01.11.2020 "AL COMPÁS DEL CORAZÓN"

Capítulo 63: Tengo miedo

Una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular. 

Durante el trayecto de la ciudad a la estancia, los hermanos Madariaga no cruzaron ni media palabra. Lautaro aún estaba molesto por el comportamiento de Estelita y no pensaba perdonarla fácilmente. Por su parte, la joven, conociendo de sobra el carácter de su hermano mayor y que tardaría lo que un suspiro en que se le pasara el enojo, optó por respetar su silencio y esperar. La llegada de don Cosme puso un paño frío a sus ánimos caldeados y pronto, la amena conversación en la que los envolvió su padre sobre el excelente trato que había cerrado con una importante cerealera y los últimos acontecimientos políticos que se cocían en la capital, los había hecho olvidar del mal momento que habían pasado en la biblioteca por culpa de la imprudencia de Lautaro y la intromisión de Estelita.

-¿Ha habido alguna novedad sobre el crimen de esa muchacha? -preguntó don Cosme con un gesto de preocupación.

-Durante su ausencia, ha aparecido otra mujer asesinada, padre -comentó Lautaro-. Ambas fueron víctimas del mismo asesino.

A Estelita no le parecía un asunto agradable para tratar durante la cena. De solo pensar en lo que esas dos pobres mujeres debieron sufrir antes de morir, se le revolvía el estómago.

-¿Has conseguido averiguar algo importante? -No había intención de molestar a Lautaro. Debía resignarse a que su hijo no dejaría su trabajo en el diario para dedicarse a administrar sus tierras.

-La policía me mantiene a raya. -Miró de reojo a Estelita-. El comisario Peralta aprovecha cualquier acercamiento de la prensa para ponerme en ridículo delante de mis colegas.

-¿Eso es verdad?

Lautaro asintió mientras dejaba la servilleta a un lado del plato.

-Mi hermano exagera -terció Estelita, interviniendo por primera vez en la charla-. Lautaro encuentra cierta... fascinación en molestar al comisario y es natural que termine mal parado cuando se dedica a entrometerse en el trabajo policial sin medir las consecuencias.

Ambos se la quedaron viendo en silencio. Fue Lautaro quien habló.

-Y mi querida hermana prefiere defender a ese hombre por el simple hecho de que es el pretendiente de su amiga Victoria. Si cuestiono su pericia a la hora de llevar adelante una investigación es porque ni siquiera ha podido hallar al asesino de su prometida. -Esbozó una sonrisa socarrona-. Es un secreto a voces la afición de Peralta por el trago. La muerte de Alcira Grimaldi lo afectó demasiado; no solo a nivel personal. Su trabajo se ha visto perjudicado gracias a su vicio. No es mi culpa que haya caído en desgracia. Yo solo hago mi trabajo, querida hermana. Peralta debería hacer lo mismo y atrapar de una vez por todas a ese asesino.

Volvió a hacerse un silencio sepulcral en la mesa. Estelita declinó el postre y subió a su habitación, alegando que estaba cansada. Besó a su padre en la mejilla y se despidió de su hermano lanzándole una mirada hierática.

Cuando don Cosme le propuso pasar al salón para beber un digestivo y seguir poniéndose al día con las noticias, Lautaro aceptó encantado. Estaban yendo al salón cuando la mucama le avisó a Lautaro que tenía una llamada del diario.

-¿Quién habla?

-Lautaro, soy Julio. ¿Es un mal momento?

¿Pagano? A Lautaro le pareció extraño que lo llamase a esa hora.

-¿Qué pasa?

-Se han contactado conmigo desde Radio Splendid después de que les hablase de Gardelia de parte de Santibáñez. La quieren conocer. Parece que hasta Carlos Gardel anduvo alabando su talento en Buenos Aires y tienen curiosidad de escucharla. Te lo cuento a vos porque sé que mantenés una relación de amistad con ella y sos el más indicado para darle la buena noticia.

Lautaro no supo qué decir. Después de enterarse de las intenciones de Felipe Santibáñez, intuía que tarde o temprano ese momento pudiese llegar. Si Victoria se marchaba a la capital para probar suerte como cantante, quizá ya no volviese a verla. Y eso era algo que no podría soportar. Sin embargo; también era la solución a su mayor problema: el comisario Peralta. Aunque la perdiese de vista por un tiempo, al menos la mantendría alejada de su eterno rival. Sonrió y le agradeció a Pagano por haber pensado en él para comunicarle las buenas nuevas a Gardelia. Por supuesto, a Estelita no le diría nada. No quería que volviera a entrometerse en sus asuntos.

*

Victoria se dio vuelta rápidamente cuando el fuerte taconeo de unos zapatos retumbó en las paredes de la biblioteca. Una silueta femenina surgió de la penumbra y soltó en un hondo suspiro todo el aire contenido en los pulmones.

-¡Leonor! -Soltó el picaporte, y al hacerlo, la puerta se abrió. Un hombre joven entró y Victoria volvió a asustarse.

-Tranquila, no vamos a hacerte nada -le dijo Leonor haciéndole una seña a su compañero para que permaneciera montando guardia en la entrada.

-¿Cómo me has encontrado?

-Muy fácil. Te seguimos anoche cuando saliste del cabaret.

-¿Qué quieres? -preguntó Victoria entonces, adivinando la razón de su misteriosa aparición.

-Vos tenés algo que me pertenece y vinimos a recuperarlo.

Victoria tragó saliva. ¿Cómo reaccionaría Leonor cuando le dijese que su dinero estaba en manos de la policía?

-¿Dónde está? -Hurgó en el bolso de Victoria que estaba encima de la mesa y se puso de mal humor cuando no encontró lo que buscaba.

-No lo llevo conmigo -le dijo, tratando de ganar tiempo.

Leonor la miró por encima del hombro.

-¿Qué hiciste con mi dinero?

Victoria no respondió y se dio cuenta que de nada le servía ocultarle la verdad. Podía percibir la desesperación y el miedo en los ojos de Leonor.

-Se lo entregué a la policía.

Leonor se acercó a ella y la sujetó con fuerza del brazo.

-¿Qué vos qué?

Victoria quiso retroceder, pero el hombre que venía con Leonor se paró justo detrás de ella para impedirle cualquier movimiento.

-Le conté al comisario Peralta que me habías dado el dinero para que te lo escondiera. Cuando no apareciste para recuperarlo, tuve miedo.

-¿El comisario Peralta?

Victoria asintió y al ver la expresión en el rostro de Leonor, temió lo peor.

-Has cometido un gran error, Gardelia.

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