26.07.2020 

Capítulo 49: Pituca

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

La casa de Teresa Ugarte se encontraba al lado del Banco de la Edificadora. El comisario Peralta llegó solo, después de asegurarse de que Victoria estaba bien. Aunque al parecer lo suyo no era más que un malestar pasajero; tenía la sensación de que algo le ocultaba. Esperaba descubrir de qué se trataba esa misma noche cuando volvieran a verse en el cabaret.

Después de insistir durante un par de minutos, una señora entrada en carnes le abrió la puerta. Lo miró con cierta desconfianza y no lo dejó entrar hasta que no le mostró la identificación que aseguraba que era policía.

-La señorita Teresa lo recibirá en un momento.

Peralta fue conducido por un largo pasillo que llevaba hasta el salón. La mujer le preguntó si deseaba tomar algo y cuando le dijo que no le apetecía; se marchó mientras lo espiaba por encima del hombro. Apenas se quedó solo, aprovecho para observar el lugar. La elegancia y sobriedad del ambiente; decorado con muebles de estilo provenzal evidenciaba la holgada posición social con la que contaban los Ugarte. Él no los había tratado demasiado durante su noviazgo con Alcira. Apenas se había cruzado algunas veces con Teresita en su casa y conocía a su familia solo de nombre. El padre, quien había fallecido en el 31, había llegado muy joven a la Argentina y se había convertido en un próspero comerciante. Su única hija contaba con un patrimonio envidiable y recordaba que Alcira siempre le decía que era uno de los mejores partidos de la ciudad. Incluso solía bromear con el hecho de que se hubiese fijado en ella y no en su amiga. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la aparición de la joven. Martín Peralta se dio media vuelta cuando la escuchó carraspear para hacerle notar su presencia.

-Comisario, me dijo Serafina que quería hablar conmigo. -Se acercó y le hizo señas de que se sentara.

Peralta asintió con la cabeza y ocupó el sillón que ella le indicó. Estaba diferente. Se habían visto por última vez durante el sepelio de Alcira. No supo discernir si era su cabello, mucho más largo que en esa ocasión o esa petulancia que tenía al hablar. Debía tener la misma edad que Alcira; sin embargo, parecía mayor.

-Así es. Hace unos días estuve en casa de los Grimaldi y doña Mónica me sugirió que hablara con vos.

-¿Se trata de Alcira? -quiso saber ella, removiéndose inquieta en el sillón.

-Sí. Han surgido nuevos indicios en la investigación y necesitaba hacerte unas preguntas. Supe que estabas fuera de la ciudad y no tuve más remedio que esperar tu regreso.

-Fui a pasar unos días a casa de unos parientes. De vez en cuando me gusta ir a Buenos Aires. La vida allí es muy distinta.

El comisario no hizo ningún comentario al respecto. Poco le importaba qué hacía o dejaba de hacer Teresita Ugarte en la Capital. Él estaba allí para tratar de averiguar en qué andaba metida Alcira antes de terminar en manos de su asesino.

-Eras su mejor amiga, Teresita. Si Alcira guardaba algún secreto, estoy seguro que vos estabas al tanto.

La joven se atusó el peinado. Le rehusó la mirada un momento antes de darle una respuesta.

-Yo era su confidente; y ella la mía. No había secretos entre nosotras.

Peralta atisbó cierto temblor en sus manos. Iba en la dirección correcta.

-He sabido por fuentes extraoficiales que poco antes de su muerte; Alcira fue vista en el cabaret La Nuit en compañía de un caballero.

Teresita Ugarte se tomó unos cuantos segundos en responder.

-Me acabás de decir que te lo contaba todo. Si sabés de quién se trataba, será mejor que me lo digas. Quedarte callada ahora solo va a entorpecer la investigación -le dijo a modo de advertencia.

La muchacha se puso de pie de repente y se dirigió hacia la ventana. Se cruzó de brazos mientras contemplaba el movimiento que a esas horas del mediodía se acentuaba en las calles de la ciudad.

Martín Peralta sabía exactamente qué hacer para que alguien que no deseaba hablar terminara desahogándose. Llevaba varios años en la policía y en su espalda cargaba con varios interrogatorios y alguna que otra confesión. Él también abandonó la comodidad del sillón y se aproximó a ella. Guardó silencio; como si estuviera esperando el momento indicado para contraatacar con una pregunta.

Teresita Ugarte lo miró de reojo. Siempre le había parecido atractivo el prometido de su mejor amiga. El paso del tiempo no le había quitado un ápice de ese aire melancólico que había enamorado a Alcira Grimaldi y le había arrancado a ella varios suspiros.

-No sé qué hacia ella en ese lugar -dijo, intentando zafarse de un interrogatorio indeseado. Aunque Alcira había muerto, ella pretendía mantener su secreto a salvo.

-Perdoname, pero no te creo -retrucó el comisario.

Teresita volvió a enfocar la mirada en la ventana. Intentaba evadirlo sin resultado.

-No tiene caso que sigas callada. Lo único que deseo es encontrar al maldito asesino que nos la arrebató. ¿Acaso vos no querés lo mismo?

La muchacha lo fulminó con sus ojos claros.

-¡Por supuesto que quiero saber quién la mató! Pero...

-¿Pero?

-Dudo que lo que yo sé, tenga algo que ver con su muerte -reveló por fin.

Peralta sonrió. Estaba a punto de lograr su cometido; solo debía presionarla un poco más para que hablara.

-Cualquier detalle puede ser decisivo para avanzar en la investigación -adujo, esperando convencerla de que necesitaba de su colaboración.

-Está bien. -Se dio media vuelta y regresó al centro del salón para ocupar nuevamente su asiento.

Peralta la siguió. No iba a soltar el hueso ahora que lo tenía amarrado entre los dientes.

-Unos días antes de que Alcira fuese asesinada, vino a verme. Estaba muy nerviosa; incluso me atrevería a afirmar que tenía miedo.

-¿De quién?

-Eso no lo sé. Solo me contó que Dante se había metido en problemas muy serios y que su vida corría peligro.

-¿Dante?

-Sí. Alguien lo estaba amenazando. Mencionó unos anónimos. Cuando insistí en que me contara más; me dijo que, por mi bien, ya no le hiciera preguntas. Me confesó que esa misma noche, iría con su hermano al cabaret.

Peralta no se lo esperaba. El hombre que habían visto con ella era Dante Grimaldi.