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Un 1° de Mayo precarizado y con una fuerte crisis de representación

A 136 años del martirio de los trabajadores de Chicago, los informales de la uberización laboral trabajan 15 horas por día, precarizados y solos. Olavarría, ciudad de servicios y de producción represiva. De los 10 mil trabajadores de la piedra de los 70 y 80 a los 2000 actuales. Se produce el doble de cemento con el 20% del personal. El 40% de los trabajadores no están registrados. 9 millones en el país y más de 16 mil olavarrienses, que en 2020 recibieron el IFE.

Aquellos obreros que 136 años atrás fueron ejecutados por reclamar ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar y ocho horas para estar en casa, pintaron de rojo el calendario cada 1 de mayo que vino después. Olavarría, con esa carga histórica que le impuso la marquesina de "ciudad del trabajo", no pudo sostener su identidad fabril y obrera y, desde hace más de 30 años, busca en su genoma un nuevo dni que no aparece. Cuando en 1886 los obreros de Chicago salieron a la calle masivamente, Olavarría iniciaba su camino de piedras y minas que la enaltecería como la ciudad a la que todos querían llegar. Los obreros de Chicago se habían hartado de la explotación: trabajaban más de 16 horas sin descanso. Hoy los trabajadores sin fábrica ni calificación sufren la uberización generalizada. Y trabajan 16 horas como repartidores de aplicaciones despersonalizadas, precarizados y frágiles.

El 1 de mayo suele ser el escenario donde el peronismo diverso se cuenta las costillas. Este domingo, tenazmente frío, deja solitario al día del trabajador, teñido por una feroz crisis de representación de la generalidad de las dirigencias que abre las puertas a lo peor. Un país en pos pandemia, golpeado por fracasos imperdonables y resurrecciones temibles, pobre y con escaso buen empleo, es el contexto de una ciudad poblada de pergaminos, que aún no define una identidad que reemplace a aquella, la fundacional.

Esa en cuyo vientre, hace más de cien años, estalló el cemento y la grabó a fuego; aquella que vio nacer al peronismo en Sierras Bayas, la que vivió su primera huelga obrera en 1878 –ocho años antes del martirio de Chicago-, la de la huelga grande de Sierra Chica, en 1909. La Olavarría donde los obreros enfermaban de sílice y dejaban blancas las sillas del estudio del abogado Carlos Alberto Moreno. Aquella que un mal día vio drenar su prestigio en las canaletas del neoliberalismo y la automatización fabril y cuya caída coincidió con el reinado eseverrista de un cuarto de siglo. Ese intendente que decidió que la ciudad sería de servicios y comercio y ya no de aquella furia productiva. Y que además habría una profusa producción represiva. 

AOMA y la evolución

Bruno Damico es tesorero de la AOMA unificada, el gremio que reúne a los trabajadores de la piedra. En un par de pinceladas, define la ruta laboral de la ciudad a través de la evolución del empleo fabril. "En la fábrica de Loma Negra en Sierras Bayas, hasta el 2000, había más de 500 trabajadores. Cuando se cerró, en 2018, terminó con 14". En Loma Negra, "en la década del 80, había 3500 trabajadores. Hoy, en Lamalí y en el resto de Olavarría, entre agremiados y por convenio, no superan los 400". 

"En Cemento Avellaneda –extiende Damico- hubo más descenso: en los 90 la embolsadora se automatizó. En cada turno trabajaban 150 personas. En 2008, apenas 15 por turno". Cada uno de los obreros de la época de esplendor "se multiplicaba por 14 trabajadores indirectos -según el antropólogo industrial Carlos Paz- y a la vez por 4 ó 5 si se contaban sus familias". 

40.000 kilómetros y casi 250.000 empleados tenía la red ferroviaria que unía pueblos remotos en la Argentina. 180 mil fueron los trabajadores cesanteados en el sector durante los años 90.

En los primeros años 70, "por Olavarría pasaban siete u ocho trenes por día: el Zapalero y el Estrella del Valle", entre otros, dice Omar Humberto, historiador de ferrocarriles. En 1993 quedó en pie un solo servicio de pasajeros, de muy mala calidad, a cargo de Ferrobaires. Y otro de transporte de cargas, Ferrosur Roca, al servicio de Loma Negra para transportar su piedra.

