenas se quedaron a solas en el salón.

Victoria sabía que no iba a creer en ella si le decía que se sentía enferma. Quizá era hora de contarle sobre lo que había pasado la noche anterior en el cabaret. Sin embargo; el miedo de que su tía pudiese regresar de un momento a otro, se lo impidió. Lo convenció, o al menos eso parecía, de que le dolía mucho la cabeza y le pidió que se marchase.

-¿Nos vemos esta noche? -preguntó él antes de robarle un beso.

-Hasta la noche -respondió ella empujándolo hacia la salida.