25.10.2020 "AL COMPÁS DEL CORAZÓN"

Capítulo 62: En las sombras

Una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

Victoria no podía marcharse de la biblioteca sin antes hablar con Dorita. Por esa razón, cuando la vio que se estaba preparando para irse, se le acercó con la excusa de invitarla esa noche al cabaret, aunque no contasen con el auto de Lautaro. Seguramente sus tíos insistirían en llevarla. Ahora que doña Bárbara estaba al tanto de la verdad; nadie le impediría ver la actuación de su sobrina "la cantante de tangos"


-No sé si pueda ir hoy -alegó Dorita mientras se colocaba el abrigo. Hablaba sin mirarla a la cara-. Mi hermano Dieguito, el más chico, anda con fiebre y mamá quiere que me quede con él hasta que se duerma. Se pone más regalón de lo habitual cuando está enfermo y nos toca cumplirle todos los caprichos.

Aunque la enfermedad del niño fuese verdad; Victoria sintió que le estaba dando una excusa para librarse de su compañía esa noche.

-Dorita, no me gusta que estés enojada conmigo -le dijo interponiéndose entre ella y el pasillo que conducía a la salida.

Su amiga no tuvo más remedio que detenerse y enfrentarla.

-No estoy enojada con vos, Victoria. -Agachó la cabeza un instante para luego volver a mirarla a los ojos-. Mi enojo es conmigo misma... porque a pesar de que sé muy bien que jamás le diste alas a Lautaro; no puedo evitar ponerme celosa cada vez que te busca.

Victoria le dedicó una sonrisa comprensiva.

-Te juro que ya no sé qué más hacer para que deje de buscarme. Ya viste que recién lo ha vuelto a intentar, pero gracias a la oportuna intervención de Estelita, no lo consiguió.

-¿Y si hablás con el comisario?

-¡Sería lo último que haría! -respondió Victoria, negando con el dedo índice-. Esos dos ya se llevan bastante mal como para que encima tengan un enfrentamiento por mi causa.

-¿Entonces qué vas a hacer?

-Seguir esquivando a Lautaro tanto como me sea posible. Tengo la esperanza que tarde o temprano se cansará y ya no volverá a buscarme. ¡Y ahí es cuando vas a aprovechar para acercarte a él!

-Me da miedo atreverme a cruzar ese límite y salir lastimada -manifestó Dorita dejando escapar un suspiro lastimero.

-Vas a contar con la complicidad de Estelita y esa es una gran ventaja. -Victoria le guiñó el ojo.

Dorita esbozó una sonrisa. La posibilidad de que la hermana de Lautaro se convirtiese en su Celestina le brindaba esperanzas. Con lo temperamental y persuasiva que era Estelita, quizá no fuese tan difícil acercarse a Lautaro.

Intercambiaron algunas palabras más, y Victoria se ofreció a cerrar la biblioteca en su lugar para que Dorita se pudiese ir más temprano a cuidar a su hermano enfermo. Antes de marcharse, le dijo que, si la invitación para ir a verla esa noche a La Nuit seguía en pie, aceptaba con gusto.

Victoria permaneció un rato junto a la puerta hasta que la delgada silueta de Dorita se perdió entre la gente que a esa hora comenzaba a dejar sus trabajos para llegar a casa. Entornó la puerta y se recostó en ella mientras respiraba hondo. Haber hablado con su amiga le había quitado un gran peso de encima. No estaba dispuesta a sacrificar su amistad por culpa de un hombre que no aceptaba que a ella no le interesaba. Miró el reloj. Habían pasado diez minutos de las cinco y debía acomodar los libros expuestos en la mesa principal antes de irse. Cuando terminó, buscó el abrigo, el bolso y se puso los guantes. Le gustaba el silencio que impregnaba las paredes de la biblioteca cuando se encontraba sola. Se dirigió hasta el salón del fondo en donde almacenaban los textos recibidos y apagó las luces. Cuando volvió, creyó escuchar un ruido.

-¿Pepe, eres tú?

Pepe era un gato callejero que solía meterse en el edificio por el agujero de una banderola que daba al patio trasero. Como no molestaba y siempre era útil contar con la presencia de un felino para espantar a los roedores, nadie renegaba de su presencia. A cambio de un poco de leche y unas caricias en el lomo, Pepe mantenía a raya a los ratones y otros visitantes indeseables. Lo llamó, pero el gato no aparecía.

Qué raro, pensó. Cuando el mismo ruido se repitió y Victoria no le pudo atribuir ninguna explicación lógica; entró en pánico. Atravesó el pasillo a paso apresurado para abandonar la oscuridad que reinaba a su alrededor. Casi le da un síncope cuando algo peludo se cruzó en su camino y la hizo trastabillar. Miró al gato, quien la observaba desde el suelo, moviendo la punta de la cola y emitiendo un suave ronroneo.

-¡Vaya susto que me has dado, pillo! -lo retó, suspirando aliviada. Se inclinó para acariciarle la cabeza y otra vez el maldito ruido. No se trataba de Pepe. Había alguien más en la biblioteca. Cuando el pelaje atigrado del gato se erizó; Victoria supo que algo malo pasaba. Apretó el bolso contra el pecho y se dirigió a toda prisa hacia la salida. Horrorizada, descubrió que la puerta estaba trabada. ¡Era imposible! Ella misma acababa de dejarla entornada al despedir a su amiga Dorita. Intentó abrirla, pero era evidente que alguien había manipulado la cerradura para impedir que saliera. Lo primero que se le vino a la cabeza fue terrible. ¿Y si se trataba del asesino que andaba suelto en Olavarría? Apretó los puños y contó hasta tres. No ganaba nada asustándose. ¿Por qué alguien querría matarla? Aunque trabajaba en el cabaret al igual que Rosa Cardozo y Tita, ella no lo hacía como alternadora ¿Acaso importaba esa diferencia que le había hecho sentir segura hasta ese momento? Los latidos de su corazón se aceleraron cuando percibió una sombra al fondo del pasillo. ¿Cómo habría entrado el intruso? Quizá había aprovechado el momento en el cual ella fue a apagar las luces.

-¿Quién anda ahí?

Ese silencio que disfrutaba al quedarse a solas en la biblioteca, le pareció más aterrador que nunca. Retrocedió hasta chocar con la pared y aunque sabía que era inútil; se aferró al picaporte con el propósito de abrir la puerta y escapar. ¿De quién? Lo ignoraba. Pero no quería convertirse en la víctima más de un asesino despiadado.

Victoria Insaurralde no estaba dispuesta a morir. Todavía tenía muchos sueños que cumplir.


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