20.12.2020 

Capítulo 70: Victoria

Leonor Acuña tardó dos días en recuperar la conciencia. Tenían el calibre de la bala con la cual habían asesinado a su novio y una huella parcial en el cañón. Aun así, sabían que, sin su testimonio, no podrían llegar lejos. Por eso, cuando estuvo en condiciones de poder hablar, Peralta la fue a ver. Seguí leyendo

-Comisario... -balbuceó la muchacha. Estaba débil pero el médico aseguraba que se iba a recuperar. Su madre la acompañaba.

-Quisiera que me cuente lo que pasó, Leonor -le dijo, llamándola por su nombre de pila.

Leonor se incorporó y le agradeció con una sonrisa a su madre cuando le levantó la almohada para estar más cómoda.

-Sé quién mató a la Morocha y a Tita, comisario. -Hizo una pausa-. Fue la misma persona que acabó con la vida de su prometida... y la de mi novio.

Peralta respiró hondo. Por fin descubriría la identidad de ese malnacido que le había arruinado la vida. Pensó que escucharía el nombre de Santibáñez, pero lo que Leonor le contó, lo dejó perplejo.

-El patrón y Mirna armaron un negocio en donde ganaban mucho dinero. Nos obligaban a seducir a los caballeros más influyentes de la ciudad para luego chantajearlos. Ninguna de nosotras tuvo la posibilidad de elegir o de negarse -le explicó, mirando de reojo a doña Vilma-. Nos prometieron una buena recompensa por nuestro "trabajo" A cambio, debíamos guardar silencio. Pero Mirna tenía miedo, no se fiaba de nosotras y, aprovechándose de su estrecha relación con Santibáñez, manejaba el negocio casi a su antojo. Creo que él nunca supo de verdad lo que su socia y amante se traía entre manos.

-¿Qué querés decir?

-Es Mirna quien está detrás de los crímenes y no el patrón. ¿Qué ganaba él matando a las chicas? Ni Rosa ni Tita iban a hablar. En cuanto a mí, me quedé con parte del dinero del último chantaje para poder escapar con Agustín. -Se le hizo un nudo en la garganta al hablar de su novio muerto-. Jamás iba a contar lo que sabía porque me matarían. Solo quería marcharme de Olavarría para empezar una nueva vida en otro lado.

-¿Y Alcira? ¿Qué fue lo que pasó con ella?

-A ella también la mató Mirna. La noche en la que ocurrió, yo la vi llegar al cabaret muy nerviosa. La seguí hasta la oficina y la escuché hablar con el patrón. Le confesó que tuvo que eliminarla porque la señorita Grimaldi se estaba entrometiendo en donde no la llamaban. Se había llevado de la escena del crimen un pañuelo suyo, que luego dejó caer entre las pertenencias de la Morocha; según sus propias palabras, lo hizo para despistar a la policía.

-Pero tenemos un testigo que asegura haber visto a un hombre salir corriendo del lugar de los hechos...

-No sé qué habrá visto su testigo, pero le aseguro que Mirna le dijo a Santibáñez que ella estranguló a su prometida.

Peralta se tomó un instante para asimilar todo lo que acababa de escuchar.

-Yo ya no podía quedarme callada, comisario -le dijo, arrepentida de no haber hablado antes-. Quizá si hubiese contado lo que sabía, ni Rosa ni Tita ahora estarían muertas... tampoco mi Agustín. -Buscó el consuelo en los brazos de su madre, quien le acarició la cabeza y le aseguró que todo iba a estar bien.

El testimonio de Leonor era bastante convincente y ningún juez con dos dedos de frente se negaría a escucharla. Le preguntó si estaba dispuesta a declarar delante del magistrado y la muchacha asintió sin ningún titubeo. Su silencio le había costado la vida a muchas personas.

Antes de irse, Peralta les aseguró a ella y a su madre que habría un oficial montando guardia en el pasillo durante el tiempo que permanecieran en hospital. Pasó por la comisaría para buscar su pistola reglamentaria y, acompañado del agente Rivas, salió rumbo a La Nuit.

Cuando ingresaron al cabaret, una de las empleadas les indicó que don Felipe acababa de llegar. Sin esperar a ser anunciados, se dirigieron al despacho de Santibáñez y no pidieron permiso para entrar.

Al confrontarlo con el testimonio que acababa de brindar Leonor Acuña, Felipe Santibáñez intentó desvincularse de los asesinatos. Viéndose acorralado, reconoció su participación en los chantajes y pidió la intervención de un abogado.

-¿Dónde está su socia?

Santibáñez se encogió de hombros.

-Supongo que en su casa. Me llamó para decirme que no se sentía bien.

Peralta le ordenó a Rivas que se llevase al detenido a la comisaría y él se dirigió a la vivienda de Mirna Vallejos.

Cuando llegó la encontró sentada en un sofá, con una pistola humeante colgando de la mano derecha y un agujero en la sien. Se acercó y tras constatar que estaba muerta, vio que el arma era del mismo calibre utilizado para atacar a Leonor Acuña y a su novio. Se colocó unos guantes y registró el lugar. En un ropero, escondida debajo de una caja de zapatos, se topó con una pequeña maleta de cuero marrón. La abrió con cautela. En su interior había varias prendas masculinas, y en el bolsillo de un pantalón, encontró un bigote falso. Era grande y ancho... similar al del difunto presidente Uriburu. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Mirna Vallejos había cubierto su rastro disfrazándose de hombre para perpetrar sus crímenes. Santibáñez podría no estar al tanto de todo lo que había hecho su socia; sin embargo, pasaría un buen tiempo tras las rejas, enfrentando cargos por extorsión y encubrimiento. Había guardado silencio después de que Mirna le contase que había asesinado a Alcira, y solo por eso, él mismo se encargaría de que se pudriese en la cárcel. Buscó un teléfono y llamó a la comisaría. Se quedaría a esperar la llegada del forense y de los peritos. Miró su reloj. Habían pasado veinte minutos de las siete. La Nuit permanecería cerrada hasta que concluyera la investigación. Pensó en Victoria. No se habían visto desde el almuerzo en su casa y él se había marchado enojado, no con ella, sino con la posibilidad de que se marchase a triunfar a Buenos Aires y el temor de no volver a verla. No podía perderla; no ahora que acababa de encontrar una razón para seguir viviendo. Cuando apareció el forense, Peralta se marchó a toda prisa y sin despedirse de nadie.