06.12.2020 

Capítulo 68: Duelo criollo

Cuando Peralta y Rivas llegaron al lugar de los hechos vieron como dos hombres introducían una camilla en la parte trasera de la ambulancia. Llevaban un cuerpo.Seguí leyendo

A unos pocos metros de allí, junto a la orilla del Tapalqué, había un auto con las puertas delanteras abiertas de par en par. A medida que se fueron acercando, descubrieron al menos cuatro agujeros de bala en los cristales.

Un agente se les acercó a toda prisa.

-Comisario, tenemos dos víctimas fatales. Un masculino y un femenino.

Peralta pensó en Leonor Acuña. Aunque no había tenido la ocasión aún de ver de quién era el cuerpo que continuaba en el asiento del acompañante, supo que era ella. Observó el lugar. Estaban a una veintena de kilómetros del centro de la ciudad, en aquella zona, el arroyo se ensanchaba un poco y el paisaje que lo rodeaba era lo suficientemente solitario como para tenderle una emboscada a dos fugitivos. Las evidencias hablaban por sí solas. Leonor y el joven que estaba con ella habían sido asesinados para evitar que contasen lo que sabían. Por eso no se había presentado en la iglesia para recuperar el dinero... La autopsia lo confirmaría, pero nadie le sacaba de la cabeza que mientras ellos la esperaban, escondidos en el templo San José; Leonor Acuña y su cómplice ya habían sido acribillados. Rodeó el auto y se inclinó hacia delante. Una espesa cabellera ondulada le cubría el rostro. Tenía el vestido manchado de sangre y un agujero de bala en medio del pecho. Cuando desvió la mirada, vislumbró que un auto ajeno a la fuerza se acercaba al lugar. Profirió una maldición en voz baja al ver de quién se trataba. Le hizo una seña a Rivas para que permaneciera en la escena del crimen mientras él se encargaba de espantar a la prensa.

Le tomó unas pocas zancadas acortar la distancia que lo separaba de Madariaga.

-¿Qué estás haciendo acá? -lo increpó, interponiéndose en su camino.

Lautaro se detuvo. Sabía que se lo encontraría, pero no iba a perderse la ocasión de llevarse una primicia. Un llamado anónimo en la redacción lo había empujado hasta allí.

-Mi trabajo, Peralta -replicó, mirando por encima de su hombro. Vio que ya habían metido un cuerpo en la ambulancia y al parecer, quedaba uno más por levantar.

-Lo único que hacés es impedir el nuestro. Será mejor que te vayás -le puso una mano en el pecho con la intención de empujarlo, pero el periodista no se amilanó.

-No me voy a ir, comisario. Mi deber es informar lo que está pasando; no puede impedirlo. Es evidente que tenemos más muertos entre manos y la gente tiene derecho a saberlo.

Peralta estaba a punto de perder la paciencia. No solo por su inoportuna y molesta aparición; no podía olvidar que había sido precisamente él quien le diera la noticia a Victoria de que la reclamaban desde Radio Splendid para que cantase en Buenos Aires. Tenía tantas ganas de borrarle la sonrisa de un puñetazo que le costaba mucho contenerse.

-Si estuviéramos solos, yo mismo te sacaría a patadas de acá -sentenció, acribillándolo con sus ojos claros.

Lautaro sonrió con sorna.

-No puede hacerlo, comisario. ¿Qué dirían sus compañeros ante semejante arbitrariedad?

Se estaba burlando en su cara y ambos sabían que no era ni por el trabajo policial ni por el afán de informar. Era esa eterna rivalidad que Victoria no había hecho más que acentuar entre ellos desde el mismo instante en el que apareciera en sus vidas.

Peralta quería reclamarle que se hubiese atrevido a buscarla para llenarle la cabeza con pajaritos; Lautaro deseaba escupirle en la cara que prefería perder a Victoria antes que verla caer en sus brazos. Pero ninguno de los dos dijo nada. Se tragaron la bronca para no empeorar la situación. Ya encontrarían el momento oportuno para poner las cartas sobre la mesa y sacarse las ganas en una buena pelea. El vozarrón de uno de los agentes dando indicaciones los distrajo. Se había levantado una brisa fuerte y el cielo, cubierto de nubarrones grises, presagiaba tormenta. La lluvia podía borrar cualquier rastro que hubiesen dejado los asesinos. Debían darse prisa. El comisario le lanzó una última advertencia a Lautaro de que permaneciera a cierta distancia del lugar de los hechos y con premura, regresó junto al agente Rivas.

-Confirmado, comisario. Es la señorita Leonor Acuña. Hemos encontrado su documento en la guantera del auto.

Peralta no necesitaba de ningún documento para saber de quién se trataba. De refilón vio que Madariaga no se había movido de su sitio. Un agente joven se había apostado a su lado.

-Lo envié yo -le explicó Rivas, consciente de que la presencia del periodista no hacía más que ponerlo de mal humor.

El comisario asintió a modo de agradecimiento. Luego se aproximó nuevamente al auto y le apartó el cabello de la cara a la muchacha. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver que tenía los ojos abiertos. Se inclinó un poco, y al hacerlo, creyó percibir un ligero parpadeo. Volvió a clavar la mirada en su rostro mientras se quedaba en absoluto silencio. Parecía que el tiempo se hubiese detenido. Acercó el oído al cuerpo de la muchacha y entonces descubrió que todavía respiraba. La sujetó de la muñeca para tomarle el pulso. Apenas se percibía debajo de su piel fría.

-¡Está viva! ¡Rápido, un médico! -gritó en su desesperación, mirando a todos a través de la ventana abierta del lado del conductor.

Hubo corridas, gritos y gestos de incredulidad. ¿Cómo era posible que nadie se hubiese dado cuenta que Leonor Acuña continuaba con vida?

Lautaro aprovechó el tumulto que se produjo entre los policías y el personal del Hospital Municipal para poder acercarse y tener una visión privilegiada de lo que estaba sucediendo a orillas del arroyo Tapalqué. Oteó a su alrededor. ¿Dónde se había metido el fotógrafo del diario? Habían quedado en verse allí y no había ni rastros de él por ninguna parte. Tendría que conformarse con relatar lo que acababa de presenciar con lujo de detalles en la crónica negra de El Popular. Sonrió. El soplo de su informante había valido la pena.