La caída del empleo fabril responde a un ramillete de variables. Entre ellas, la tecnología y la tercerización de servicios. "Históricamente los talleres estaban dentro de las fábricas, por eso Loma Negra tenía 3.500 empleados. El mayor número en la embolsadora, porque no estaba automatizada como ahora. Además, el mantenimiento antes estaba a cargo de las personas que trabajaban en fábrica; ahora están en empresas tercerizadas en el parque industrial, que hacen mantenimiento para todas las fábricas e incluso fuera de Olavarría, con sueldos menores y precarizados". 

En el país de la deuda externa legitimada por unos y otros, más del 40 % de los puestos de trabajo son informales. Sin registro, los trabajadores no tienen cobertura sanitaria ni aportes jubilatorios ni vacaciones. Y, por lo tanto, tampoco respaldo sindical.

En 2020, cuando la pandemia detuvo el país y el gobierno nacional decidió disponer un IFE para sostener a la informalidad que no pudo salir a la calle a trabajar y se quedó sin ingresos, el Presidente se asombró públicamente de que hubiera casi diez millones de personas en esa situación. Olavarría no fue una isla en semejante contexto: con cerca de 120.000 habitantes (según las proyecciones), más de 16.200 personas recibieron ese aporte.

Doble producción

El tesorero de AOMA recuerda que "trabajar en Loma Negra era salvarse económicamente como trabajador, para una generación que fue la última que entró a las fábricas sin estudio". En esos años dorados, "los comerciantes esperaban que salieran los aguinaldos de los trabajadores porque sabían que iban a vender muchísimo… el laburante gasta en el pueblo, no en la bolsa o en el exterior", sonríe Damico. "Después, en la década del 90, hicieron la sangría de empleados, hasta que hoy, en AOMA Olavarría unificada tenemos 2000 afiliados cuando en los 80 AOMA Loma Negra sola tenía 3.500. Había cuatro AOMAs y cada una tenía más de tres mil afiliados".

Según las cuentas de Carlos Paz, la industria de la piedra en general, con caleras, cementeras y cerámicas, incluía a 10.000 trabajadores en los años 70. Con Loma Negra a la cabeza de ese poderío. Con un protagonismo tan fuerte que también estuvo al frente de la decadencia. Cuando en febrero de 2001 impulsó los retiros voluntarios y redujo su planta a un centenar de obreros. Helios Eseverri dijo que la empresa hacía un gran aporte "a la paz social". Y Olavarría empezaba a buscar un nuevo destino que aún no encontró.

Bruno Damico cita a los Fabricantes de Cemento Portland y calcula que "en los 80 se producían 5 o 6 millones de toneladas anuales de cemento. En los 90, llegó a 7 millones; en la segunda década de los 2000 superó los 11 millones de toneladas". Es decir, "se produjo el doble de toneladas con el 20 % ciento del personal".

Sierras Bayas fue la primera fábrica de cemento de América Latina, con origen en 1916 y puesta en marcha en 1917. Las relaciones laborales tenían la impronta de los capitales norteamericanos, que imponían un vínculo rígido y con una patronal sin rostro. El sindicalista recordó el apogeo del empleo fabril cuando "los dueños de las empresas actuaban como patrones de estancia" pero "hay gente que conoció a Fortabat y a Amalita la conocieron muchos. Era paternalismo, patriarcado o matriarcado. Pero hoy son empresas multinacionales y despersonalizadas".

Cuando esa marea bajó y se corrió la espuma, dejó a la vista la lucha por un lugar en la oferta estatal: la desesperación por entrar a una unidad penal (hay tres) en Sierra Chica. Los jóvenes optaban por la policía (hay una escuela y un centro de reentrenamiento) o el servicio militar voluntario. Y los adultos cesanteados perdían sus indemnizaciones en kioscos, canchas de padel, remises, motomandados, etc.

Cuando la municipalidad de Olavarría contaba con indicadores sociales, hace ocho años, casi el 25 % de la población activa trabajaba en Comercio y Reparaciones. En Industria manufacturera un 13%. Y en Servicio Doméstico, casi un 10%.

Hoy por hoy, miles de trabajadores urbanos cubren servicios de delivery para empresas sin rostro, en una precarización extrema, que se agudizó en el tiempo de pandemia y que promete quedarse y crecer. A las puertas de un 1 de mayo en el que un 40% no tiene recursos ni representación legal para reclamar ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño, ocho horas para la casa. Aquella consigna de 1886 que les costó la vida a los mártires de Chicago. 136 años atrás. 

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