02.08.2020 

Capítulo 50: En esta tarde gris

 Mientras Dorita esperaba con ilusión la hora en la que Lautaro pasaría a buscarla por la biblioteca; el periodista se debatía, una vez más, entre lo que realmente deseaba y lo que se había visto obligado a hacer para complacer el capricho de su hermana. Seguí leyendo

Llevaba barruntando sobre el asunto casi toda la tarde. La redacción se encontraba tranquila; quizá demasiado para su gusto. No había novedades sobre los crímenes y él no podía acercarse a la comisaría a indagar sin que el perro rabioso de Peralta o alguno de sus agentes lo echasen a patadas. Ni siquiera su informante; quien solía moverse por los bajos fondos de la ciudad se había puesto en contacto con él para tirarle algún hueso del cual roer para ganarse una nota en la portada del diario.

Estaba inquieto y la paciencia era el peor de sus defectos. Aplastó el último cigarro Condal en el cenicero y se mesó el cabello en un acto casi reflejo. Miró de soslayo el reloj que colgaba en la pared. Todavía tenía más de media hora para arrepentirse e inventar una buena excusa para evadirse de esa merienda en la París que no le apetecía en lo más mínimo.

La llegada de uno de los mocosos encargados de los mandados, lo distrajo. Vio que le entregaba un sobre a Julio Pagano. Después de recibir una moneda, se marchó arrastrando los pies y saludando a todos con la mano. Curioso por naturaleza, Lautaro se hizo el otario y se aproximó al escritorio del periodista de espectáculos.

-¿Cómo va el reportaje de Gardelia? -le preguntó, como si se tratase de otra conversación informal entre dos colegas de trabajo.

Tras echarla una ojeada al interior del sobre, Pagano asintió.

-Solo me falta ultimar un par de detalles. El director quiere que salga mañana mismo. -Dobló el sobre que acababa de recibir y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta que colgaba en el respaldo de su silla.

Lautaro se dio cuenta que Pagano actuaba con cierto recelo. No podía discernir si se trataba de la nota que seguramente sería una sensación o estaba así, en estado de alerta, por el recado que le habían entregado.

-¿Ya tenés las fotos?

El periodista de espectáculos, distraído, tardó en responder.

-Sí, la misma Gardelia las seleccionó.

-¿Podría verlas?

-¿Para qué? -lo increpó Pagano, molesto por su insistencia.

-¡Bueno, no te sulfures! Solo tenía curiosidad...

-Me parece que no es solo curiosidad lo que te despierta esa mujer. -Julio Pagano arqueó las cejas-. ¿Me equivoco?

Lautaro podría haberlo negado; sin embargo, lo que sentía por Victoria o Gardelia, se hacía evidente en todo momento. ¿Por qué tenía una cita con su amiga y no con ella? Y lo que era más angustiante aún, ¿por qué el maldito comisario Peralta se había interpuesto en su camino?

Dejó a su colega sin respuesta, aunque no hiciera falta dársela. Ante su negativa de enseñarle las fotos que acompañarían la nota sobre Gardelia, la nueva estrella tanguera, no tuvo más remedio que regresar a su escritorio. Miró por enésima vez el reloj, rezando para que los minutos no avanzaran. Cuando faltaban quince minutos para las cinco, supo que ya nada iba a impedir que cometiera uno de los peores errores de su vida.

Se puso el saco y al pasar por delante del escritorio de Pagano lo saludó con un escueto movimiento de cabeza. Estaba a punto de salir de la redacción, cuando él lo llamó.

-Creo que esto te puede interesar.

Lautaro se dio media vuelta justo a tiempo para ver cómo el periodista de espectáculos hurgaba en el bolsillo de su chaqueta. Se acercó y apenas pudo creer cuando le dejó ver el contenido de la nota que el chico de los mandados le había alcanzado.

Tampoco podía dar crédito a lo que allí estaba escrito. Tuvo que leer el texto dos veces para asegurarse.

-Pensé que querrías saberlo -comentó Pagano, rascándose la cabeza.

Lautaro no dijo nada. Le devolvió el papel y se marchó refunfuñando. Una mujer que no le interesaba esperaba por él.

*

Después de hablar con Teresita Ugarte, el comisario Peralta regresó a la comisaría. Le pidió al agente Rivas que fuera a su despacho y lo puso al tanto de las novedades.

-¿Dante Grimaldi?

Peralta asintió.

-La señorita Ugarte asegura que la propia Alcira se lo dijo poco antes de morir.

-Supongo que, de alguna manera, eso lo deja un poco más tranquilo -repuso Rivas, removiéndose en su silla.

Martín Peralta asintió con cautela. La revelación de la mejor amiga de su prometida había espantado algunos fantasmas que lo atormentaban. La sospecha de que hubiese existido otro hombre en la vida de Alcira ya no tenía razón de ser. Aunque jamás había dudado realmente de su fidelidad; enterarse de que la habían visto en compañía de un desconocido, había minado los buenos recuerdos que guardaba de ella.

-¿Qué estarían haciendo los hermanos Grimaldi en el cabaret? -se preguntó Rivas.

-Eso tendremos que preguntárselo a él, pero quiero ir despacio. Teresita Ugarte mencionó unos anónimos y todavía no puedo quitarme de la cabeza lo nervioso que se puso Dante cuando vino a la comisaría a reconocer el pañuelo de su hermana.

-¿Cree que los anónimos estén relacionados con los crímenes?

-Es demasiado aventurado afirmarlo sin hablar antes con él. Por lo pronto, iremos hasta su casa. No quiero mandar una patrulla a buscarlo y que termine asustándose. Dante Grimaldi tiene muchas preguntas que responder.

Sin perder tiempo abandonaron juntos la comisaría. Una fina llovizna comenzaba a caer cuando el Chevrolet del comisario Peralta se puso en marcha.



Dorita miró el reloj por enésima vez. Parecía que el tiempo se hubiese detenido; sin embargo, ya eran más de las cinco y Lautaro no aparecía. Se dijo que seguramente algo lo habría retenido en el trabajo. Quizá la lluvia, que ahora caía con más fuerza sobre la ciudad de Olavarría, lo había atrasado. Esa y otras decenas de excusas más se le cruzaron por la cabeza a Dorita mientras esperaba, con el bolso en la mano y la mirada perdida en el horizonte gris que se dibujaba a través de la ventana.

Sin embargo; sabía que la única razón por la cual Lautaro Madariaga faltaría a su cita, era su amiga Victoria.